El jardín del mundo 6
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«El verbo se hará carne entre nosotros», proclamó el hermano Jacob y con las manos bendijo a los concurrentes.

Estos, sin sus atavíos, se sintieron libres frente al viento y la luz.

Luego se bañaron en el lago. Daban brazadas, se sumergían y salían y volvían a zambullirse en medio de las risas.

Sus cuerpos eran todos blancos. Jheronimus, al observarlos desde la distancia, pensaba que poseían proporciones semejantes.

Ellos, de estatura mediana, miembros delgados y cabellos negros.

Ellas, con poco pecho, caderas angostas y pubis lampiño.

El maestro se dio cuenta también de que algunas aves revoloteaban en derredor.

Vio que una de las mujeres estiró su brazo hacia un ánade y este se dejó acariciar el cuello.

De pronto, un martín pescador irrumpió como un relámpago tornasolado y, hundiéndose en el agua, atrapó con el pico a un pez gris que dejó caer en las manos de uno de los adamitas.

Stephan Fraenger fue el agasajado y la celebración se hizo con aplausos y silbidos.

No eran tímidos ni vacilantes en las caricias.

Al contrario, la palpación de los cuerpos la efectuaban con seguridad.

Por indicación del hermano Jacob, algunos de los participantes, quienes conocían los procedimientos del rito, se pusieron en los cuellos y en los torsos, colgadas en bandolera, hiedras verdes con capullos que comenzaban a florecer.

Otros coronaban la cabeza con diademas en las que resplandecían manojos de uvas, moras y frambuesas.

Jacob y su mujer, ya desnudos, con índices didascálicos, explicaban cómo se debía ascender hasta la cúspide de la unión.

El eco de lo dicho, en ocasiones, llegaba hasta los oídos de Jheronimus.

Decían que ellos eran los más puros entre los puros y que el deleite compartido habría de fundirse con Dios.

Aconsejaban lo indispensable que era sacar de sus mentes y sus cuerpos cualquier vestigio de temor y vergüenza.

Los más novicios escuchaban las indicaciones y después se dirigían a una alameda cercana.

Uno de ellos, de repente, meneó la cabeza, manoteó ante quien estaba a su lado y se tapó las partes pudendas.

El hermano Jacob intervino y lo separó del grupo con ademanes dulces.

Hablaron un rato hasta que el hombre, más calmado, volvió a unirse al grupo, llevando en una mano un ramillete de flores amarillas.

El maestro tenía la impresión de que los eventos del rito asumían una faceta de repetición incesante.

Pero mientras más miraba comprendía que cada acoplamiento era diferente.

Por momentos no sabía dónde había más luz.

Si en las aguas del lago donde una pareja se había quedado para enlazarse con los brazos y las piernas.

O si en la suavidad del aire atravesada por pájaros de picos largos.

O si la luminosidad más intensa se concentraba en la desnudez de los amantes que daban vueltas sobre el césped.

Este último, por su parte, estaba sembrado de florecillas y, en las piruetas realizadas por los hijos de Adán, los pétalos otorgaban un etéreo matiz a los cuerpos.

Jheronimus pensó en mariposas titilantes en cuyas alas se concentraba un destello todavía más fuerte que el que los circundaba.

En tanto dibujaba los órganos sexuales, él evocaba los hongos del bosque y los riachuelos que depositaban en el lago el caudal de sus simientes.

De pronto, sobre el murmullo de las voces, sobresalió la del hermano Jacob que cantaba con su compañera.

Los dos, abrazados en una desnudez blanca y negra, giraron con velocidad progresiva hasta que llegaron a la orilla del lago.

Stephan y su amiga, un poco más cerca del maestro, se pusieron a mirar un pájaro suspendido en el aire.

Los dos adamitas se comportaban como si Bosch no existiera.

Pero, otras veces, en medio de las caricias compartidas, hombre y mujer miraban hacia quien los reproducía en el papel.

Como si estuvieran diciendo sin palabras: «Estamos aquí para que pintes nuestra dicha».

De súbito, Stephan tomó de la mano a la muchacha y subieron a la laja del techo de la torre.

El aprendiz estaba tocado con un ramaje en forma de casco, aureolado con una gran fresa.

La mujer, titubeando, estiró la mano para palpar la fruta.

Miró, deslumbrada, la boca de quien le decía algo.

El rostro de ella poseía los aires de la nubilidad, pero su cuerpo ya podía recibir los embates del amor.

Cuando llegaron al techo aterciopelado continuaron jugueteando.

Stephan le susurraba palabras al oído y, al mismo tiempo, le acariciaba las nalgas con una ramita de ciprés.

Sin saber por qué, al maestro la cabeza de Fraenger se le desapareció y, en su lugar, puso aquella fresa que estaba a punto de estallar por su madurez.

Más tarde, de la alameda cercana, surgieron varios adamitas montados en caballos.

Jheronimus se preguntó cómo hacían para que el espinazo de las bestias no les estropeara los genitales.

Uno de los jinetes era una mujer. Su compañero, detrás, se sostenía de su cintura.

Pero cuando ella reía y se encorvaba, él se agarraba con decisión de los pechos.

En otro caballo el jinete era un hombre que cargaba sobre los hombros a su compañera.

Algo de circo y cabalgata poseía la escena porque la parte del grupo situada de ese lado festejaba con voces y aplausos los círculos que daban en derredor de ellos.

El pintor ya había utilizado casi todos los papeles y sólo le quedaba una hoja en limpio.

Estuvo un rato mirando sin saber qué hacer.

Se dijo que esperaría a que Stephan se vistiera para que regresaran a Hertogenbosch.

Debían hacerlo pronto para que no los sorprendiera la noche y, con ella, la presencia de posibles maleantes.

Lo más probable era que el hermano Jacob, finalizado el ritual, verificara los dibujos.

En la espera de lo que pudiera suceder, Jheronimus tomó el carboncillo y trazó una suerte de burbuja.

Se le ocurrió que ella era como una flor de aire y agua nutrida por el grueso ramaje de un árbol.

En la burbuja dibujó una pareja sentada.

Se hizo a sí mismo y a Aleid cuando eran jóvenes.

Puso su mano en el vientre de ella mientras le susurraba palabras en el oído.

Aleid escuchaba con detenimiento como si en lo dicho se concentrara el más revelador de los secretos.

Y, embriagada y estática, depositaba su mano en la rodilla del amado.

Cuando Stephan se acercó para pedirle los dibujos que Jacob quería ver, el pintor decidió otorgarle a la burbuja un entorno acuático.