El jardín del mundo Segunda parte #9
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Segunda parte #9

Ana Micaela continuaba mostrándole, a medida que se encontraban, las copias de algunas partes de El jardín del mundo .

Eran castillos de otro tiempo, edificados en medio de bosques espesos, con perfiles que remitían a los órganos sexuales.

O grupos de hombres y mujeres desnudos que efectuaban, en los bordes de un lago, danzas acróbatas y juegos enigmáticos.

Una de las escenas impresionó con fuerza a José Diego.

Era una pareja encerrada en una burbuja transparente.

Ambos, también desnudos, se tocaban. Él ponía la mano en el regazo de ella, y ella en la rodilla de él.

Dialogaban sobre algo cuyo eco parecía resonar en el círculo donde estaban.

«Se aman como aislados del mundo», opinó él.

«Pero si viera, vuesa mercé, lo que los rodea», dijo Ana Micaela, «es el amor expresado en su más abigarrada y diáfana condición».

Él la miró sorprendido por los adjetivos.

Pasando por encima el desconcierto, ella confesó que su proyecto era copiar la parte central del tríptico.

Esa idea le robaba todos sus desvelos. «¿Y se podría saber para qué quiere hacerlo, mi señora?

», preguntó José Diego. Ella lo volvió a mirar y sin vacilación dijo que era la mejor manera de conocerse a sí misma.

José Diego no lograba entender si su interés por Jerónimo Bosco residía en su obra, que apuntaba a la extrañeza y al delirio, o si dependía de su enamoramiento creciente por Ana Micaela.

En las sesiones del taller, ambos hablaban de pintura.

Abordaban un detalle de un cuadro querido, un asunto técnico de un retablo, la exactitud de una escultura.

Y seguían conversando sobre temas similares mientras una mujer, contratada por Antonio Martín, posaba para ellos.

Lo hacía vestida porque, de lo contrario, se atraían las represalias de la Iglesia.

El maestro de Medellín aprovechaba para comentarle a José Diego de El arte de la pintura de Francisco Pacheco, pintor al servicio de la Inquisición, en el que se postulaba seguir los mandatos de la Iglesia y sacrificar la inspiración del artista.

«En estos pagos, caro Diego», decía Martín, «la libertad no existe, ni mucho menos la espontaneidad.

Lo único que puede hacerse, y vaya que ha dado resultados magníficos, es andar por la sombra y tratar de atrapar la luz fugitiva».

Con todo, en algunas horas y con la cautela del caso, en el taller de la calle de La Quimera aparecía otra fémina que, por unos maravedíes de más, descubría sus pechos, alzaba la falda para dejar ver los muslos y el inicio de las nalgas.

Y es que, según Martín, era fundamental dibujar al natural porque la memoria de lo ya visto podía errar.

Pero si estaba presente Ana Micaela, así ella fuese menos prejuiciada en esos asuntos que los dos hombres, la modelo sólo posaba para que se reprodujesen sus manos y su rostro.

Durante los paseos que daban por Madrid, se iban contando cómo eran sus ansias en los instantes del ensimismamiento y de la soledad.

Él le había besado varias veces la mano y, en una ocasión, ella le acarició el cuello con su abanico.

José Diego, al notar cómo las expresiones del anhelo iban abriéndose espacio, se refería a ese otro jardín, desmesurado y virgen, que era el Nuevo Reino de Granada.

Alguna vez habló de la posibilidad de que viajaran juntos a esos territorios donde todo lo moldeaba el paisaje de los inicios.

Una tarde caminaron por el paseo del Prado de San Jerónimo y ella propuso las visitas para mirar las pinturas de Jerónimo Bosco.

En la doble avenida, sembrada de árboles enanos y fuentes amplias, se reunían el Madrid de los nobles y el del populacho.

Ana Micaela estaba una vez más con Vicenta del Carmen.

Ambas, como quienes iban al Prado, sentían que en esos recorridos a la intemperie se expresaba uno de los mayores goces de la vida.

Había aguadores y vendedores de frutas. Ministriles, encaramados en torrecillas de ladrillo, que tocaban la trompeta y la chirimía.

Saltimbanquis y bufones encantaban a los viandantes con sus acrobacias y trucos mágicos.

Los coches cubiertos parecían balcones corredizos que dejaban ver a los más pudientes.

Ellos con sus gorgueras blancas y sombreros emplumados.

Ellas tocadas con mantillas negras y extensos abanicos.

En algunos rincones del paseo había mujeres que cubrían sus caras con velos y miraban con un sólo ojo, impúdico y secreto, a quienes las solicitaban.

Ana Micaela le apretaba el brazo a su compañero para que viera el tamaño de la irreverencia.

Después, sentados en una banca, acordaron que primero visitarían las casas en las que sus propietarios poseían las obras del pintor flamenco.

Ese sería el preámbulo, explicaba ella, para ir al Alcázar Real.

Y más tarde irían al Escorial, donde estaba el jardín prodigioso.

Para esta parte del plan, acotó ella, aprovecharían la casa de campo que sus padres tenían en las proximidades del palacio.

«Pero para que todo esto pueda hacerse», dijo, «ellos habrán de conocer a vuesa merced».

Ya habían ido a varias casas honorables cuando se hizo la reunión familiar.

Vicenta del Carmen servía, en tales excursiones, como una guía proverbial, pues gata que era, conocía Madrid de cabo a rabo.

Poco a poco, además, se fue tejiendo una simpatía entre José Diego y la criada.

Desde los primeros encuentros, ella lo llamó «vuesa señoría, el neogranadino».

Ana Micaela, por su parte, la trataba con respeto tierno, pero cuando había que mandar lo hacía sin vacilaciones.

Para Vicenta, ella era simplemente la niña, la princesa, la divina.

En la casa de otro de los Vargas vieron, entonces, unos demonios del Bosco.

En el palacio de los Guzmanes, una Sodoma abrasada por el fuego.

En el de los Moras, dos tentaciones de san Antonio y una adoración de reyes magos.

Y en el de los Leganés, varias tablas que mostraban a mendigos contrahechos.

Entre una visita y otra, José Diego fue enterándose de los asuntos relacionados con el traslado de las pinturas del pintor flamenco a España.

Desde los tiempos de Diego de Guevara, mayordomo de Felipe el Hermoso y coleccionista connotado, las obras del Bosco comenzaron a entrar a Madrid.

Pero con Felipe II lo más granado del artista llegó al Escorial.

El monarca había realizado dos compras importantes.

Una a los descendientes de Felipe de Guevara, quien había sido el heredero de las obras de Diego, su padre.

Aunque la adquisición más notable fue la que se hizo a través de Fernando Álvarez de Toledo, hijo ilegítimo del duque de Alba.

Con esta última, el rey adquirió El jardín del mundo .

En esos años pretéritos, y como siguió ocurriendo cuando José Diego residió en Madrid, se debatía si lo que este pintor había realizado eran las fantasías satánicas de un hereje o los ejemplos morales de un devoto.

Se afirmaba, incluso, que Felipe II había comprado las imágenes del Bosco no por mero gusto, sino porque así se lo ordenaba su fe atribulada.

Felipe II había sido, en verdad, un rey controvertido, exponía Ana Micaela.

Por un lado, un regente culto, amante de los libros y las bibliotecas, educado para enfrentar, desde la tolerancia y el respeto, los vientos impetuosos de la reforma protestante.

Pero, por el otro, un hombre atormentado que creyó ser el monarca designado por Dios para defender la institución católica en su imperio.

Él se había hecho rodear de jerarcas de la Inquisición y su mandato fue llenándose de vigilancia, persecuciones y torturas a moros y judíos, y de quemas de personas que representaban, por sus ideas liberales, un peligro para la estabilidad del reino.

El rey terminó sometido de este modo a clérigos fanáticos y no tardó en convertirse en un jerarca supersticioso e intolerante.

«¿Y cuál monarca español no lo ha sido, su mercé?

», preguntaba José Diego, fascinado por el relato de su amiga.

Pero, con gesto coqueto, ella le ponía el dedo en la boca a él, cuando era este quien debía ponérselo a ella.

Felipe II, continuaba la muchacha, coleccionaba objetos insólitos.

Poseía más de siete mil reliquias que provenían de setecientos santos.

José Diego levantaba las cejas y su rostro se cubría de una perpleji dad sonriente.

«No se imagina, vuesa mercé, toda la fortuna que gastaba en esos cachivaches santos», decía Ana Micaela.

«Enviaba a sus embajadores a registrar cuanto monasterio e iglesia existiera para que compraran las reliquias».

José Diego oía entonces una larga enumeración de pedazos de cruces, de cabezas disecadas de vírgenes, de pelos de barba, de dedos y dientes de anacoretas, de prepucios de niños.

La joven había oído decir que el rey, en su obsesión por que el Escorial fuese un reflejo de su fe, había comprado, entre otros mil y más vestigios hagiográficos, una espina dorsal de Jesucristo, un callo de san Isidro labrador, el trozo de la espada oxidada con que san Jorge había matado al dragón y el salterio ya desvencijado con que san Luis había ejecutado las músicas del cielo.