El jardín del mundo 8
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¿Cómo era el infierno? ¿Había que acudir a las descripciones de los libros para imaginarlo?

¿Leer La visión de Tundal , relato de ultratumba que había salido hacía poco de la imprenta de Hertogenbosch, y que le hacía entender al pintor la dimensión de los tormentos?

¿O lo mejor era ir a las iglesias y escuchar las arengas de los curas para tener una idea aproximada de esa circunstancia atroz que esperaba a los pecadores?

Jheronimus Bosch cerraba los ojos en la catedral para escuchar las conminaciones del castigo eterno.

Los demonios, con sus tenazas de fuego y sus lanzas y cuchillos afilados, que descuartizaban a los extraviados.

Los espíritus malignos que había visto en las xilografías del taller de su padre y en las fachadas y la silletería de las iglesias de Hertogenbosch.

El diablo y su infierno eran, de alguna manera, el patrimonio de los artesanos, y adonde llegaba la palabra de Dios, prometiendo felicidad, emergía también Satanás con su porción de infortunios.

Ahora bien, ¿era posible encontrar un hombre en los reinos de Europa desprovisto de esa esperanza y de esa angustia?

, se preguntaba Jheronimus. Y se respondía que habitaba en un continente turbio, asediado por la maldad de los hombres, y que, tal vez, en esos territorios descubiertos al otro lado del océano, y de los que se hablaban tantos portentos, se podía hallar un porvenir más amable.

En todo caso, si se trataba del fuego, el maestro se decía que no era menester buscarlo en la voz chillona de un clérigo para comprender cómo era su condición.

Él mismo lo había conocido en su adolescencia y lo había marcado con las pesadillas que padecía.

Pero si se quería un acercamiento más expedito al infierno sólo bastaba salir a las calles de Hertogenbosch.

Jheronimus, por supuesto, era un afortunado.

Formaba parte de los pocos que tenían dinero.

En su casa nunca faltaban la comida, la bebida y el buen vestir.

Aleid tenía criadas para las labores domésticas y él aprendices para las del taller.

Pero bastaba traspasar esa zona de comodidad para encontrarse de frente con una realidad de espanto.

Las hogueras represivas de Cristo pululaban.

Había guerras interminables. La corrupción de las cortes y las iglesias significaban el pan de cada día.

Las enfermedades y las epidemias proliferaban y el hambre y la ignorancia se extendían como flagelos deplorables.

Y como un conglomerado humano en el que desembocaban todas estas calamidades, estaban los mendigos.

Eran una marca de su tiempo. La dinámica económica de Europa los expelía a montones.

En Hertogenbosch, por ejemplo, se arremolinaban en las entradas de la catedral y los otros templos, y también brotaban de cada tenderete de la plaza de mercado y de cada una de las puertas de la ciudad para pedir limosna.

El maestro no los menospreciaba cuando lo abordaban.

Era generoso con ellos y se había interesado en sus historias.

Algunos cargaban el peso de la anomalía desde el nacimiento.

En la mayoría, el agobio venía de miserias más remotas.

Soportaban, como lo había interpretado su amigo Erasmo, la maldición no sólo de Dios, sino de un destino histórico.

Jheronimus les daba dinero —su esposa prefería socorrer con ropa o comida—, no sólo por caridad, sino porque sus cuerpos le servían como modelos para sus pinturas.

Unos habían nacido sin piernas ni brazos.

Otros los tenían, aunque dañados irremediablemente.

Algunos caminaban en cuatro patas, como si fueran perros torpes.

Otros, por su movimiento, remitían a las cucarachas, a los cangrejos, a las lombrices.

Los había con extremidades mutiladas por la pólvora, o carcomidas por el ergotismo.

En otros más, los miembros eran zancos o taburetes o zuecos estrambóticos.

Cuando llevaban bastones y muletas, estos no sólo hacían de soportes para el equilibrio, sino de armas para atacar o defenderse.

En realidad, pocos los igualaban en la trifulca y la venganza.

Así los había pintado él, como una gentuza frenética, en San Martín y los mendigos .

Y hubo de trazarlos con sus espaldas atribuladas de jorobas.

Con las caras de pómulos agrietados, narices afiladas y bocas sin dientes.

Reconociendo que las capas y los calzones, los sombreros y los delantales se amalgamaban con eficacia ingrata a sus organismos monstruosos.

¿Cuántas veces escuchó decir que el monstruo era el diablo y que ambos habitaban las coordenadas del infierno?

Su hermano Jan también le dilucidó el asunto y dijo que las condenas más temibles palpitaban en el mundo de aquellos desdichados.

Pese a esta circunstancia o gracias a ella, Jherominus nunca se cansó de dibujarlos.

Los observaba desde que era un adolescente y los siguió detallando hasta que se fue volviendo carcamal.

Sin embargo, no desconoció a los falsos mendigos, que fingían estar cojos para apelar a la caridad.

A ellos también los reflejó en su obra. Erasmo, quien a la postre ya no era el joven aprendiz de teología y pintura de hacía años, sino el emisario de un nuevo cristianismo, basado en la celebración sana de la vida terrestre, se tornaba sarcástico cuando se refería a los mendigos.

Pues por encima de la compasión, que debía tenerse de sus infortunios, no había que olvidar que ellos eran una faz más de la estulticia.

Citaba la creencia popular que los tomaba, por su andar renqueante, como exponentes del mal.

Pero pasarlos por alto en el camino de la salvación que pretendía el ser humano resultaba imposible.

Era menester, por lo tanto, ayudarlos y reconocer que su mejor escudo —ese que les servía para sobrellevar el peso de sus desdichas— lo moldeaban el humor escatológico y la palabrería vacua.

Y luego —siendo tan humanos como los demás— ¿cómo olvidar que su ambición consistía en comer bien, eructar sobradamente, cagar lo mismo y tener alguna calderilla para pagarse la copa de vino o el camastro para la holganza?