Segunda parte #11
La fachada principal del Escorial, de grandes columnas, se presentaba como el mejor trasunto del monarca.
Cada ventana y techumbre, cada torre con su cruz negra, cada alta buhardilla clamaba que quien lo había mandado construir quería dejar como herencia su imponente esplendor material.
Pero en la grandiosidad de esta arquitectura fluctuaba una contrición capaz de insuflar a cada uno de sus elementos minerales y vegetales un matiz opresivo.
José Diego se sintió diminuto ante ella y en el pecho, cuando vio sus fachadas, se le instaló la zozobra.
Le pareció insólito, por lo demás, que estuviese al frente del Escorial esperando a la mujer que amaba y que lo hiciera para ver una pintura.
Era evidente que su interés por Jerónimo Bosco tenía la misma dimensión de lo que sentía por Ana Micaela.
Había comprendido, a medida que ella fue mostrándole las copias del jardín, que su deseo estaba estimulado por los detalles de lo que ahora iba a ver.
Ana Micaela apareció, de pronto, y lo saludó con el ánimo atribulado.
Dijo que tenían que hacer la visita a las volandas.
Tomados de la mano, comenzaron a cruzar el patio de los reyes.
La criada, como se había previsto, los dejó ir solos y se quedó con el cochero que las había traído desde la casa de campo.
Un mensaje, en la noche anterior, avisó la llegada del padre.
Doña Sancha le explicaría a su esposo que Ana Micaela había salido a pasear por los alrededores en compañía de su criada.
Por lo tanto, era menester hacer la visita al Escorial con rapidez.
Sólo podrían ver El jardín del mundo . Habría tiempo para ocuparse después de las otras pinturas del Bosco expuestas en el palacio.
Los siete pecados capitales , La carroza de heno , Las tentaciones de san Antonio , La extracción de la piedra de la locur a.
En otra visita, verían El martirio de san Lorenzo de Tiziano y el San Mauricio del Greco.
Y luego contemplarían los cuadros sublimes de Van der Weyden, recomendados muy especialmente por Antonio Martín a José Diego.
El monje jerónimo revisó el permiso. Sus manos estaban ocultas en el atuendo blanco y la cabeza la cubría una capucha marrón.
Ella dijo que sólo querían ver La variedad del mundo del Bosco, solicitando, con el respeto debido, que lo hicieran con premura porque la criada que la esperaba afuera se sentía indispuesta y debían regresar a casa.
El monje, mirándola con sorpresa y a regañadientes, aceptó guiarlos.
La aceleración de los pasos resonó en la amplitud de las salas y los pasillos.
El resuello de los tres parecía soportar la vibración fría que envolvía el recorrido.
El monje se inclinó y pidió que los visitantes lo hicieran también cuando pasaron junto a la habitación donde Felipe II, postrado por la enfermedad, había seguido las ceremonias diarias ofrecidas por la clerecía antes de morir.
Al divisar el corredor donde se exponía la obra, Ana Micaela le pidió a José Diego que cerrara los ojos.
Ella lo sabría conducir hasta que estuviera frente al tríptico.
El monje se hizo a un lado y observó con fastidio el comportamiento intrépido de la mujer.
El ámbito se oscureció y José Diego dio unos pasos adelante.
La voz de Ana Micaela le susurraba que caminara un poco más.
Las palabras eran aún más embriagantes desde su cerrada visión.
La mano en la suya guardaba la tibieza que José Diego añoraba cada noche cuando buscaba el descanso.
Ella lo detuvo y le pidió que no abriera los ojos.
Lo movió hacia un lado y hacia el otro hasta que, por fin, lo ubicó frente al centro de la pintura.
Con los dedos le tocó los ojos y le dijo quedamente, para que el monje no escuchara, «mira, señor mío, este inmenso ensueño del amor».
Lo primero que vio José Diego fue un montón de criaturas.
Animales y plantas y seres humanos mezclados en una especie de delirio festivo.
Una confusión inesperada lo embargó cuando el caudal de las imágenes se le vino encima.
Un torrente que se continuaba en meandros inasibles y en cascadas sucesivas.
José Diego se llenó los ojos con el azul, el rosado y el verde que predominaban en la parte central y en la izquierda de la tabla.
Aunque mientras más miraba menos comprendía.
Era como si toda esa muchedumbre impidiera entender el sentido de lo pintado.
José Diego fue constatando, poco a poco, que lo suyo se hundía en un desconcierto deleitoso.
Pensó que para el goce visual no era necesario ningún entendimiento.
Este vendría, acaso, en el momento en que se viera de nuevo lo ya visto, y se hiciera indispensable, para no ser absorbido por el ímpetu de las escenas, acudir a un conato de interpretación.
Pero ¿qué significaban esos hombres encaramados en los pájaros?
¿Qué la asamblea desnuda en torno a una gigantesca fresa?
¿Y el danzarín floral que giraba incesantemente con numerosos brazos?
¿Y las personas que abrían la boca, sedientas, para recibir un viento, un agua, una semilla, la palabra dicha por el otro?
Con cada vistazo, a José Diego le surgía una pregunta que era incapaz de contestar, o que desembocaba en la alternativa de diversas respuestas.
La carencia de rumbo y de precisión aclarativa suscitada por las escenas no producía incomodidad alguna, sino un afán de seguir mirando.
Como si el único acto que estimulara la pintura se redujera a contemplar el presente eterno en que se hundía aquella humanidad.
José Diego se dejaba llevar por esta impresión más sintiendo que sabiendo, consciente de que al observar aquel tinglado de situaciones enigmáticas se favorecía, a su vez, un acto de liberación.
No supo cuánto tiempo pasó sumergido en presenciar aquel rito colectivo que se desprendía del tiempo y de la historia y en el que cada una de las criaturas era única y a la vez complementaria.
Él se daba a interpretar la obra como si fueran tres ventanas con postigos.
Como un inmenso armario de extravagancias.
Un teatro insospechado en el cual se asomaba, feliz en su asombro, la criatura humana.
Como un retablo de maravillas. O como lo había definido su amiga, una cartografía de los sueños.
Detrás, ella lo tocó y le dijo que ya debían retirarse.
Pero cuando iba a voltear para retroceder, José Diego miró hacia la derecha.
«Déjeme ver, señora mía, esta otra parte», le solicitó.
Y fue cuando cayó de bruces en la consternación.
Ana Micaela dijo una vez más que se les había acabado el tiempo.
«Sólo un momento, su mercé», rogó el americano.
Pero, para entrar en la dimensión del infierno pintado por Jerónimo Bosco, no bastaba ni un momento, ni una hora, ni una mañana, ni todo el tiempo que se tenía por delante.
Apenas los ojos de José Diego planearon sobre el vértigo de los tormentos, porque tuvo que girar para dejarse llevar por la mano de Ana Micaela.
Cuando salieron del aposento real, él no podía olvidar lo que había visto.
Pidió que su memoria le ayudara a recordar cómo era ese paraíso y de qué modo la humanidad, ávida de una fugaz totalidad, debía asumir también su dosis de castigo.
El monje se despidió con una venia y regresó a sus rezos silenciosos.
José Diego se acercó a Ana Micaela, que ya debía irse con su criada.
Entonces la joven, al recibir las gracias de su amigo, se volteó para recibir en los labios el beso tantas veces esperado.