El jardín del mundo Segunda parte #6
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Segunda parte #6

Jacinto Perucho, el gaditano, resultó ser bastante útil.

Al mismo tiempo que le contaba sus peripecias y las de los compañeros del rebusque, le brindó protección para las ocasiones en que él quiso adentrarse en las iglesias de Madrid.

Porque no sólo José Diego debía observar y dibujar el gran retablo que había en San Ginés —tal fue la exigencia de Antonio Martín—, sino otros más, desperdigados en otros templos y conventos.

La ciudad era prolífica en moradas religiosas dueñas de retablos y también de vagos y granujas.

Muchos de estos últimos la pasaban entre los mentideros y los chiribitiles donde malvivían.

Otros se arrimaban a los dominios parroquiales para evitar mazmorras y galeras.

Por tal razón, un hombre indefenso, como era José Diego, debía resguardarse.

Perucho aceptó encantado la oferta. Se le pagaría bien, si garantizaba su ingreso a las iglesias y su tranquilidad para efectuar los bosquejos de su oficio.

Jacinto, que no esperaba una proposición así, lo miró con recelo.

Como si no creyera que quien pedía esos servicios fuera un pintor.

Pero el indiano, abriéndole el bolso que llevaba terciado en bandolera, mostró los lápices y el papel.

Jacinto, sonriendo y con su voz de silbadas eses y fuertes jotas, estiró la mano para el apretón y aseguró que en ninguna parte hallaría un mejor guía.

José Diego entró cuantas veces quiso a San Ginés.

Pudo regodearse, bajo la agónica luz de la capilla, ante la visión del retablo de Sebastián Herrera Barnuevo.

Su sobriedad dialogaba con la angostura hospitalaria del recinto.

Él no sabía muy bien qué era lo que más le embelesaba, si la luz, entre apacible y pálida que fluctuaba allí, ajena a la agitación de afuera.

O si era el retablo que, como un enigma, desde el fondo tenebroso de su entronización, clareaba los contornos.

O si era el mármol de rojo jaspeado con impostas de otro mármol gris.

O las pilastras con los modillones que sustentaban un entablamento que, a su vez, servía de apoyo a un arco de medio punto esculpido con la pura materia del recogimiento.

José Diego, antes de reproducirlo, lo miró y se dejó llevar por sus sinuosidades.

Y cuando supo que ya no podía estar más imbuido de la perfección geométrica de sus formas, observó las pinturas colaterales de la capilla.

Había un Ecce Homo de rostro trágico. Una Dolorosa de elegancia napolitana.

Una Lamentación sobre un Cristo muerto. Y los dos arcángeles, hermosos en su sensualidad andrógina, Barachiel y Sealtiel, que lo contemplaban con la sonrisa del deseo.

José Diego, entre feliz y acongojado, se acercó a los cirios para otorgarse lumbre y realizar los bocetos.

Feliz, puesto que sus ojos estaban saciados de preciosidad.

Y acongojado porque sería siempre, pese a su sed permanente por la imagen, un aprendiz con limitaciones vastas.

Al salir de la capilla, Jacinto Perucho, que se había adormecido sobre una de las bancas leyendo un magullado libro de versos de Quevedo, se incorporó con rapidez para acompañarlo hasta la salida.

También fueron a la iglesia de San Pedro.

Ella reunía en las capillas la piedad artística de varios siglos.

En sus alrededores se juntaba aquel tropel que Perucho el gaditano despejaba con una señal para que su protegido entrara.

Allí, como le había dicho Antonio Martín, se levantaba el retablo mayor de Sebastián Benavente.

Todo en él, pensó José Diego cuando lo vio, era admirable.

Sus largas columnas salomónicas que semejaban sierpes anhelantes del arriba.

La ancha predela for jada con un mármol regio.

Sus calles rectangulares, que guardaban las pinturas de san Francisco de Asís y santa Isabel de Hungría, cercanas a la escuela de Vicente Carducho.

En el ático, coronado por dos angelitos desnudos, la crucifixión de san Pedro, de Guido Reni, era imponente.

Martín le había dicho que mirara con detenimiento la ornamentación de los marcos, medida y nunca propensa al desbordamiento.

Benavente sabía ser modesto e imponente a la vez.

Esta conjunción la lograba sin ninguna altisonancia.

El retablista había sido capaz de dejarse orientar por una devoción que, en el horizonte de su obra, jamás resultaba exagerada.

Lo cual no impidió que José Diego saliera rascándose las piernas y la espalda y destripando las pulgas que pululaban en la iglesia.

Por último, visitaron la capilla del Obispo, situada en la plaza de la Paja.

Jacinto Perucho insistió en que dejara acompañarlo, así no fuera menester porque al lado estaba el palacio de don Fernando Vargas.

«Ningún paraje en Madrid es seguro», le advirtió Jacinto.

«Cuando uno cree estar pisando firme, el suelo por donde camina vuesa mercé se le tambalea de repente».

José Diego ya sabía de las andanzas del amigo no sólo por España, sino también por las Indias.

Hacia allá se había embarcado, como casi todos, buscando aventuras y riquezas.

José Diego recordaba una frase leída en alguna de las crónicas escritas por su tío Ricardo León Castillo: «Españoles que vienen de allá desarrapados, delinquen por acá, y regresan nimbados de un prestigio de oro y plata».

Pero Perucho había vuelto a la metrópoli sin ningún renombre y más miserable que antes.

En vez de enriquecerse en las islas de Cuba y Puerto Rico, terminó huyendo por las consecuencias de una trifulca de taberna.

Perucho confesó ante el juez que sí había participado en la pelea, en la que había muerto un licenciado, pero golpeando a puño limpio y sin asesinar con el puñal.

La peste lo había sorprendido en La Habana y de allí tuvo que cargar con el recuerdo de una mulata de la que se había enamorado, fallecida entre sus brazos por los efectos del flagelo.

En el gaditano no había, pues, orgullo de ningún blasón, porque no lo tenía, ni de ninguna hazaña, porque nada de eso hizo en su paso por América.

José Diego terminó aceptando la compañía y hasta solicitó que lo dejaran entrar en un recinto donde, por lo general, se accedía con un permiso clerical.

Para ello, una vez más, la presencia de don Fernando de Vargas había sido necesaria.

Esta vez su anfitrión no se resistió a la risa cuando supo que el cuidador del indiano, en sus visitas a las iglesias de Madrid, era un tunante.

«No habérmelo comunicado antes», dijo don Fernando, «porque si de guardaespaldas se trataba, os hubiera puesto dos corchetes de una mejor compostura».

José Diego alzó los hombros y, justificando sus gestiones, dijo que, con su camarada gaditano, se atemperaba mejor a una ciudad que, según muchos, era la patria natural de los marrulleros y los taimados.

Perucho penetró en la capilla del Obispo y, como su compañero de las Indias, abrió la boca con pasmo.

«Y saber que nuestro Señor Jesucristo vivió y murió en la más íngrima pobreza», alcanzó a musitar cuando alguien, a sus espaldas, dijo «¡Silencio!

». El pícaro buscó de dónde venía la conminación y se encontró con un guardia que, señalándole la cabeza con el dedo, le ordenaba quitarse el sombrero.

Había que quitárselo, por supuesto, porque el retablo era majestuoso.

«Téngase fino, vuesa mercé, cuando lo vea», le había prevenido Antonio Martín.

Apoyado sobre el espaldar de una banca, José Diego lo primero que pensó fue en una fiesta dorada del festón y el vegetal.

La vida del Salvador, su pasión y muerte, estaba representada en nichos pequeños bordeados de columnas gráciles.

Había cabezas de ángeles hundidas en la espesura de las ramas.

La madera era de ciprés policromada, estofada en oro bruñido y pintada al óleo.

Pero en medio de este fausto de la decoración reinaba el caos en los hechos porque no había un orden cronológico en ellos.

Como si a Francisco Giralte, su constructor, se le hubiera recalentado la mente de éxtasis y fervor.

El retablo se había hecho con la colaboración de Villoldo el Mozo, encargado de revestirlo de oro para un obispo de Plasencia, procedente también del linaje de los Vargas.

Y se había construido siguiendo las enseñanzas de Alonso Berruguete, uno de los pintores venerados por José Diego.

Aunque el retablo parecía hecho para que los dos pobres mortales que estaban allí —un gaditano infeliz y un tunjano ilusionado— lo contemplaran envueltos en la estupefacción.