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El día en que lo visitó Felipe el Hermoso, Bosch se levantó con el ánimo deprimido.
Había soñado una vez más con el fuego. El horizonte de las imágenes se había cubierto de llamas.
Él corría buscando a sus familiares entre las ruinas y las cenizas.
Lo que hallaba, empero, eran personas que, a diferencia suya, se dirigían al centro mismo de las hogueras.
Eran tantas que se sentía oprimido. Y lo que era una totalidad más o menos homogénea en el sueño se le iba revelando mientras se despertaba.
Aparecían entonces detalles que le acrecentaban la amargura de la vigilia.
Entre las casas más altas, derrumbadas por la acción del incendio, surgía la sombra de un hombre.
Coronada de cuernos, atizaba la candela con un largo tridente.
A las humaredas, como montañas grises, las atravesaban haces de una luz temblorosa.
Y esta permitía que se visibilizaran los seres volátiles.
¿Eran ángeles de la desdicha o humanos todavía más desgraciados?
Jheronimus Bosch no sabía distinguirlos.
Como tampoco corroboraba si volaban por su voluntad o eran expulsados por las vaharadas fragorosas.
Podían ser también las almas de una humanidad aplastada por algo que, sin saberlo, había cometido.
Como si la existencia misma fuera motivo suficiente para que ella recibiera la acometida de un castigo.
Lo más tortuoso del sueño resultaba siendo, sin embargo, las multitudes que caían a las aguas de un río tenebroso y que, desde allí, se encaminaran de nuevo hacia las llamas.
Los cascos de los caballos resonaron en la plaza y Aleid avisó la llegada de la comitiva real.
Era temprano aún, pero el taller ya estaba preparado para la visita.
Stephan Fraenger lo había aseado y había puesto en los sitios señalados algunos de los tapices con escenas del diluvio solicitado por los dominicos.
Igualmente, estaba el tríptico de las tentaciones de san Antonio.
Aleid había sugerido que se expusieran, para que el joven dignatario observara la dimensión del trabajo, el san Cristóbal con el niño a cuestas —esta era la tabla que más le gustaba a ella— y un Jesús cargando la cruz en medio de un grupo de judíos vociferantes.
Felipe entró acompañado de Enrique de Nassau, uno de sus hombres de más confianza.
Ambos amaban las artes y gastaban su dinero no sólo en las fiestas de sus palacios y en las guerras de sus territorios, sino para estimular la creatividad de los pintores y los arquitectos.
Entraron solos, sin guardaespaldas, a la casa en cuyo frontispicio sobresalían tres palabras: In den Salvatoer .
El encuentro no duró mucho y transcurrió en medio de la hospitalidad de los anfitriones y la admiración de los dos jóvenes nobles.
Felipe tenía el rostro imberbe y su cuerpo desprendía garbo y seguridad en cada movimiento.
Su pelo era largo, ondulado, rubio. Enrique, por su parte, era de anatomía fortachona y los ojos y la voz dejaban tras de sí algo similar a una burla.
Saludaron en latín, pero pronto pasaron a la lengua del Brabante.
Los esposos se habían inclinado ante los regentes.
La mano de Aleid fue besada por Felipe y Enrique y los dos hicieron una venia de respeto al pintor.
Entonces, sin mayores rodeos, observaron las pinturas exhibidas.
Acaso por el tamaño y la carga simbólica de sus escenas, se detuvieron más tiempo en las tentaciones de san Antonio.
Era el santo que más atraía a Jheronimus Bosch y al que más pinturas le había dedicado.
Pero este tríptico, que no era de grandes dimensiones, representaba el culmen de todas ellas.
El ermitaño de Egipto llamaba la atención de los monasterios.
Era el santo de las enfermedades de la piel, de los lisiados por gangrena que ululaban en las aldeas europeas, de los quemados por el fuego de los arcabuceros y los cañoneros.
Ambos mantuvieron un silencio expectante frente al tríptico.
«¿Se podría haber pecado más?», preguntó Enrique con malicia cuando terminó de mirar el vendaval de las tentacio nes.
Los peces que, desde las nubes, asediaban con alaridos al santo, así este gozara cabalgando todo tipo de monstruosidades.
El hombre agachado que con su espalda formaba una montaña, bajo la cual una mujer, tocada con un manto blanco, esperaba la llegada de los clientes al burdel.
El músico que soplaba la gaita como si un culo evacuara el aire mezclado con la porquería de sus intestinos.
Los clérigos sombríos, con pico de espátula y cuernos de cérvido, yendo en busca del placer.
La gigantesca fruta de donde salían diablos armados y bestias contrahechas.
Aquellos que se creían doctos e interpretaban la palabra de Dios con los gestos del estólido y las convicciones del demente.
Aquel jarrón que se parecía al ano de una vaca o de una yegua.
Y la gran alimaña blanca que bramaba por encima de todos los ruidos concentrados en la obra y cuya lengua tenía la misma elasticidad asquerosa de sus patas y su cola.
«Es como si el pecado», exclamó de pronto Felipe, «fuese lo peor de todo y, al mismo tiempo, la más atractiva de las aventuras».
Y, espirando con resolución, dijo que todo aquel delirio tan sólo buscaba la libertad desde el pecado.
A lo cual Jheronimus Bosch respondió con una inclinación deferente.
El monarca deseaba, sin embargo, algo distinto para el tríptico que quería.
Más luminoso y festivo, sin olvidar la dinámica de las condenas y los castigos.
Felipe creía que la existencia era una fluctuación permanente entre el bien y el mal y que, en la deambulación por la tierra, la conciencia de la culpa se abrazaba una y otra vez más con las ansias de la felicidad que con la felicidad misma.
A la sazón se corría el rumor de que el joven poderoso era disoluto y que sus ágapes y amoríos perturbaban a su consorte de Castilla.
También se hablaba de sus largas jornadas de ayuno y de los rezos en las capillas de sus posesiones.
Pero en aquella visita no se profundizó en tales contingencias de la carne ni en las voracidades efímeras de la fe.
Felipe se refirió, más bien, a las cartas de Cristóbal Colón y Américo Vespucio que había leído.
Por el tono en que lo dijo, se notaba que al regente, lo mismo que a su compañero Nassau, le interesaban las tierras descubiertas y los nativos que aquellos dos viajeros describían.
«Andan desnudos y dichosos y sus organismos son bellos y viven en armonía con la naturaleza», dijo Felipe.
Jheronimus y su esposa seguían con interés el relato.
«Los ríos allí son cristalinos», complementó Enrique.
«Los prados son de un verde incontestable, las frutas poseen un sabor más dulce que el de las que comemos aquí y los pájaros, cuando vuelan, parecen arcos iris».
Felipe, escuchando a su amigo, hizo una pausa para mirar de frente al maestro pintor y le pidió que tuviera en cuenta las realidades del continente recién hallado para el paraíso de su pintura.