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Eran parecidos en sus facciones. De narices largas y bocas de labios delgados.
Las mejillas angulosas y estremecidas por la inclemencia del frío y la intemperancia de los vientos.
Los ojos claros sedientos de la visibilidad, en uno; de la libertad, en el otro.
Ambos tenían los cabellos encanecidos y gustaban de usar bonetes y, para lo rigores del invierno, pellizas de lana de oveja.
La vez que se encontraron, la celebridad los cubría.
Jheroniumus Bosch continuaba en su ciudad natal.
Era un sedentario incurable. Se aventuraba, de vez en cuando, por los lares de Oirschot donde su esposa poseía una casa de campo.
Erasmo de Rotterdam iba y venía, por el contrario, de un lugar a otro.
De Londres a París, de Roma a Venecia, admirado por quienes lo creían el teólogo de los nuevos tiempos.
Jheronimus había pintado recientemente las tentaciones de san Antonio, el episodio de Jonás y la ballena, varios juicios finales, y estaba terminando el tríptico encargado por Felipe el Hermoso.
Pero Felipe había muerto a una edad temprana, y el encargo ahora estaba en manos de Enrique de Nassau, señor de Breda y defensor del Brabante ante los ataques franceses.
Erasmo, por su lado, había publicado los Adagios , el Enchiridion y le rondaba la idea de escribir un tratado sobre la estupidez humana.
Ahora, que acababa de llegar de Italia e iba rumbo a Inglaterra, había decidido pasar por Hertogenbosch para ver de nuevo a su viejo maestro de pintura.
El filósofo se inclinó ante el pintor y le besó las manos.
Abrumado ante el gesto, este dijo que él era quien debía inclinarse y besarlo.
Encomió la sabiduría de su pensamiento y afirmó que lo suyo no eran más que disparates plasmados en tablas y papeles.
Los dos bromearon un rato suponiendo que el uno debería de tomar el rol del otro para que se entendiera mejor la dimensión de lo que hacían.
Se sentaron en las poltronas de la cofradía, elegantes y sobrias, y hablaron de lo que se les ocurrió, que es como se manifiesta usualmente el diálogo entre amigos.
Stephan Fraenger estaba allí y le pasó la bolsa al pintor para que se la diera al filósofo.
Eran unos dibujos al bistre que el maestro había realizado sobre escenas callejeras de Hertogenbosch.
Se veían en ellos la plaza de mercado y la catedral, las murallas y las entradas con sus puentes levadizos, algunas callejas por donde deambulaban pocas figuras desvaídas.
Erasmo observó los dibujos, conmovido ante su calmada representación.
«¡Ojalá el mundo fuera así!», dijo haciendo un ademán de gratitud.
Erasmo no demoró en darse cuenta de que las manos del pintor estaban maculadas y los bordes de las uñas ennegrecidos.
Notó su aspereza cuando las había apretado con emoción unos instantes atrás.
Pero lo que hubo de sorprenderlo más fue la atmósfera de los dibujos obsequiados.
No tenían nada que ver con esas bufonadas a las que Jheronimus Bosch se había referido.
Lo de estas imágenes proponía otra forma de expresar la realidad.
Acaso más sabia y elemental. Como si esos dibujos murmuraran que en las escenas diarias palpitaba un rasgo memorable de la vida.
Uno de ellos mostraba a un hombre en el momento en que salía de su casa.
La puerta principal y una ventana incrustadas en la pared.
La calle trazada más como una insinuación que como una certeza.
Un par de mujeres conversaban. Eso era todo lo que sucedía.
Erasmo observó otra vez el instante plasmado.
Pasó de lo singular a la generalidad del entorno.
Se sintió pleno ante el sosiego que veía.
Quizás ese hombre salía de la casa para no regresar.
Tal vez el lugar que habitaban las tres personas era asfixiante por su monotonía y pudiese introducir en cada uno de ellos una porción de tedio.
Pero la escena estaba de tal modo hecha que la fuerza de la sencillez y la levedad de su trazo hacían innecesaria cualquier interpretación.
Era la imagen, sin contratiempo alguno, capaz de provocar una felicidad tan palmaria como la que ocasionaba la presencia de una brisa fresca en medio de un tórrido verano.
Cuando salió de esa suerte de epifanía visual, Erasmo le obsequió un ejemplar de los Adagios que acababan de salir en Venecia, de los talleres de Aldo Manuzio.
En la nueva edición ya eran más de tres mil adagios griegos y latinos los que se comentaban con erudición y agudeza.
La referencia a los que abordaban el poder y la guerra fue lo que los lanzó a la actualidad del mundo.
Hicieron un balance de Europa. Eran tantas las guerras en los reinos.
Tanta la pobreza, la incuria y el hambre.
Tantas las enfermedades que no daban tregua y diezmaban a la población.
Era demasiada la degeneración de la Iglesia y la opulencia de sus representantes de Roma.
Y tal la estulticia reinante en todas partes que ambos amigos se dijeron que el mundo que les había correspondido no era el mejor de los mundos posibles.
Pero como los dos creían que algo nuevo se insinuaba entre aquel desbarajuste, no se dedicaron a injuriar el horizonte brumoso de su época.
Erasmo tenía más razones para entusiasmarse que Jheronimus.
Su plenitud mental, la curiosidad que lo conducía al conocimiento del ayer, su espíritu abierto a las novedades del presente lo hacían más optimista.
Estaba convencido de que nunca sería tarde para predicar un cristianismo sin dogmas.
Una religión basada en el amor, la paz y el disfrute de la vida terrenal.
El pintor se sentía, en cambio, apremiado por los achaques de la vejez y, en general, percibía que la penumbra en las empresas humanas reinaba sobre su revés de luz.
Erasmo no discutió cuando su interlocutor opinó que para seres tan descarriados como eran los humanos debía imponerse un castigo más allá de la muerte.
Pero sí deslizó la idea de que era necesario despojarse del miedo y la culpabilidad, pues esos eran los peores tormentos de la existencia.
Precisó que, si se instalaba en el corazón de cada uno un poco más de espontaneidad y humor hacia la vida, quizás los suplicios del más allá se atenuarían.
De pronto, el teólogo mencionó el proyecto que lo animaba ahora.
Pasar en limpio sus notas sobre la estupidez humana.
Quería mostrar ese mundo patas arriba y agresivo que era Europa.
Un orden de cosas digno de burla y sarcasmo en la tradición señalada por Luciano de Samosata.
La idea se le había aparecido durante su estadía en Venecia y su propósito era dedicarle un tiempo en el Londres que lo esperaba.
Jheronimus solicitó detalles de ese tratado.
Se le contestó que la narración dependía de una voz femenina y que, desde ella, se iba estableciendo un panorama de los casos en que primaba la estolidez humana.
Se abordaría no sólo a los reyes y ministros y generales, sino también a los clérigos, los artesanos y los campesinos.
Incluso no había que desdeñar a los mendigos, a los tontos y a los locos.
El plan era contar cómo todos buscaban, en medio del estropicio y el equívoco generalizado, una felicidad siempre inalcanzable en sus días terrenales.
Pero la mayor pretensión del libro era proponer la risa y la ironía para oxigenar la pesadez solemne del cristianismo oficializado.
A Jheronimus, que había dibujado las facetas mentirosas y desfachatadas de los hombres, le pareció pertinente ilustrar la obra de su amigo.
Podría utilizar la xilografía y así regresaría a ese arte que había nutrido su oficio en el pasado.
Pero pensó que la técnica del grabado, aprendida en sus ratos libres, tal vez fuera más conveniente por ser más contemporánea.
Erasmo se animó con la idea y prometió enviarle el manuscrito.
«Tus disparates y mis necedades», dijo el teólogo, «se enlazarán para darle al lector una muestra de lo que hemos sido, somos y tal vez seremos».
Hacia el final del encuentro apareció, inevitable, el Nuevo Mundo.
Era la gran noticia del momento. Con algo de expectativa contrariada se asomaron a él.
Erasmo dijo que esos dominios, para unos y otros, significaban algo diferente y complementario.
Para los reyes, la magnífica ampliación de sus posesiones.
Para la Iglesia, la promesa de redimir salvajes.
Para los cosmógrafos, la evidencia de latitudes y longitudes insospechadas.
Para los comerciantes, la adquisición de riquezas desmesuradas.
Para los guerreros, la ardorosa continuidad de las batallas.
Para los aventureros, tema de placeres y desgracias, como para los poetas motivos del canto.
El teólogo le explicaba al pintor que las habían denominado las Nuevas Indias porque Cristóbal Colón, el viajero que descubrió las primeras islas, creyó que se trataba de Cipango y del reino de Kublai Khan.
Aunque se rumoraba que era todo un continente ignoto el que se erigía allá donde Ptolomeo creyó que no existía nada.
Alimentado por sus lecturas, Erasmo elucubró un rato sobre lo que representaban esas Indias.
Dijo que para los griegos antiguos existía en alguna parte del mundo la continuación del Paraíso.
Dios, según ellos, se había negado, tras la caída de Adán y Eva, a destruir el lugar de la felicidad terrestre.
A esta prolongación del Edén la habían denominado el Antictón y la ubicaban más allá del océano, al otro lado de las columnas de Hércules.
En esa geografía cabían, además, otras regiones formidables.
Allí donde estaba América podrían estar también la Atlántida y las Islas Afortunadas.
Y en esas regiones podrían vivir, resplandecientes y longevos, los hombres de la Edad de Oro.
Erasmo aprovechó entonces para enumerar las supuestas bondades de ese Nuevo Mundo.
Jheronimus, al escucharlo, recordaba su encuentro con Felipe el Hermoso y Enrique de Naussau.
Eran referencias similares a las de los señores nobles.
Los árboles de allá daban frutos tan deliciosos como exuberantes.
El agua de los ríos y las quebradas era pura y en ellos confluían manantiales de juventud.
Los peces rebosaban y saltaban felices a las manos de los pescadores.
No había campos más fértiles y hasta del semen de quien lo depositase en los surcos brotaban plantas deslumbrantes.
El clima de los bosques era atemperado, como si los tamizara el hálito de una primavera inacabable.
Y los animales iban y venían por la tierra, el aire y el agua, no como plagas o presencias siniestras, sino como los dones verdaderos de Dios.
Pero lo más insólito, terminó diciendo Erasmo, eran los nativos que habitaban aquellas coordenadas.
«¿Cómo son?», preguntó Jheronimus. A lo que el teólogo respondió que eran los descendientes de Adán.
Porque desde el nacimiento hasta la muerte se la pasaban desnudos para que el sol los bronceara, ajenos a la culpa y al pecado.
Y como en ellos no existía el sentido de la vanidad, desconocían el de la propiedad.
Este ni siquiera lograba entrometerse en los asuntos del amor porque no les importaba compartir sus mujeres.
Decían que el padre dormía con la hija, el hermano con la hermana, el hijo con la madre.
Y era tanta la dicha reinante en aquellos parajes que no había pudor, ni egoísmo, ni envidia, ni concupiscencia.
Erasmo, que rechazaba la guerra por ser la engendradora de todos los males, finalizó su comentario diciendo que allá utilizaban las armas para prodigarse alimento, y jamás para aniquilar al otro.
«¿Será verdad tanta maravilla?», preguntó Jheronimus.
«¿Un mundo sin reyes ni leyes ni religión?
, ¿una geografía liberada de las guerras y de las epidemias?
». Erasmo respondió que pronto lo sabrían, puesto que de todo descubrimiento prodigioso venían luego las jornadas arrasadoras de la conquista y las del avasallamiento de la colonización.
Sólo entonces podría corroborarse si se trataba de un mundo de cucaña o de un sueño más convertido en pesadilla.
«Por el momento», dijo Erasmo, «dejemos que nuestros oídos se endulcen con esos hallazgos y que la esperanza de que en las Nuevas Indias se instalen nuestras ilusiones respire con holgura».
El pintor respiró profundo y dijo: «Una realidad así, difícil es creerla».
Caminó con cuidado hacia la ventana, consciente de la dolencia en su pie izquierdo.
Mirando a través de ella, se dejó envolver por la calígine que cubría la ciudad.
Pensó, con algo de melancolía, que ese Nuevo Mundo no demoraría en degradarse ante la codicia de los hombres.