El jardín del mundo 1
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Stephan Fraenger le había contado de sus reuniones clandestinas.

Lo hacía porque el maestro, además de despertarle confianza, quería pintar, para el encargo de Felipe el Hermoso, sobre la felicidad del hombre antes de su caída en el pecado y la culpa.

Conversaban cuando no había nadie en el taller.

Las prevenciones de Fraenger llegaban a tal extremo que, antes de decir cualquier cosa, se cercioraba de que Alfred Schmitt, su compañero de trabajo, hubiese salido a la calle.

Hasta inquiría por la señora Aleid. Si ella permanecía en casa, Stephan se resguardaba en el silencio.

Hablaban mientras Fraenger preparaba la base de los blancos de creta o la mezcla de la laca roja con el albayalde.

El ayudante, a pesar de que caía en el balbuceo con frecuencia, no era tímido.

Y si se escudaba en la reserva, obedecía a una indicación de la comunidad a la que pertenecía.

Pero cuando hallaba seguridad en el interlocutor, se volvía expansivo en el diálogo.

En una geografía cruzada por numerosas sectas cristianas como era la región flamenca, la presencia de una más cuyos integrantes se reconocieran como los vástagos de Adán no resultaba extraña.

Al enterarse de los perfiles de sus creencias, el maestro no sabía si sonreír con espontaneidad o persignarse con temor.

Aquellas remitían a las de los Mesalianos, los Ebionitas, los Begardos, los Cátaros y, según quienes los rastreaban para castigarlos, eran la viva expresión de la peor de las aberraciones.

«¿Dónde se reúnen?», preguntó el pintor después de que su ayudante le había explicado que la pretensión de la comunidad era buscar, a través del amor, la unión con Dios.

«En algunas torres, en casas de campo, en ciertos descampados», respondió Fraenger.

La pregunta no era fortuita porque su protector se sentía atraído por la secta y, además, vivía descontento con la institución cristiana.

Aunque él creía en los mensajes de amor y paz de los Evangelios y era simpatizante de los preceptos de la devoción moderna.

Por cuestiones de su oficio, el maestro pintor tenía relaciones respetuosas con el clérigo de su ciudad ya que él era el mejor comitente de sus obras.

El rol que ocupaba él en la cofradía de Nuestra Señora, de la que formaba parte desde hacía años, no podía ser más activo y nunca faltaba a sus reuniones y banquetes.

Pero cuando se daba cuenta del rumbo depravado de los monjes, y de la manera en que la Iglesia se envilecía con el dinero y el apoyo a las guerras, se llenaba de reserva.

Los adamitas, eso le había dicho Fraenger, entendían el paso por el mundo como la vivencia de un nuevo nacimiento.

Lo que anhelaban para sus vidas era la simplicidad y la bondad con que Dios había creado al hombre.

«¿Ustedes creen en el pecado original?», preguntó el maestro, atraído por la desnudez que caracterizaba a los rituales.

«Cuando nos reunimos por primera vez, quizás lo creemos», contestó Fraenger, «pero comprendemos que, al no haber culpa, cualquier infierno deja de tener sentido».

Los adamitas iban tras la inocencia, como si esta fuera un estado de perfección espiritual.

En el deseo de la carne no se tropezaban con el pecado, puesto que pecado no había en su manera de asumir las circunvoluciones del cuerpo.

Mientras que la Iglesia consideraba el contacto sexual, a pesar de su naturaleza degradante, como indispensable para la procreación y repudiaba el amor sensual por ser pecaminoso, para los descendientes de Adán este era el sendero más expedito hacia a la consagración divina.

Ajenos a la ambición de la riqueza como base de la seducción, ellos se unían por afinidades electivas.

Lo cual los convertía en amantes distantes del caos y la lujuria capaces de alcanzar la unión con Dios.

El maestro, a través de estos diálogos con su aprendiz, fue conociendo los perfiles de la comunidad, que también se hacía llamar Hermanos del Libre Espíritu.

La dimensión de esa libertad podía observarse mejor en el modo en que los integrantes tomaban la vida social.

Hombres y mujeres no poseían ningún interés político.

Se negaban a portar armas. Rechazaban la violencia ejercida contra el prójimo y los animales.

El juramento les era ajeno y practicaban el vegetarianismo.

Se mostraban desdeñosos, asimismo, frente a las jerarquías de la Iglesia.

No creían en el poder del papa y, en efecto, su comportamiento se erigía como una negación radical del celibato pregonado por la Iglesia.

Pero, y esto lo señaló Fraenger cuando se le preguntó por las profesiones de sus miembros, la comunidad no tenía problemas en recibir clérigos y monjas.

Aclaró, además, que desconfiaban de la nobleza por ser la más proclive a los peores vicios.

En una ocasión el pintor le planteó a su ayudante que quería observar los ritos en los que los adamitas se lanzaban al encuentro de la felicidad.

A diferencia de los anacoretas, o de quienes convivían en conventos de clausura, el grupo de Fraenger no despreciaba el placer corporal.

Mejor dicho, y esto lo explicó Stephan mientras lavaba dos pinceles de pelo de tejón, ellos entendían la cópula no como castigo ni condena, sino como la llave mirífica que abría la puerta para acceder al creador supremo.

En este punto, siguió diciendo el aprendiz, respetaban la naturaleza por encima de cualquier ley.

Y respetar ese orden significaba preservar su equilibrio.

Equilibrio que la criatura humana, separada de Dios y pervertida por su deseo permanente de someter lo circundante a sus apetencias, amenazaba a todo momento.

De tal modo que el abrazo del padre cósmico con la madre tierra, proyectados en el hombre y la mujer, conducía a la desnudez desprejuiciada que prevalecía entre ellos.

«Pero no crea, maestro, que nuestro propósito sea la lascivia o la dominación del otro», dijo Stephan.

«Nosotros no abusamos de nadie y todos tenemos los mismos derechos».

Se trataba de una especie de hedonismo que pretendía fundirse con la vida y con la divinidad.

«Dios nos creó», concluyó Fraenger, «como un trasunto del bien y del amor. No del odio y la maldad».