El jardín del mundo Segunda parte #8
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Segunda parte #8

La joven hacía meses no asistía al taller porque se había ido de viaje a Italia con sus padres.

Un itinerario de negocios para él, de descanso para la progenitora, pero de formación pictórica para la hija única.

A su regreso a Madrid, semanas antes, se había ocupado de su madre que, producto de la larga correría, estaba algo enferma.

Ahora que ya tenía disponibilidad y la madre se había recuperado, quería retomar la práctica del dibujo y la pintura al óleo.

José Diego quiso dejarlos solos porque ella traía unos obsequios —una mascarilla de Venecia y unos grabados sobre ruinas romanas de un pintor llamado Piranesi—, y porque lo mejor era que departieran con tranquilidad.

Pero Antonio Martín detuvo al joven y los presentó.

Había percibido lo ocasionado en cada uno de sus discípulos en el encuentro de la puerta.

«José Diego Vargas es un neogranadino con talento», dijo, por un lado.

«Y Ana Micaela de López», añadió por el otro, «es el milagro más hermoso de Madrid».

Ella exclamó con un suspiro y una risa que iluminaron el taller y dijo que no era para tanto.

José Diego se inclinó con respeto y le ofreció la mano.

Ana Micaela dio la suya y, cuando ambas se tocaron, se tensó, poderoso en su frescura, el deseo.

Pero él se dio cuenta, tarde como solía suceder, de que la tenía manchada de carboncillo.

Disculpándose, dijo: «Sólo es la mano de un aprendiz de pintura y del más admirado de sus servidores, señora».

A lo que Ana Micaela sonrió mirándolo a los ojos con fijeza.

Todo cambió para José Diego desde ese día.

No sólo porque se dio a pensar a toda hora en Ana Micaela, a evocar sus ojos diáfanos, la sonrisa acogedora, el cabello cuya ondulación, entre castaña y rojiza, le hacía recordar La virgen de la leche de Alonso Berruguete, sino también porque con cada conversación que tenían se le ensanchaba más el horizonte de sus conocimientos.

Sucedió entonces que el aprendizaje con Antonio Martín, anclado en el intercambio magisterial de dos hombres, dio paso a uno que se nombraba por la faz de la sensualidad.

Con este ingrediente, José Diego aprendió con mayor intensidad.

Al principio, se veían en el taller de la calle de La Quimera.

Sus paliques giraban, ante la presencia del maestro, en torno a pintores y a sus obras.

Ella admiraba con devoción los grandes retratos de Sofonisba Anguissola, la pintora italiana de la corte de Felipe II.

Por los círculos sociales a los que pertenecía, podía acceder a las obras que guardaba el Alcázar Real.

Esta alternativa de ver lo que pocos podían le otorgaba a Ana Micaela de López prestigio.

Y el saber que compartía el espacio del taller con una especie de privilegiada le acrecentó a José Diego la atracción.

«Aquí tiene a alguien a quien le serviría mucho ver lo que hay allí», dijo Martín a propósito del Alcázar.

«Cuando vuestra merced lo quiera, podríamos recorrer esas salas», dijo ella.

Ante lo cual José Diego manifestó su disposición para todo lo que se le propusiera.

Pero, por encima de todos, había un pintor y una obra que azuzaban el interés de la joven.

De él, o más bien de aquella, se comenzó a hablar en las clases de Antonio Martín.

A José Diego le pareció extraño que su maestro no le hubiera mencionado al artista flamenco.

El nombre, cuando Ana Micaela lo pronunció, le sonó entre rotundo y extraño: Jerónimo Bosco.

Y la pintura, de la cual tampoco tenía la menor idea, le atrajo: El jardín del mundo .

«En verdad», dijo ella con la seguridad de quien conoce el tema, «unos la llaman La variedad del mundo .

El fraile José de Sigüenza, quizá su primer comentarista, la denominó El cuadro del Madroño .

Dicen que el propio Bosco la llamaba Tríptico de la creación .

Pero yo prefiero El jardín del mundo, por su parte central».

Martín, que había visto otras obras del Bosco en el Alcázar Real —una torre de Babel, un par de ciegos conduciéndose por un barranco, un san Antonio alucinado—, pero no la que subyugaba a su discípula, dijo que era un pintor de disparates y pesadillas, y que esas realidades, atractivas por las maneras en que se reflejaban en las tablas, no le despertaban demasiado interés.

Ana Micaela confesó no haber podido convencer a Martín para que fuera al Escorial a ver El jardín del mundo .

El maestro, poco inclinado a los desplazamientos, decía que a su edad los viajes lo atribulaban.

«Si ni me asomo a la plaza Mayor», se justificaba, «qué ánimo voy a tener para semejantes lejanías».

Ana Micaela había intentado animarlo mostrándole las copias que ella, dueña de una memoria visual admirable, había realizado en las visitas al inmenso palacio del monarca sombrío.

Sin embargo, tampoco había logrado entusiasmar al maestro.

Antonio Martín formaba parte de los pintores que preferían a los flamencos más recientes y, sobre todo, a los emisarios de la escuela italiana.

Lo suyo se inclinaba más hacia el orden y la representación de los mitos.

«¿Inmenso palacio? ¿Monarca sombrío?», inquirió José Diego.

La joven explicó que El jardín del mundo estaba en el palacio que había mandado construir Felipe II en las cercanías de Madrid.

«¿Y pueden verse las copias que hizo su mercé?

», preguntó el indiano con la inquietud que lo caracterizaba.

Junto a una de las mesas del taller, Ana Micaela le pidió a su sirvienta la bolsa.

De ella sacó un dibujo. «Es solo un detalle», le dijo a José Diego.

Martín estaba en la planta de arriba, escribiendo sobre la pintura española de los últimos años.

Llevaba una especie de diálogos —eran más bien ponderaciones— con sus cuatro maestros queridos.

Con Murillo hablaba del humilde recogimiento de los pastores.

De Ribera eran los filósofos y apóstoles lóbregos lo que más quería.

Con Zurbarán hacía glosas sobre los éxtasis místicos de los monjes.

Y con Velázquez deambulaba por su silencio forjado de luz y misterio.

Vicenta del Carmen —así se llamaba la sirvienta de Ana Micaela— dijo que estaría en el solar por si la requería para algo.

José Diego observó la copia de Ana Micaela.

En la parte de abajo había un prado con algunos árboles pequeños.

Aves negras se dirigían a una figura cuya forma era la de un huevo enorme.

El paisaje poseía los relieves de un sueño.

En la mitad de la escena había un peñasco dividido en varios niveles.

Parecían lajas coronadas por estructuras geométricas hechas de círculos y rectángulos.

A él le incomodó la composición del trazado.

Le parecía asfixiante. Se detuvo, empero, en el vuelo de los pájaros y el agobio se le esfumó.

Salían de una oquedad en la base del peñón y, en filas de a dos y tres, traspasaban la estructura extravagante.

Se dirigían al cielo para terminar perdiéndose en un horizonte blanco.

Así pasaron varios días, hasta que se dieron cita fuera del taller.

Esa primera vez se encontraron en la plazuela del Cordón.

Ana Micaela vivía cerca, detrás del convento del Corpus Christi de las monjas jerónimas.

José Diego se vistió con un jubón de terciopelo verde y unas calzas blancas.

Para la ocasión compró una ropilla negra y repleta de botones dorados en el mercado de la plaza Mayor.

Tenía la impresión de que Madrid estaba como recién creada cuando salió de su casa.

Atravesó la calle de San Ginés sin tropezar con los pillos que la habitaban, ni con Jacinto Perucho que se le hubiera unido para acompañarlo.

Giró hacia la calle Mayor y fue avanzando, con vacío en el estómago y la respiración acelerada.

Entró a la puerta de Guadalajara y, un poco más allá, a la calle de Platería.

Hasta que bordeó la plaza de la Villa por el lado de la casona de los Lujanes.

La cruzó con rapidez hasta que llegó a la calle de los Arcos.

Allí, en la plazuela del Cordón, estaba Ana Micaela esperándolo con su dama de compañía.

La joven se veía radiante con su saya entera de un azul dilatado.

Al traje de seda lo decoraba el entrelazamiento de una yedra florecida.

Las manguillas eran blancas, ajustadas a sus brazos con precisión delicada.

Él se inclinó con respeto ante las dos mujeres.

La mano de Ana Micaela fue ofrecida y, dando un paso audaz, José Diego la besó.

Él cerró los ojos para tratar de conservar el aroma desprendido.

Y ella se sintió invadida por un desvanecimiento.

Vicenta del Carmen se había dado la vuelta no sin antes entornar los ojos y dar un suspiro.

Pero un cochero les gritó desde el carruaje «¡Cuidado!

». Despertaron entonces a la realidad de la plaza y se despegaron para sortear el atropello.

Luego, sonrientes, tomaron la direc ción de la iglesia de San Pedro el Viejo.

Cerca de su torre mudéjar, estaba el pequeño jardín.

Ana Micaela le pidió a su criada que fuera a comprar lo que su madre necesitaba y que la esperara en la plazuela del Cordón.

La sirvienta hizo una venia de obediencia antes de retirarse.

Solos, caminaron por los senderos hasta una banca de rejas verdes cuyo diseño era de más flores y más hojas.

Se sentaron frente a un ángel, infante y regordete, con trazas de Cupido.

Y, por fin, entre los surtidores de agua que salían de la pequeña boca angelical, se fueron confesando, entre el pudor y la vacilación, lo que cada uno sentía por el otro.