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Había una guerra desde hacía años entre los ducados del Brabante.
Güeldres la había emprendido porque no estaba de acuerdo con los proyectos expansionistas de Felipe el Hermoso, a quien apoyaban las autoridades de Hertogenbosch.
«Es la vieja herencia de las disputas entre las familias poderosas», había dicho su hermano Jan, que de los Bosch era el que descifraba el mundo con mayor clarividencia.
El poder de los adinerados creaba los conflictos para adueñarse de los territorios y asegurar el control de las vías comerciales.
Los reinos de España y Francia financiaban esas luchas sin fin, y la situación política era tan resbaladiza que un día unos ducados se unían a un poderoso y al siguiente lo hacían con otro.
«¡No les da vergüenza!», exclamaba Jan, «piensan más cuando deciden cambiarse de vestido».
Y era verdad. En esos tiempos nadie de los que mandaban pensaba en la protección de la vida.
Se veían atraídos, en cambio, como si fueran falenas de la noche, por el fuego de las batallas.
Para Jan estas últimas no eran más que un tinglado ignominioso que buscaba enaltecerse no sólo con los razonamientos de las tácticas y las estrategias, sino también con los discursos de la política y las artes.
«Mira la Iglesia», le decía a su hermano, «en vez de propiciar la concordia entre los reinos, nutre con mayor vehemencia el fragor de las disputas».
La Iglesia se ubicaba, en efecto, y alejándose de la enseñanza de Jesucristo, del lado de los guerreros cuando le convenía.
Y tal conveniencia no podía ser más ostensible ya que, apoyando a uno u otro bando, obtenía cargos notables en la administración de las cortes y los Estados.
La Iglesia era, además, la gran propietaria de la tierra.
Si algún príncipe se presentaba con la intención de reducir la enormidad de sus terrenos, donde los campesinos naufragaban en la miseria y la ignorancia, los sacerdotes abrían sus bocas en los púlpitos para arremeter contra los nuevos anticristos.
Y bendecían las armas que, con divina justicia, ensangrentaban todo el horizonte.
Una Iglesia así le despertaba a Jheronimus una desconfianza categórica.
Y en su conciencia, como otro campo de batalla, se instalaba una lucha entre un cristianismo justo y clemente y otro que era orgulloso, expansivo, y que estaba del lado de la espada y el dinero para gobernar el destino de los hombres.
Su rechazo —porque la balanza se inclinaba hacia el primer lado— lo podía expresar en la casa, al lado de su hermano y su esposa, y en su taller, donde efectuaba sus labores en medio de reclamos contra aquel desbarajuste que se extendía por los rincones de Europa.
Afuera, no obstante, era menester guardar cautela porque la vigilancia de la Iglesia actuaba con la amenaza del cadalso.
Jan se lo recordaba una y otra vez, pues de un lado y de otro llegaban noticias de los procesos de la Inquisición y sus autos de fe.
Cuando no quemaban a los hombres que se negaban a creer en los dogmas y criticaban abiertamente la infamia ecuménica disfrazada de preceptos religiosos y ordenanzas reales, enterraban vivas a las mujeres que asistían los partos con pociones vegetales y evitaban el nacimiento de niños cuyo futuro serían la pobreza y el abandono.
De hecho, desde que había sido testigo del ritual de los adamitas, Jheronimus capoteaba una incómoda impresión: se sentía vigilado.
Vivía tenso y a la espera de que algo terrible se precipitara sobre él.
Esta molestia se incrementaba cuando algunas escenas del rito adamita le volvían a la memoria.
Una de ellas era la de la compañera de Stephan que, tomando el semen de su amado, blanco y espléndido, se lo untaba en el rostro.
Fraenger, que parecía no alarmarse por lo que pudiera suceder, intentaba sosegar a su protector.
Le decía, incluso, que jamás sería denunciado por ellos.
Pero Jheronimus, más que por sí mismo, temía por la vida de su aprendiz, de quien se había prendado como si fuera el hijo que nunca había tenido.
Aleid, ignorante de la incursión de su esposo en los dominios de la secta, una mañana le preguntó por lo que ocurría.
Abatido, él se había acordado una vez más de los hijos de Adán y de su inevitable castigo.
También pensó en el último ataque, en la frontera de Hertogenbosch con Güeldres, en el que habían muerto decenas de hombres y sobrevivido muchos en medio de las mutilaciones.
Decidió contarle entonces a su esposa el sueño que lo había despertado ese día.
Sus sueños, en ciertas épocas, eran tan grotescos que Jheronimus se sentía mal.
Si él estuviese entre quienes olvidaban lo que soñaban podría considerarse un afortunado.
Pero, con el paso de las horas diurnas, se le iban revelando los relieves de su onirismo tortuoso.
En tal sueño dormía cuando, de pronto, despertaba por un ruido procedente del taller.
Con su amplia camisola y el gorro, Bosch salía del cuarto y descendía por las escaleras.
Al abrir la puerta, se daba cuenta de que había bajado descalzo.
El suelo estaba inundado de agua y cubría sus pies.
El maestro buscaba un velón para iluminar el espacio, pero no encontraba nada.
Ni siquiera la lumbre en la chimenea porque él, y eso lo entendía también en el sueño, apagaba todo fuego doméstico que pudiese provocar una catástrofe.
El resto de la pesadilla sucedía en medio de una expectativa creciente como el agua que le iba subiendo por las piernas.
Supuso, en algún momento, que la inundación tenía un origen externo.
Comprobó que no llovía y que nada raro transcurría afuera.
Aleid debía estar durmiendo en la parte de arriba y las criadas y sus ayudantes en sus respectivos cuartos.
Entonces quiso subir y despertar a su esposa para que le ayudara a secar el taller.
Pero un olor lo atrajo y terminó olvidándose de su pretensión.
En la vigilia él concluía que sus sueños, atravesados por los colores, carecían de olor.
Pero en aquel sueño constató que estaba equivocado, porque lo que aumentó su alarma fue el olor.
De un lado desconocido se hizo la luz y él se dio cuenta de que todo el taller estaba inundado de mierda.
Tapetes, tablas, pinceles y pigmentos flotaban como esquifes tristes en medio de la podre.
Entre la repugnancia y el espanto, Jheronimus buscó el origen de lo que sucedía.
Quizás en las letrinas aledañas, o en el lavadero que había en el taller, podía hallar la explicación.
Pero mientras más buscaba, menos encontraba y, en todo caso, le resultaba arduo moverse a causa de la densidad de la materia fecal.
De otro punto indefinido, como alucinaciones vagas, emergieron las sombras de su padre, su abuelo y sus hermanos para señalarle el rincón donde una única pintura permanecía en pie.
Y Bosch entendió —revelación que le sobrevino al despertar como un puñetazo— que la inmundicia brotaba de las imágenes infernales pintadas.