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Bosch asumiría el papel del búho. Iría como el animal, antiguo emblema de Minerva, para verlo todo.
Porque todo —tal era una de las consignas de los adamitas— debía mirarse ya que Dios habitaba en los ojos de sus criaturas.
La reunión se hizo un sábado, en las proximidades de la ciudad.
Él y su aprendiz salieron de madrugada en dirección a la puerta de Vught.
Cruzaron el río Dommel a través del puente levadizo y tomaron la vía hacia Oirschot.
Por prevención, no contrataron ninguna carreta y decidieron caminar.
Envueltos por la penumbra del alba, que se fue trasfigurando en pedazos de un gris plomizo, iban ligeros de equipaje.
El maestro llevaba, junto a un fiambre frugal, la bolsa en la que guardaba el cuaderno y las barras de carboncillo.
Había transmitido a Fraenger su deseo de plasmar en algunos bocetos lo visto en el ritual.
La petición fue aceptada con la condición de que los dibujos fueran aprobados por quien presidiría la ceremonia.
A este lo llamaban el hermano Jacob y se decía que retomaba las enseñanzas de uno de los líderes de la comunidad del Libre Espíritu de Cambrai.
A juicio de Fraenger era un hombre bondadoso y de gran sapiencia.
«Un iluminado», matizó y el carácter de esta frase se trasladó a su cara.
Solicitando la mayor cautela en la ida hacia el descampado donde se reunirían, Jacob aceptó que Bosch sólo presenciara los actos sin participar en ellos.
El aprendiz habló, durante el trayecto, de la redención universal.
Dijo que no existía hundimiento en el primer pecado porque este jamás había sucedido.
El maestro ya sabía que los adamitas admitían la cercanía del fin de los tiempos y que la manera más eficaz de enfrentar este aniquilamiento de todas las cosas era a través del amor.
Pero el amor, entre ellos, funcionaba como un arquetipo: el de la pareja original fundida con Dios desde la inocencia.
Ante la curiosidad de su interlocutor, Fraenger trató de ser más explícito al proponer que concibiera a los adamitas como ángeles enamorados.
«Desde el goce de nuestros cuerpos, pasamos a la apoteosis del espíritu», concluyó el ayudante.
Y, al llegar a este punto, se refirió al paraíso como la felicidad plena del hombre en conjunción con el otro y la naturaleza.
A los lados del sendero había bosques de abedules que se interrumpían con la visión de campos de gramíneas verdes y amarillas.
Montículos de heno surgían de vez en cuando y sobre ellos pájaros negros volaban como si fueran guardianes protectores.
La brisa era fresca y suave y la luz del sol, embriagante, se diseminaba por todas partes.
En algún lugar hicieron una pausa para comer los mendrugos y beber el agua y el vino.
Stephan reprodujo, de pronto, el canto espaciado de la abubilla.
Tres veces seguidas emitió el sonido por entre el cuenco de sus manos.
Más adelante, de una de las arboledas emergieron dos hombres y dos mujeres.
Eran de la misma edad del aprendiz. Se saludaron con un beso en la boca y pronunciaron palabras de paz y amor.
Jheronimus, al detallar sus rostros, supuso que los había visto en Hertogenbosch.
Quizás en uno de los puestos del mercado.
Tal vez en los talleres de carpintería cercanos a la catedral de San Juan.
Probablemente en los conventos de las beguinas o en el monasterio de los begardos.
Pero eran meras suposiciones que se fueron esfumando en el camino.
Continuaron, apresurando los pasos, durante un rato más.
Hasta que apareció el lago. El pintor no había pasado por ese paraje.
Ignoraba la ubicación de esas aguas anchurosas y verdes.
Un plátano de sombra se erguía, adelante, como una alucinación.
Al verlo, él exclamó «¡ah!» y pensó que era el ser vegetal más grande que había visto en su vida.
Jheronimus observó la grieta oscura que había en la base del plátano.
Era tan ancha como para ocultar a los tres hom bres y a las tres mujeres que salieron de allí y saludaron a los recién llegados.
Lo hicieron también con un beso en la boca y pronunciando las palabras dichas por los otros.
Asimismo, se inclinaron con respeto cuando saludaron al maestro.
Las ramas del follaje, largas y nervudas, se erguían en el aire como si su misión consistiera en sostener las nubes que, en la blancura inmaculada del firmamento, trazaban el rostro de una divinidad jovial.
Desde allí bordearon el lago. Tres grupos más de personas se les unieron.
Habían brotado de un matorral, detrás de un árbol, del interior de una cueva.
Eran casi treinta al llegar a la casa. Pero resultaba difícil llamar así a las ruinas de una casona que parecía no tener edad.
Jheronimus la comparó con una torre desmoronada.
El techo era una laja, de tono gris perla, que brillaba por los efectos de los rayos solares.
La cubría un césped aterciopelado del cual surgían cuatro espigas largas que semejaban las antenas de una langosta gigantesca.
De la torre salió el hermano Jacob con una mujer.
Ella llamaba la atención por el cabello ensortijado y por la piel negra y la boca de labios prominentes.
El líder saludó con reverencia a los invitados mientras su compañera sonreía con el fulgor propio de una diosa.
A un gesto de la mano de Jacob, dieron vuelta y se encaminaron hacia el lago.
En un paraje, desde donde se divisaban las desembocaduras de cuatro riachos, se detuvieron.
Fraenger se había acercado a Jacob para hablarle de la presencia del maestro.
El hermano era el mayor del grupo, pero Jheronimus lo sobrepasaba en edad.
Aquel asintió con la cabeza y se acercó al pintor.
Con dicción precisa dijo que esperaba que su mirada fuera iluminadora.
«El amor de Dios, altísimo modelo del nuestro, es lo que nos congrega», señaló.
«Él sabrá guiar tu mirada». El maestro se sintió acogido por esas palabras e inclinó su cabeza en señal de gratitud.
Quiso decir que confiara en él. Que lo trazado no sería mostrado a nadie.
Pero prefirió guardar silencio. Enseguida el grupo se ubicó en el sitio indicado por el hermano Jacob.
Jheronimus fue hacia un prado cercano y se sentó sobre una de las raíces del gran árbol.
Preparaba sus papeles y los carboncillos cuando empezó a ver cómo los descendientes de Adán iban desnudándose.