El jardín del mundo 9
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Alfred Schmitt llegó al taller con la respiración agitada.

Ni siquiera descargó la bolsa con los libros que había comprado en la imprenta de Gerard Lempt, sino que buscó al maestro.

Poco antes, había oído el sonar de los tambores y el llamado de la corneta y, curioso como siempre, el ayudante se aproximó al atrio de la catedral.

En medio de la multitud, escuchó del pregonero la orden de captura y los nombres de los integrantes de la secta adamita.

Un tal Jacob van Almaengien, líder del grupo, encabezaba la lista.

Eran en su mayor parte nombres desconocidos para Schmitt.

Pero uno, el de Stephan Fraenger, resonó en sus orejas como un estampido.

Todos, por mandato de las autoridades de la Iglesia, debían ser detenidos y procesados con severidad.

La noticia no tomó por sorpresa a Jheronimus.

Escuchó el relato de Schmitt, que, por lo que se veía, no sospechaba lo que el compañero de taller hacía en sus ratos libres.

Él había previsto un desenlace así. Varias veces le preguntó a Fraenger por lo que ya era una realidad.

Pero él, con la conducta temeraria del joven, levantaba los hombros y respondía que Dios habría de protegerlo.

Parecía, por lo demás, que Fraenger estaba enterado del edicto inquisitorial.

Desde hacía varios días había desaparecido de la casa de su protector sin dejar indicio sobre el rumbo de sus pasos.

El maestro interpeló a Schmitt con calma y, cuando corroboró su total desconocimiento de la situación, decidió hablar con Aleid.

Primero fueron a la casa de la cofradía de Nuestra Señora.

Delante de sus autoridades, el pintor manifestó su preocupación.

Era el responsable de lo que pudiera suceder con el destino de su aprendiz.

El maestro, desde un principio, dijo desconocer las prácticas heréticas de Fraenger.

Señaló, muy al contrario, sus deberes cumplidos frente a la Iglesia.

Stephan, hasta donde él y su esposa sabían, se había comportado como un buen cristiano.

Lo mismo declararon en la catedral. Allí fueron escuchados por los prelados y estos trataron de tranquilizarlos.

Era necesario esperar el desarrollo de la detención de los hombres y mujeres involucrados en un proceso que apenas daba sus primeros pasos.

Les precisaron que los buscaban no sólo en Hertogenbosch, sino en la región del Brabante.

Añadieron que los testimonios contra los denunciados provenían, en su mayor parte, de integrantes de la secta que habían sido detenidos.

En la medida en que pasaron los días, cada vez más angustiado por la evolución de los hechos, Jheronimus fue corroborando el perfil de las acusaciones.

Se decía que los sectarios se reunían para celebrar ritos en los que la sensualidad y el misticismo se mezclaban desvergonzadamente.

Lo suyo eran vicios impregnados de abominable herejía.

La desnudez era colectiva y las orgías ni siquiera se efectuaban a puertas cerradas.

Transcurrían bajo la luz del cielo y ante la naturaleza con el argumento de que así fundaban sus perversiones en el paraíso habitado por Adán.

El primer hombre, hecho a imagen y semejanza del Dios, se erguía para los sectarios como el modelo excelso.

Un Adán ajeno a la culpa de haber caído, junto a Eva, en la tentación del pecado.

Finalmente, con el lema que solían predicar — semen dei verbum— ultrajaban no sólo el mensaje del Evangelio, sino que confundían la semilla limpia de la palabra divina con el fluido sucio de los humanos.

Ante la coyuntura en que podía verse envuelto, Jheronimus se arriesgó a contarle a su esposa lo que había visto.

Aleid tuvo una impresión de sorpresa y confusión.

Lo miró y, sonriendo maliciosamente, le preguntó si no se había involucrado en la bacanal.

El maestro fue a buscar el boceto de su último dibujo.

La burbuja donde él se había pintado con ella, desnudos y enamorados.

De una pequeña caja, que tenía cerrada con candado en uno de los escaparates de la sala, extrajo los papeles.

Ella, al verlos y escuchar el relato de su esposo, le aconsejó quemarlos y que, frente a lo que pudiera pasar, guardara silencio.

«Si se enteran de que estuviste en ese pandemonium », dijo, «y que te atreviste a reproducirlo, serás el primero en ser condenado».

Él midió esas palabras por unos instantes.

Enseguida dijo que esperaba que nadie lo delatara.

«Pero si lo hacen», le replicó su esposa, «acudiremos a los más poderosos de la ciudad para protegerte».

Jheronimus se reconfortó ante esta perspectiva.

Pero se dijo que no quemaría los bocetos mientras no fuera detenido, ya que le podrían ser útiles para pintar aquel lugar paradisiaco donde no había pecado ni culpa ni vergüenza.

Después llegó otra noticia. Schmitt dijo que a Jacob, el líder de la secta, lo habían detenido.

Los cargos eran contundentes: lo acusaban de ser el responsable de haber conducido a los demás al pecado de la lujuria.

El maestro preguntó si alguien más había caído en la redada.

El aprendiz contestó que con él habían sido detenidos dos mujeres y un hombre.

Los cuatros prisioneros serían juzgados no sólo por pertenecer a la comunidad hereje, sino por participar en actos satánicos.

Desde que había desaparecido, Jheronimus le preguntaba cada día a Schmitt por el destino de Stephan Fraenger.

Su ayudante se informaba debidamente. Algunos decían que se había fugado con su compañera.

Otros los habían visto salir de Hertogenbosch en dirección a Brujas.

Era probable, decían otros más, que estuviesen en Amberes.

Pero el rastro de ambos no tardaba en desvanecerse.

Una mañana Schmitt llegó al taller diciendo que Fraenger se había embarcado con su amiga, y que su destino parecía ser Italia.

El maestro pensó, con cierto alivio, que en esas tierras estarían más seguros.