Segunda parte #4
El frontis de la casa estaba hecho de ladrillo visto.
Tenía dos plantas y en la parte superior, debajo del tejado, había una buhardilla.
Dos ventanales enrejados permanecían abiertos y se cerraban cuando hacía demasiado frío.
La puerta de entrada era de cuarterones y, al moverse, arrastraba el chirrido de una queja.
En el aire de la planta baja brotaban los olores de la madera recién cortada y los pigmentos puros y mezclados.
Hasta en el desván, donde se acumulaban los bártulos del oficio, dominaban el orden y la limpieza.
Los frascos y los pinceles se esparcían en las repisas.
Los cepillos, las seguetas y las azuelas estaban puestas en dos largas mesas.
En el centro de la sala, que hacía de taller, había un pedazo de nogal del cual emergía el cuerpo caído de un Jesús portando la cruz.
«Es lo que más piden, pasiones y martirios, y lo que mejor pagan», explicó en ese primer encuentro, como si fuera una divisa para no olvidar.
«Porque aquí y acullá la clerecía es la más adinerada del imperio».
En la parte de arriba estaban el dormitorio y la biblioteca.
Allí Antonio Martín pasaba las horas de asueto leyendo a la luz de los candiles y rodeado de algunos óleos de Ribera, Velázquez y Zurbarán.
Sobresalían en su biblioteca los libros de ciencias naturales, medicina y matemáticas.
Pero los que ocupaban más espacio eran los tratados de Vitrubio y Leonardo, de Durero y Miguel Ángel, dedicados a la arquitectura y a la pintura.
El maestro era muy afecto a la poesía y sabía de memoria poesías de Francisco de Quevedo y Rodrigo Caro.
Ritmando las noches con la lectura de estos autores, José Diego fue pintando tablas y tallando maderas.
Martín, por otra parte, no era un hombre con dinero.
Pero el legado de su esposa y el pago por sus obras y las clases que impartía le bastaban para vivir con comodidad.
A su servicio tenía una criada que le colaboraba en los avatares del aseo y la comida.
Había enviudado de una mujer que murió joven y que él amó hasta el final de sus días.
Ella aparecía pintada, mirando con ojos grandes y melancólicos, en diferentes sitios de la casa.
José Diego se volvió asiduo del taller. Iba allí hasta los domingos.
Muchas noches terminaba quedándose a dormir en un cuarto contiguo al solar trasero.
Cuando lo hacía, se despertaba con la impresión de que una mujer, similar a la que estaba pintada a lo largo de la casa, había bordeado su lecho con un caminar de pasos suaves.
Él reproducía todo lo aconsejado por Antonio Martín.
Las escenas de los milagros bíblicos, los mitos de las metamorfosis griegas, las épicas romanas.
Al maestro, asimismo, le complacían los bodegones.
De ahí que le insistiera a su discípulo en que dibujar los libros cerrados, una jarra de vino y los utensilios de cocina aireaba la mente, expandía el espíritu y era la base fundamental del buen arte.
Cada vez que el indiano mostraba algo que creía logrado, el maestro decía que aún faltaba y que sólo el trabajo de todos los días lo llevaría a alcanzar la perfección.
«Pero no nos hagamos ilusiones, porque atraparla a ella es imposible», sentenciaba, para finiquitar afirmando, y a modo de consuelo, que la búsqueda de esa perfección era el siempre y renovado motor de todo acto artístico.
Una simpatía mutua se fue instalando entre el español y el neogranadino.
José Diego sentía que estar en el taller era como habitar coordenadas donde el tiempo perdía su dominio y otorgaba una cierta impresión de libertad.
En algunas ocasiones, ponían las herramientas de trabajo a un lado y se daban a la conversación.
Lo hacían en el solar, sentados en dos sillones que el maestro había heredado de sus padres.
O en la parte alta de la casa, circundados de libros viejos.
En realidad, quien hablaba era Martín. Un vino de las riberas del Duero y unas aceitunas de Campo Real los acompañaban.
José Diego saboreaba lo uno y lo otro y escuchaba al maestro que, aprovechando la calidez de esos instantes, se entregaba a los recuerdos.
Martín se refería entonces a Medellín, donde había nacido y donde prometía, en medio de risas irónicas, no volver a hacerlo.
«Poblacho de hombres intemperantes», aseveraba, «a quienes estimulan la codicia del oro y las conquistas de la guerra».
Pero era mencionar su pueblo natal y la evocación del río Guadiana, con su puente romano y las colinas chicas, para que se le vinieran las lágrimas.
Muertos sus padres, un adolescente de ademanes taciturnos y disciplinado había sido enviado a Madrid, donde lo educó una de sus tías, mujer acaudalada y culta.
Fue ella, amiga de la madre de don Fernando de Vargas, quien facilitó la amistad entre los dos hombres.
Un tema predominante en aquellos soliloquios era la situación del imperio.
Antonio Martín se presentaba, al respecto, como el gran exponente de la polémica.
José Diego trataba de ubicarse en un arsenal de interpretaciones contrariadas en las que nobles y cleros de toda laya se confundían.
Aparecían reyes, condes y marqueses, obispos, priores y sacerdotes y todo lo que la imaginación más enrevesada pudiera plantearse en los vericuetos de las jerarquías dinásticas de la política española.
Pues bien, para Martín, todos ellos, salvadas unas cuantas excepciones, eran unos facinerosos.
«Eso sí», precisaba el maestro levantando un dedo índice conminatorio, «muy bien bendecidos por Dios nuestro Señor».
Y es que esa amalgama de ricos despilfarradores y una Iglesia depravada hasta el descaro lo ponía como energúmeno.
Ni qué decir de las esposas, las amantes, las queridas de los mandamases, que acolitaban robos y asesinatos entre los susurros y las lamentaciones del amor.
Martín se iba acelerando empujado por el ímpetu de sus propias palabras, hasta terminar despotricando contra esa España que tanto quería, porque era su única patria y no había otra en el mundo mal parido que habitaba.
«Aquí, caro Diego, nos la hemos pasado peleando», decía, «roídos por la envidia y atafagados de celos.
Odiando sin tregua a los más inteligentes en medio de una escasez de ellos que da grima.
Ya os daréis cuenta de que, entre nosotros, más que en ninguna parte, prevalece la estulticia y la mezquindad.
No hay otro paraje en la tierra donde la gente se estime tanto a sí misma en medio de protocolos ridículos.
Y cada uno, hasta el más zarrapastroso, quiere mandar y nadie quiere obedecer.
Y ya habrá notado, vuesa merced, cómo hablamos.
Apostando quién lo hace más mucho, más alto y más huero».
El maestro, que no detestaba a los ricos, sino que se indignaba ante su codicia insaciable, se refería a la riqueza de España.
Esa que procedía justamente de las Indias.
La que dilapidaba en sus festines vergonzosos un imperio que era inmenso como el horizonte y administrado como una alquería de aldehuela.
Ese oro y esa plata difuminados en un santiamén, como el humo dejado por la mecha del arcabuz, en guerras que los poetas, pagados con limosnas, no cesaban de cantar.
«Porque eso de degollar al otro», arremetía Martín con su dedo amenazador, «y glorificar a Dios y al Rey es tan español como comerse estas aceitunas».
Antonio se carcajeaba de tal forma ante el mohín de José Diego que terminaba atragantado.
«Y lo peor de todo», culminaba así la retahíla, «aconsejando a toda esa morralla, que se las da de ser la ama del universo, se yergue la Santa Inquisición, tan oscura como temible».
Una vez, José Diego llegó al taller con gesto inquieto.
Se había tropezado, en la plaza de la Cebada, con la procesión del Corpus Christi.
Quiso sortearla, pero la muchedumbre era tanta que no pudo pasar.
Con todo, se sintió fascinado por la vivacidad de las escenas.
Era como si la ciudad entera se hubiese reunido en la procesión y sólo faltara el amargo y solitario Antonio Martín.
Las gentes, desde los balcones y ventanas, veían pasar la custodia del Santísimo, que era el centro de la devoción.
Hombres y mujeres de todas las edades se arrodillaban frente a ella para santiguarse.
José Diego se olvidó de hacerlo por estar mirando las colgaduras multicolores y los altares pomposos, las arquitecturas efímeras de papel y yeso y los trajes atiborrados de alegorías fantásticas.
Poco antes lo había impactado la enorme tarasca —un gran dragón con reminiscencias de toro, ubres grandes y cola larga en forma de culebra— que precedía el desfile.
Sobre su lomo estaban encaramados acróbatas y bailarines paganos.
Pero el regaño lo sacó de su pasmo risueño.
Desde abajo, una mano lo jalaba para que se prosternara.
Él quiso protestar por el sacudón, pero se contuvo al ver el gesto de los feligreses que lo miraban con rabia, y optó por hacer la pantomima del rezo.