El jardín del mundo 2
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Jheronimus Bosch, que era como desde hacía años firmaba sus cuadros, se sentía envejecido.

Solía lamentarse ante su esposa Aleid del cuello cascado y de las venas que allí le brotaban como músculos recios.

«Parezco un batracio», murmuraba al notar el declive pronunciado de la comisura de su boca.

Pero sonreía al constatar la paradoja dada por el tiempo.

Por un lado, su piel cada vez más ajada y, por el otro, la rigidez impetuosa de sus venas.

Su esposa le decía que exageraba. «Mírate los ojos y verás que aún posees la radiación de los ángeles».

Él volvía al espejo y se encontraba con la boca delgada enmarcada en dos profundos pliegues.

Con los surcos hechos al lado de los labios que ascendían como improntas feas por las mejillas, hasta minimizarse en las proximidades de la nariz.

Se detenía en su cabello gris, que ocultaba con el bonete de las labores diarias.

Y, al confrontar sus ojos, reconocía que Aleid tenía razón.

Pese a estar metidos en bolsas desgastadas, seguían rutilando.

Y apoyándose en el raciocinio de su esposa, se daba cuenta de que las manos, así la piel estuviera maltratada por los aceites y los pigmentos, seguían firmes.

Y que, intacto y potente, continuaba en su ánimo el anhelo de pintar.

Cuando se trajeaba para las ocasiones especiales, ponía un esmero puntilloso que parecía rozar la vanidad.

Él no la padecía en absoluto y sólo había heredado un hábito de su padre.

Jheronimus Bosch se despertaba todos los días en la madrugada.

Tendía la cama matrimonial y no dejaba que lo hiciera la servidumbre.

Luego verificaba el buen estado de sus prendas.

La ropilla se la abotonaba desde el cuello hasta la cintura y se sentía mal si uno de los botones faltaba o un hilo se desprendía de algún bordado.

Los zapatos y las calzas siempre estaban limpias.

Si percibía una mácula o un roto en alguna de las ropas que no fueran las que usaba en el taller, no se la ponía más y la dejaba para que fuese regalada a los pobres.

Al principiar su jornada de trabajo lo hacía con el mandil que mantenía incólume al cabo de muchos días.

Esta obsesión por la pulcritud en un oficio como el suyo, sesgado por la mácula, le hacía volverse exigente con sus ayudantes.

Los abocaba al baño y reprendía a Schmitt cuando este aparecía en el taller desgreñado y pringoso.

Cuando el maestro pintor se integró a la cofradía de Nuestra Señora, sus capas pluviales empezaron a ser muchas y de variados colores.

Para las reuniones ponía su atención para que las insignias del cisne —una plateada y otra dorada— correspondieran con la tonalidad del jubón y de la capa.

En la insignia estaban escritas unas palabras del Cantar de los Cantares : Sicut lilium inter spinas .

Y la verdad era que, cuidando de que su vestimenta estuviera impoluta, se sentía como una flor entre las espinas.

Una vez, saliendo de una sesión de la cofradía, Jheronimus se enteró de la visita a la ciudad del nuevo príncipe de Borgoña.

Se llamaba Felipe y le decían, por la finura de sus facciones y la elegancia del porte, el Hermoso.

Era el heredero del gran reino de España y de ese Nuevo Mundo recién descubierto y del cual llegaban noticias fabulosas a Hertogenbosch.

La ciudad había crecido tanto desde los inicios del siglo que el maestro no sabía si presenciaba un portento del comercio o un cataclismo del progreso.

La prosperidad de Hertogenbosch provenía no sólo de ser un centro de compra y venta de telas y de objetos de metal, sino de su beneficio de la cercanía con Amberes, la gran metrópoli de la región.

El número de habitantes se había triplicado en cuestión de pocos años.

Las tiendas y las iglesias eran copiosas porque religión y dinero, tomados de la mano, avanzaban con pujanza.

Pero las calles se habían llenado de pordioseros, de lisiados de guerra, de enfermos de toda laya.

Así que, entre las idas del taller a la catedral, o en las salidas que el pintor y su esposa hacían al mercado, o a la casa donde se reunía la cofradía, el afuera asumía los perfiles de una procesión grotesca y miserable.

La cofradía actuaba como una protección de la vida y de la obra de Jheronimus Bosch.

Gracias a ella, su prestigio se había acrecentado.

El ingreso al círculo interior de la asociación se debió, en gran medida, a la buena dote otorgada por Aleid en el matrimonio.

Y también a la aceptación de las pinturas del maestro en el medio clerical y entre los comerciantes ricos.

La cofradía existía desde hacía más de un siglo y la había creado una mezcolanza de sacerdotes y estudiantes devotos de la Virgen María para ayudar a los más humildes.

En su rango superior estaban los hermanos jurados, en su mayoría altos clérigos, teólogos, médicos y juristas.

Había, además, uno que otro artista. Un músico, un arquitecto, un carpintero.

Jheronimus Bosch era, ciertamente, el pintor más connotado de la cofradía.

Uno de los deberes como miembro consistía en ir a misa al menos una vez por semana.

A él le gustaba esta participación y, antes de que su sensibilidad por los sonidos se alterara y él se distanciara de la música, cantaba en el coro las piezas dedicadas a la madre de Jesucristo.

Debía ayunar, igualmente, los viernes y, cada dos meses, reunirse con los otros hermanos de la cofradía en la celebración de una cena.

Él y Aleid se comprometieron en varias ocasiones a dar el convite en su casa.

De suerte que allí llegaban los invitados, de dos en dos, portando el estandarte del cisne y la efigie de la Virgen en medio de los sones de los músicos y las representaciones de los comediantes.