El jardín del mundo Segunda parte #3
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Segunda parte #3

Fue escuchando sus propios pasos por el piso de la iglesia, hasta que se acomodó en uno de los escaños de la nave única.

Los velones chisporroteaban y José Diego corroboró que Madrid poseía una doble faz.

La bulla de todos los días, por un lado, en la que sus habitantes al hablar gritaban y despojaban las palabras de encanto por la velocidad con que las pronunciaban.

Como si en esos actos de la comunicación ellas fueran la liebre y él, con su dicción pausada del altiplano tunjano, la tortuga de la competencia.

Y por otro, estaba el silencio de sus recintos sacros.

José Diego, sabiendo que había descubierto algo de la índole de que el agua moja o que la lluvia cae, fue adormeciéndose.

Pero alguien lo tocó. Un hombre vestido de negro le pidió que saliera.

En el atrio, él supo que era un sirviente de don Fernando de Vargas.

Con el sombrero en la mano, el hombre se había inclinado.

Enseguida, con gesto amplio y solemne, levantó la capa para sacar una carta.

José Diego se sorprendió por la grandilocuencia del gesto y recibió el papel.

Al leerlo, se dio cuenta de que había pasado una semana desde su llegada a Madrid y que su pariente estaba preocupado.

Quiso preguntarle al mensajero cómo lo había encontrado.

Se atrevió a sospechar, incluso, que llevaba siguiéndolo desde su primer día en la capital.

Pero el «a vuestra merced se le espera mañana en el palacio de la plaza de la Paja» lo detuvo en sus suposiciones.

De pronto, se sintió feliz con ese trato.

El «merced» lo había devuelto a su reino neogranadino y a las maneras en que se le abordaba allá.

Era un palacete sobrio. El gris de los muros dialogaba armónicamente con las amplias ventanas enrejadas.

La entrada era una puerta alta de madera negra ornamentada de clavos.

Precedido por el sirviente de la víspera, bordearon un patio de columnas pintadas con flores.

En el centro, el agua fluía de una fuente de piedra.

Subieron por unas escaleras de cuyos muros pendían retratos de personajes trajeados de negro.

El criado dijo que esperara y lo dejó solo.

José Diego aprovechó para recomponerse el traje.

Se acomodó el ferreruelo, revisó que la ropilla estuviese abotonada de cabo a rabo y las hebillas del calzado tuvieran el brillo requerido.

Al pasarse las manos para alisarse el cabello, se acordó de ellas.

Estaban maculadas de grafito. Quiso bajar con rapidez y buscar la fuente para lavarse.

Pero era demasiado tarde porque una puerta se abrió y de adentro alguien lo llamó con su nombre.

Fernando de Vargas poseía una elegancia irrefutable.

El bigote y la barba los tenía espesos y entrecanos.

Su jubón negro contrastaba con la golilla blanca que adornaba la cabeza.

José Diego se preguntó cuáles estaban cuidados con más esmero, si los pelos o las prendas, cuando una mano larga, rodeada por encajes similares a los del cuello y atiborrada de sortijas doradas, se le ofreció para el saludo.

«Vuestra merced ha demorado en venir», dijo el anfitrión.

El indiano se escudó en sus curiosidades de pintor y en la tendencia a dejarse llevar por las calles y entrar a las iglesias para observar las pinturas y los retablos que guardaban.

Don Fernando, con un rápido dibujo de las manos en el aire, lo detuvo.

«Nada ni nadie», dijo, «puede pasar por alto esos encantos de Madrid».

José Diego, aliviado con lo dicho, extrajo las cartas y dio los saludos de sus familiares.

Hablaron de su padre y las propiedades en la provincia de Tunja.

Don Fernando de Vargas rememoró con orgullo al ilustre escriba de allá, Juan de Vargas, que había ponderado la hidalguía del apellido.

Algo dijo de la impresión, entusiasta por lo demás, de las Elegías de varones ilustres de Indias de Juan de Castellanos, leídas hacía años en su edición primera.

Pero confesó no conocer el reino. «Vale la pena asomarse por allá, su mercé», dijo José Diego.

«Su naturaleza es deslumbrante». Don Fernando dijo que se notaba que eran las palabras de un pintor.

«Pero a mi edad», añadió, «atravesar el océano y ascender hasta las alturas donde vosotros vivís es una esforzada faena».

Luego abordaron los temas importantes. Lo primero era cambiar de residencia.

Había una casa, en la calle de San Ginés, donde José Diego podía establecerse.

A don Fernando le parecía apropiada para sus actividades.

Era cómoda y hospitalaria. El aseo estaba, asimismo, garantizado por la servidumbre.

Y el precio no podía ser más favorable si se consideraban las cualidades del sitio.

La cuestión de los maestros fue lo segundo.

Madrid estaba plena de ellos y resultaba arduo decidir cuáles serían los más indicados para el desarrollo de su aprendizaje.

«Cualquiera de sus excelencias», dijo José Diego, «será más que suficiente para mí».

Pero don Fernando, que se había informado al respecto, pensaba otra cosa.

Quería lo más eximio para su pariente porque así el apellido y la savia artística de España sabrían explayarse por el Nuevo Mundo.

Desplegó entonces varios nombres con sus respectivas semblanzas.

Diego de Velázquez había muerto hacía unos años, dejando una estela de discípulos que garantizaban, si no la calidad de su pintura, al menos la continuidad de su magisterio.

Se podría pensar, en este rumbo, en Juan Martínez del Mazo o en Juan de Pareja.

Sus ocupaciones, empero, eran tantas que fijar una cita sólo para saludarlos no dejaba de ser engorroso.

Don Fernando había pensado que recibiera el adiestramiento de la escuela que dejó Sebastián Herrera Barnuevo, el pintor y escultor cuyas obras se aposentaban en las iglesias de la ciudad.

Tuvo en mientes también el nombre de Francisco Ricci, el maestro de la catedral de Toledo, de obra más que apreciable.

Y así fueron barajándose varios nombres —unos eran continuadores del Greco, otros de Jacome da Trezzo y otros más de Vicente Carducho—, hasta que se pronunció el de Antonio Martín.

José Diego jamás lo había oído mencionar.

Don Fernando aseveró que era un hombre de confianza y que sus conocimientos provenían de la escuela de Gaspar Becerra y Alonso Cano.

El primero, explicó, había sido uno de los responsables de que la escuela de Miguel Ángel se explayara con acierto en los gustos del imperio.

El segundo hizo que el retablo español, con sus hojas de col, las guirnaldas de frutas y sus pilastras de caja, alcanzara el don de la belleza.

«Y si se trata de aprender mirando», precisó el anfitrión, «pues vuestra merced tendrá que ir tarde o temprano al Alcázar Real, al Palacio del Pardo, al Monasterio de las Descalzas, y abrir los ojos para mirar los ostentos de su autoría».

José Diego dijo que justo para eso había atravesado la mar oceánica.

Y que esperaba que el ansia de mirar, levantando la cabeza para un lado y para otro, le durara hasta el día de su regreso al Nuevo Reino de Granada.

Antonio Martín tenía el taller en la calle de La Quimera.

Se llegaba a ella cruzando la plaza de la Cebada y tomando después la calle de la Sierpe.

Sólo era girar por esta última rúa para que el trajín de la plaza quedara atrás y un sosiego balsámico se adueñara de los pasos y las respiraciones del caminante.

El maestro había aceptado enseñarle a José Diego las técnicas del temple, el óleo y el fresco.

Algo de la hechura de retablos para las iglesias y la policromía de las tallas religiosas.

Otro tanto sobre las reglas para pintar ángeles niños, vírgenes inmaculadas y cristos doloridos.

Amén de sugerirle los sitios donde estaban las obras más logradas de la pintura.

Martín no debía ocuparse de los oficios que José Diego había aprendido en Tunja con su maestro Nepomuceno Suárez.

Lo de moler colores, decantar barnices, hervir coles, preparar lienzos y bastidores ya lo manejaba bien el joven.

Y frente al hospedaje y la manutención, el neogranadino podía encargarse de ello gracias al apoyo económico de su familia.

Un hombre de edad imprecisa era Antonio Martín.

Parecía a veces un cuarentón, pero en otras la senectud se le venía encima con una evidencia irrebatible.

En el pelo grueso y en la barba rala no le brillaba cana alguna.

En sus ojos negros habitaba el destello de la inteligencia y el apasionamiento.

La herencia judía se desplegaba, inquietante, por el resto de sus facciones.

En su primer encuentro, cuando José Diego le mostró los bocetos de sus correrías madrileñas, Martín afirmó con la cabeza.

«Talento tiene vuestra merced», dijo, «pero está crudo y medio bárbaro».

El joven lo encaró incómodo por el último adjetivo.

El maestro opinó, levantando los hombros, que se notaba de dónde procedía.

«Ya es mucho decir que seáis diestro para el dibujo», añadió, «aunque en estas lides no se trata sólo de dibujar bien».

Muy pronto, José Diego se dio cuenta de que en Antonio Martín era frecuente la ironía, y de que los comentarios sobre arte y otros temas salían de su boca como estiletes.

Además, cuando se refería al mundo y a sus habitantes y algo de ellos no lo satisfacía, que era casi todo, lo manifestaba sin rodeos.