El jardín del mundo Segunda parte #10
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Segunda parte #10

«Pero lo mejor, al menos para los que somos menos crédulos», dijo Ana Micaela, «es que se rodeó, al mismo tiempo, de sabios en cuestiones de pintura.

Y no hay duda de que el mismo rey era un erudito en el asunto».

«Motivo suficiente para agradecerle a su majestad», respondió José Diego.

Porque era verdad que el Escorial guardaba una colección de cuadros que ningún palacio del mundo podía emular.

Ana Micaela decía que recorrer el Escorial era como pasearse por entre la luz embriagante del Mediterráneo, la opacidad alucinante de Flandes y el misticismo febril de Iberia.

Y era como preguntarse, a todo momento, si aquella pesquisa visual del rey conducía a la salvación definitiva o a un descarrío jamás resuelto.

La casa de los López tenía su alcurnia. El escudo del apellido estaba tallado en piedra encima del frontón de la fachada.

José Diego no tuvo que tocar, sino que empujó el trozo de madera claveteada y cruzó el zaguán.

Vicenta del Carmen, al verlo desde la segunda puerta, fue a avisar a su ama.

Mientras esperaba a Ana Micaela, él se paseó por el patio de rosales blancos y naranjos en flor.

Pájaros ocultos trinaban entre las ramas.

Con el sombrero en una mano, cuidando de que no se estropearan sus tres plumas verdes de pato, el indiano se dio el tiempo para oler el retoño de una rosa.

Ana Micaela lo llamó desde atrás con voz susurrante.

Él vestía de jubón rojo y casaca negra. Ella llevaba una basquiña azul clara y un abanico del mismo color.

El joven, embelesado, puso la mirada en los brazos sembrados de un sutil vellón dorado.

Y enfrentó, descubiertos por el escote de un naranja tenue, los pequeños senos.

Fue una visión excelsa. José Diego olió la flor blanca, que había desprendido del tallo, y se la obsequió.

Pero, de pronto, las campanas del convento del Corpus Christi sonaron e interrumpieron la comunicación.

Don Íñigo de López era alto y magro. Una barba cenicienta sesgaba su rostro de facciones puntiagudas.

Cuando le dio la mano para saludarlo, hecha la respetuosa inclinación, José Diego pensó que aquella cara no había sido heredada por su hija.

Ana Micaela se asemejaba más a la madre.

Marchita y maquillada hasta el exceso, doña Sancha de Mejía conservaba algo del esplendor que algún día tuvo.

José Diego se dijo, al mirarla, que las mujeres mayores, veladas tras los pesados trajes negros, eran sustento ya no de la belleza y la pompa, sino de la agonía y el despojo.

Don Íñigo, al contrario, se movía con petulancia y su estatura se pronunciaba más con la lechuguilla que portaba.

La cabeza calva, el cuello nervudo, el cuerpo largo hacían pensar en una alabarda.

Sus ojos eran, además, siempre inquisitivos.

Con el tono bronco, en el que eses, eres y jotas se tensaban perentoriamente, parecía imponer silencio a quien lo escuchara.

La madre había hecho caso a esta imposición y, a su lado, guardaba una suerte de compostura sumisa.

Ese día doña Sancha calzaba unos chapines que la hacían ver más alta, más quieta y entenebrecida.

El padre de Ana Micaela se refirió a sus negocios agrícolas sin mirar a nadie.

El panorama de la economía española no era el mejor, explicaba.

El campo se veía cada vez más despoblado ya que los campesinos venían a las grandes ciudades buscando un mejor porvenir, para encontrar sólo el incremento de sus infortunios.

La expulsión de los moros, a su juicio un yerro, había ocasionado un desequilibrio económico brutal y del cual resultaba imposible salir con rapidez.

Y las guerras, esas guerras que era mejor no meterse en ellas pero que por espíritu patriótico había que apoyarlas, se consumían todo el oro y la plata provenientes de las Indias.

Don Íñigo se puso todavía más grave cuando vaticinó que al imperio, si continuaba así, le esperaba un futuro fracaso.

Entonces fue cuando miró por primera vez a José Diego y le preguntó con frialdad de dónde venía y a qué se dedicaba.

Él se acomodó en la silla. Contó que aprendía el oficio de pintor y se adiestraba en el arte de la hechura de los retablos para las iglesias.

Hizo un recuento de sus antepasados en España y en el Nuevo Reino de Granada.

Como don Íñigo y su esposa no conocían gran cosa de las Indias —y lo que sabían estaba modelado por los prejuicios—, José Diego dijo algo de las principales ciudades de su reino sin olvidarse de las maravillas naturales que las rodeaban.

Incluso se atrevió a explicar, completando así el horizonte de sus raíces, que había crecido en medio de indígenas muiscas.

Ana Micaela, seducida por la seguridad y el arrojo de su amigo, le pidió que hablara algo en la lengua de los nativos.

José Diego enunció algunas frases de saludo y despedida, mencionó vestidos, nombres de dioses, de lagunas y localidades.

A la joven, el acento dulce y el ritmo lento de las oraciones le hacían cosquillas en el oído.

Doña Sancha abanicaba su rostro depilado y pintarrajeado y se detenía como en una mueca de sobresalto.

Con respecto a don Íñigo, no se sabía muy bien si escuchaba atento o verificaba en silencio lo penosa que le resultaba la presencia del forastero.

José Diego supo de inmediato que entre el padre de Ana Micaela y él no había ninguna empatía.

Era algo propio no sólo de la condición de sus orígenes, sino de la influencia de sus talantes.

El americano, mientras hablaba, palpó cómo en el comedor hubo de implantarse la mudez plúmbea de don Íñigo que, a duras penas, Ana Micaela pudo romper refiriéndose a sus avances en la pintura al carboncillo.

Terminado el entremés, el padre se levantó de la mesa y se despidió.

A José Diego se le hizo un vacío en el estómago cuando estiró su mano y esta quedó suspendida en el aire de la indiferencia.

Don Íñigo inclinó la cabeza sin mirarlo —inclinación que hizo para su esposa y su hija—, y dio la vuelta para salir del aposento.

Pero doña Sancha, apenas se dejaron de oír los pasos de su marido en la madera, dijo, sin dejar de mover el abanico, que no había que hacer caso a un mal educado y que, más bien, le volviera a hablar de la chicha y el masato y le explicara cómo se preparaban esas bebidas.

Desde ese día, el señor de López no prohibió el encuentro de ambos jóvenes en el taller de Antonio Martín, pero dijo no querer relaciones permanentes, ni visitas familiares, ni nada que fortaleciera su cercanía.

Esta actitud la fundó, y esto se lo dijo a su esposa en una corta y seca conversación que mantuvieron, en la desconfianza que le ocasionaba todo lo procedente de las Indias.

Esos reinos, y lo que de ellos se desprendía, significaban riquezas por supuesto, pero también rapacidad, corrupción y barbarie.

Ana Micaela, enterada de estas consideraciones, confrontó la predisposición de su padre.

Alegó que José Diego descendía del círculo de los conquistadores españoles del Nuevo Reino de Granada.

Que poseía talento e inteligencia para las artes, lo cual le procuraría un futuro halagüeño.

Pero doña Sancha, ante la indiferencia firme de su esposo, aconsejó a la hija que, por el momento, no discutiera.

Ella, se lo prometió, intervendría del mejor modo en vista de lo que fuera pasando.

Ana Micaela no le había participado a su madre del interés que le despertaba José Diego.

No se trataba de un sentimiento normal que crecía cada día con recato, sino que se fundaba en un deseo impostergable.

La señora de López conocía, sin embargo, tan bien a su hija que lo intuyó todo desde que escuchó pronunciar por primera vez el nombre del neogranadino.

A ella le había simpatizado José Diego. Lo percibía seguro de sí, capaz de sortear las adversidades en la vida.

Y a pesar de que temía la separación mediada por la distancia que había entre las Indias y España, sabía que ella misma ya era una mujer que envejecía en medio de los achaques.

Ana Micaela, en cambio, estaba en la plenitud de su juventud.

Y, de cualquier modo, una cosa era el destino de una madre y otro el de una hija.

Conclusión que no concernía a don Íñigo, quien pensaba comprometer a su hija con alguien cercano a su círculo de amigos comerciantes y rechazaba de tajo que en su orden familiar se entrometiera un extranjero cuya pretensión era pintar tablas y hacer retablos para iglesias.

Lo importante de aquellos días, en todo caso, fue preparar la visita al palacio del Escorial.

Antonio Martín no quiso acompañarlos. Con sólo pensar que pasaría algunos días fuera de su casa, se le descomponía el ánimo.

Ana Micaela le recordó los Tiziano, los Tintoretto, los Greco que había en las salas del palacio.

Pero el maestro se mantuvo firme en su negativa.

El plan consistía en que, primero, ella viajaría con su madre y su criada a la casa de campo familiar.

José Diego se les uniría después. Para evitar problemas con la vigilancia de don Íñigo, se deberían ver en la entrada de la basílica del Escorial.

Ana Micaela solicitó, a través de doña Sancha, que era conocida del prior del monasterio, los permisos para que los dejaran entrar al recinto donde estaba El jardín del mundo .

Las visitas de mujeres eran recibidas con recelo por los monjes jerónimos.

Pero doña Sancha dijo que el propósito de la visita era sólo observar las pinturas del palacio.