El jardín del mundo Segunda parte #5
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Segunda parte #5

De manera similar se comportaba en Santiago de Tunja durante la celebración de la Semana Santa.

Aceptaba con sumisión, bajo riesgo de cualquier reprimenda, participar de las procesiones.

A él, en verdad, no le atraían esas convocatorias populares.

Le llamaban la atención, mejor dicho, por ser fenómenos pictóricos, pero algo muy hondo le repelía de ellas.

Quizás era la credulidad incondicional hacia los dogmas y la obediencia absoluta a las autoridades lo que más le fastidiaba.

No le gustaba, por lo demás, el olor del incienso.

Esas sotanas negras y moradas, ceñidas con gruesos cíngulos, y los capirotes puntiagudos de los más fervorosos lo llenaban de un temor recóndito.

Antonio Martín, cuando escuchó la historia, lo tomó del brazo y le dijo: «Recuerde que Madrid está ahíta de soplones.

El de aquí es un pueblo ignorante y rezandero que no vacila en denunciar al judío o al luterano para después, en medio de la algazara, bailar en las hogueras que los queman».

«¿Ha estado, vuesa merced, en algún auto de fe?

», preguntó de pronto el maestro. José Diego se erizó y dijo que juraba no ir a ninguno de ellos ni siquiera para fisgonear.

Martín, sin embargo, no era un hombre ateo.

Conformaba ese grupo minoritario de españoles que creían a regañadientes.

Su aprendiz neogranadino tampoco lo era.

Pero la edad temprana de este último le impedía hacerse una justificación completa de sus escepticismos.

El maestro, en cambio, soportaba su credulidad en el mensaje de los Evangelios y en los principios de un catolicismo humanista.

De cualquier manera, lo que ponía en cuestión Martín era la falacia moral del cristianismo oficializado.

A la Iglesia, por ejemplo, la veía como una institución degradada que, en vez de enseñar el camino del amor y la libertad, chapaleaba en el fango de la corrupción y ejercía la censura por todas partes.

Incluso, el maestro de Medellín, en los momentos de más acaloramiento, decía que las órdenes religiosas eran redes de pederastas que atacaban en sus homilías el pecado nefando, practicándolo con desafuero en su privacidad.

Fue entonces cuando, en medio de estas críticas incisivas, el nombre de Erasmo de Rotterdam salió de la boca de Antonio Martín.

Lo pronunció con cautela porque hablar del teólogo flamenco en Madrid era peligroso.

Martín tenía en un baúl, ocultos en bolsas en las que había herramientas de pintura, además del Elogio de la locura , la Querella por la paz y los Coloquios familiares .

Estas obras lo habían impresionado con fuerza.

El maestro consideraba que seguir las postulaciones de Erasmo, como lo habían hecho algunos alumbrados en el siglo anterior, en Toledo, en Salamanca, en Valladolid y en Alcalá de Henares, no era conveniente en los tiempos que corrían.

La España humanista, modelada por el pensamiento de Erasmo, había quedado atrás como una fallida utopía del pensamiento.

Ahora el imperio, que comenzaba a decaer, estaba vigilado por un grupo de clérigos sombríos y un manojo de adinerados concupiscentes.

Y leer un libro, a no ser que fuera un misal o una novela de pícaros inofensivos, era una actividad que podía castigarse con la cárcel, la tortura y la muerte.

Erasmo, decía Martín, había aconsejado el libre albedrío y el pleno ejercicio de la autonomía.

Hablaba de la necesidad de una transformación de sí mismo imitando al Cristo de los Evangelios y no al de los burócratas de la Iglesia.

Se reía de la piedad supersticiosa y abogaba para que el pueblo accediera a la palabra de Dios a través de oraciones íntimas y lecturas bíblicas en las lenguas vernáculas.

Y esto para los tribunales de la Inquisición significaba la herejía.

El maestro, que no paraba cuando se metía en los vericuetos de sus comentarios cáusticos, se iba lanza en ristre contra ese gregarismo español que buscaba al cura para pedirle el garrote o la hoguera.

Afirmaba que, si no fuera por ciertos de sus señores protectores, algunos de ellos seguidores escondidos de las ideas erasmistas, entre los cuales había algún obispo decente, los templos y palacios estarían quién sabe en manos de qué decoradores mediocres.

Y encarando de nuevo a su discípulo, que lo miraba pasmado ante semejantes furores, Martín concluía que si España lograba superar su desprestigio era por sus poetas y pintores, y por uno que otro músico que fraguaba, en las cuerdas de una vihuela, el espejismo de una circunstancia bella e inolvidable.

La casa donde se radicó José Diego estaba cerca de la iglesia de San Ginés.

Allí ocupó los aposentos de la planta baja, donde había un patio trasero tamizado por trepadoras florecidas.

La proximidad del templo otorgaba a la calle una vitalidad sugestiva y el tañer de las campanas marcaba las actividades cotidianas.

Despertado por los toques matutinos, José Diego recordaba los de Tunja.

Del sonido de los badajos iban surgiendo los rostros de su padre, el de su hermana María de las Mercedes y los de la servidumbre.

Había uno, el de Magdalena Chía, la criada indígena, que lo acompañaba con ternura agradecida.

Pero a excepción de esas remembranzas en los amaneceres, a José Diego no le hacía falta ni su casa, ni su ciudad, ni su reino.

La pasaba tan concentrado y contento en sus aprendizajes que apenas tenía tiempo para la nostalgia.

Cuando salía se tropezaba con un grupo variopinto, agolpado frente a la puerta de la iglesia.

Lo integraban antiguos combatientes de los tercios flamencos, hidalgos caídos en la desventura, estafadores, fanfarrones y mendigos de verdad y de mentiras.

Muchos de ellos tenían asuntos pendientes con la justicia porque habían asesinado a sueldo y atracado a caminantes en las callejas de Madrid.

Pero no sólo se veían hombres. A su lado, viudas alegres, vendedoras de chécheres y prostitutas iban y venían y, por unas monedas, se enredaban en los catres con quienes las solicitaban.

Pero cuando los alguaciles con sus corchetes se asomaban por San Ginés, los rufianes se refugiaban en el templo puesto que, en los dominios del Señor, no había espacio para la represión de la justicia humana.

Era un milagro ver cómo aquel jolgorio pendenciero se esfumaba en un santiamén y una calma se diseminaba por los alrededores del templo.

José Diego había sido prevenido por don Fernando de Vargas sobre evitar ciertos parajes de Madrid a causa del bandidaje.

Su anfitrión le aconsejó, incluso, que llevara daga y espada para enfrentar cualquier contrariedad.

El neogranadino le respondió, con el debido respeto, que su divisa era ser y estar sin armas.

En Tunja y en Santafé, en los caminos de ida y vuelta de una ciudad a otra, en el largo viaje efectuado, se había negado a portar consigo algún artefacto para defenderse o para atacar.

En Madrid nada nuevo le había hecho cambiar de opinión.

Don Fernando de Vargas, una vez más, lo miró con indulgencia ante estas justificaciones y, sonriéndole desde su elegante compostura, le dijo que, en todo caso, no fuera temerario y anduviera por sitios seguros.

Él sentía, en realidad, un hondo rechazo por las armas.

Las pocas veces que había tomado una espada o una pistola le arremetían picazones en la mano.

Era algo extraordinario porque las armas en hombres de su edad solían despertar heroísmos exacerbados y valentías ruidosas.

«Soy un cobarde», dijo a su padre cuando este le reprochó su negativa de llevar consigo al menos un puñal, «prefiero que me maten a que yo mate a otro».

José Diego intuía que algo inexplicable lo protegía de todo mal y peligro.

Ahora bien, frente a la recomendación de don Fernando de Vargas, no se trataba de desoírlo, sino de protegerse en ambientes de alto riesgo.

Uno de ellos era, precisamente, el cerco de los truhanes de San Ginés que debía traspasar con frecuencia, ya que en el interior del templo había cosas dignas de ver.

El día en que entró por primera vez distinguió el tropel.

El estropicio era de tal intensidad que cualquiera que fuera por allí creería habérselas con una feria de esas en que solta ban toros bravos y una multitud ebria se daba a los gritos y a los correteos.

José Diego respiró hondo y se dirigió a la iglesia.

Pero alguien le jaló la capa. Al girar, había un rostro sanguíneo, con ojos de un verde intenso y una barba desgreñada.

El hombre dijo llamarse Jacinto Perucho y que venía de Cádiz.

No parecía un mendigo porque sus ropas distaban de ser guiñapos.

Al contrario, se presentaba como cristiano viejo, amante de las letras y caído en la adversidad con que nuestro señor Jesucristo le había favorecido.

Eso lo contó con rapidez y, sin ambages, ofreció sus servicios.

José Diego agradeció diciendo que no lo necesitaba.

Pero, al hablar, fue identificado. «Vuesa merced es de las Indias, si no yerro en mi barrunto».

Él sonrió al reconocer la artimaña del truhan.

Y fue por ese resquicio de simpatía que el otro se le introdujo completamente.