Segunda parte #7
Una noche, de regreso a casa, José Diego, picado por la curiosidad, decidió entrar a uno de los mentideros más sonados de Madrid.
Estaba en las proximidades de la Puerta del Sol.
La compañía de Jacinto Perucho era obligatoria para estas incursiones, puesto que la ciudad nocturna se la tomaban los malhechores.
Cuando se sentaron y pidieron el vino, a Perucho lo abordó una mujer.
Como se trataba de una vieja amistad, se abrazaron con la alegría del reencuentro.
El neogranadino aceptó sin miramientos la presencia de otra dama.
Sólo quería aventurarse y pasar lo que faltaba de la noche en un sitio de juerga.
La atmósfera estaba tramada de risas, bravuconadas e improperios.
El licor fluía entre las mesas y en varias de ellas se cantaban coplas maliciosas que hacían soltar las carcajadas.
La segunda mujer tenía guedejas negras y un rubor purpúreo en las mejillas.
No era un semblante feo el suyo, pero sí descuidado.
Las manchas de la viruela no habían sido vencidas por el maquillaje.
Recibió a José Diego con recato altivo. A él le pareció simpático que en un lugar así pudiesen darse artimañas seductoras de esa índole.
Pero no tardó en darse cuenta de que sus apetencias serían bien recibidas.
Cuando ya habían compartido las primeras risas, él desvió su mirada hacia las tetas.
Eran rebosantes y blancas y unos lunares negrísimos relucían con coquetería.
Perucho, de pronto, se incorporó y en compañía de su vieja compañera dijo: «Ya volvemos, vuesa merced».
Incitado por el vino y porque las piernas de la dama se habían entrecruzado con las suyas, José Diego husmeó en el entrecruzamiento de aquellos senos pletóricos.
Ella aprovechó para acariciarle el pelo y las mejillas y decirle «sois necio».
E iban a besarse cuando un hombre de capa y sombrero los separó.
Había escuchado el acento de otros lados y le preguntó a José Diego de dónde diantres era.
Ella trató de ahuyentarlo diciendo que en el mentidero los forasteros eran bienvenidos.
A lo que el otro reaccionó enervado. Estaba borracho y quería la reyerta.
José Diego miró a los alrededores buscando a Jacinto.
La hetaira, después de manotear en el aire para que el agresor se largara, recibió un empellón que la tiró al suelo.
«¡Aquí no queremos extranjeros hideputas!
», vociferó. José Diego ayudó a la mujer para que se levantara y trató de que el borracho se calmara.
«Soy un hombre de paz, caballero», le dijo, «no quiero problemas con nadie».
Pero la palabra «nadie» tuvo el efecto de un insulto.
Más colérico, el caballero sacó de entre la capa una pistola y la puso en la frente de José Diego.
Hubo un revuelo en las mesas vecinas. El arma fría en su cabeza provocó la impresión de que el tiempo se había detenido.
Él miró los ojos enrojecidos que tenía al frente y pensó que ese era el rostro de la muerte.
Jacinto y su amiga, de pronto, emergieron del fondo de la tasca y, con un par de movimientos, controlaron al beodo.
Eran conocidos de vieja data y Perucho sabía de sus inclinaciones a armar zafarranchos cuando se abarrotaba de tragos.
José Diego, después de que el ambiente se relajó, buscó a su compañera.
Esta se había esfumado. Jacinto quiso encargarse de ubicarla, pero su protegido consideró que ya era hora del descanso.
Salieron y, entre las tinieblas sesgadas por el fuego de las antorchas, tomaron en dirección a la calle de San Ginés.
Pocos días más tarde sucedió el encuentro crucial.
Fue, sin duda, en el taller de Antonio Martín.
Pero José Diego, pasado el tiempo, no lograba precisar si había sido durante su primer invierno en Madrid o en su primera primavera.
En todo caso hacía frío, así un azul impecable ondeara en el firmamento.
En ocasiones, creía que el toque en la puerta había sobrevenido en medio de una de esas conversaciones que solía entablar con su maestro.
Un diálogo en los que él hablaba, con su usual desenfado, de la originalidad en la pintura.
«¿De qué dependía ella?», preguntó aquella vez José Diego.
¿Era una cuestión del manejo de la forma o del tema?
¿Se trataba de algo relacionado con el uso del color?
¿O consistía en las modalidades de usar lo que el propio Martín denominaba el patrimonio subjetivo de la luz?
Pero ¿qué era la luz y su respectiva sombra si no el rastro de cada ser humano en su paso por la vida?
El maestro sonreía, escéptico, ante lo que hacían algunos pintores buscando la pretendida originalidad.
Unos hacían las figuras magras y desvaídas, como el griego que había vivido en Toledo.
Otros acostumbraban anatomías saturadas de carne, como Pedro Pablo Rubens.
Velázquez, en cambio, se amparaba en la quietud ciñéndose a los juegos mentales de una luminosidad mórbida.
José Diego mencionó a algunos pintores del Nuevo Reino de Granada.
Uno de ellos dibujaba siempre formas regordetas.
Desde los cuerpos humanos hasta los objetos.
Los bodegones y los paisajes, incluso, le salían de contornos crasos.
«¿Y eso os parece original?», preguntó Martín sonriendo con sorna.
«¿No estará siguiendo el ejemplo de Carreño de Miranda al pintar esa niña obesa, fenómeno natural de Bárcenas?
». José Diego no supo qué responder, pues no conocía al artista ni a la modelo.
«Habría que ver cómo actúa el color en ese pintor de las Indias», replicó el maestro.
«Me atrevería a pensar», continuó, «que representando personajes adiposos se corre el riesgo de caer en lo pintoresco».
«Hay otros», añadió José Diego, «que meten en sus óleos a ángeles, vírgenes y santos con rasgos indígenas».
«Consecuencias de vuestro mestizaje putañero», anotó Martín.
«Y no faltará quien diga que en esas mezclas inverosímiles de los pueblos respira el rasgo de lo original.
Quizás sea así, pero dudo que en ello esté el secreto de la originalidad».
José Diego aprovechó para detallarle la dimensión de ese mestizaje.
«En los purgatorios pintan no sólo las almas de los señores que le dejaron dinero a la Iglesia para pedir por su salvación, sino también a los pobres indígenas que sufrieron su maltrato».
Martín volvió a sonreír diciendo que el tal purgatorio no dejaba de ser una patraña para sacarle dinero al que había pecado y salvarlo con una prolongada purificación con el fuego.
«La Iglesia pregona que el dinero es sinónimo de pecado y lo utiliza para sus rituales y sus obras de caridad.
Así cree transformar la escoria en manjar».
Pero más allá de esas consideraciones blasfemas, el maestro opinaba que en ese exotismo pictórico proveniente del Nuevo Mundo debería de existir algo más imperecedero capaz de nombrar al arte, aunque para darse el milagro de esta circunstancia debía pasar un buen tiempo.
Que el hálito de muchas generaciones se decantara y moviera las manos del artista.
«Ustedes», sentenció, «están aún párvulos para que merezcan algo de las grandezas que campean por estos lares ya envejecidos».
Con el eco de esas opiniones, se escucharon los golpes de la aldaba en la puerta de la calle.
Fueron tres, tan espaciados uno del otro que albergaban toda la espera que José Diego, acaso sin saberlo, cargaba sobre sí.
«Vaya a ver quién toca, vuesa mercé», le pidió el maestro.
Él dio unos cuantos pasos, los justos para atravesar el taller, cruzar el zaguán y llegar hasta la puerta de cuarterones.
Hizo una larga inspiración antes de abrirla.
Las acostumbraba cuando emprendía una nueva labor, como si pensara que haciendo eso se le permitiría avanzar hacia el adelante de sus propósitos.
Estiró la mano, giró la llave de la puerta y, al abrirse, estaba el rostro.
Fue sólo mirar los ojos color de las almendras para que se sintiera estremecido.
Algo esencial en su fuero interno se le desacomodó, o tal vez se le acomodó para siempre.
Quiso preguntar quién era o qué deseaba o a quién buscaba.
Pero se atoró porque, sin esperarlo, la piel se le ruborizó y le temblaron las manos.
La mujer, al cerciorarse de lo que pasaba, no supo qué decir porque también enfrentaba una conmoción profunda.
Como si no entendieran, porque no lo habían sospechado nunca, lo que en ese momento estaba ocurriendo.
Ambos se sentían plantados en la incertidumbre mutua de no saber qué decir ni qué pensar, así lo pensaran y lo dijeran todo con los ojos y con el ritmo precipitado de sus corazones.
De pronto, detrás de José Diego sonó la voz de Antonio Martín, que decía: «Ana Micaela de López, dichosos los ojos».
Y al lado, allí donde la atención del indiano no se había detenido por el ímpetu de la primera impresión, estaba la sirvienta, que saludó al maestro y se inclinó ante quien había abierto la puerta.