El jardín del mundo Segunda parte #2
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Segunda parte #2

Parecía cierto, en todo caso, que los asuntos del centro y los bordes a José Diego se le daban conflictivamente.

A él, por ejemplo, no lo subyugaba el boato.

Las ocasiones en que se le había manifestado en Tunja, lo abrumaba la solemnidad.

Cuando se reconoció adolescente, la arrogancia y la vanidad que suele otorgar la conciencia del dinero le resultaron fastidiosas.

José Diego, un poco a contracorriente de lo que prevalecía en su clase social, se inclinaba más por la moderación y la sobriedad.

Huía de los ostentos bulliciosos y prefería refugiarse en la soledad del estudio.

De hecho, al cavilar frente a su origen y lo que podría ofrecérsele en el futuro, percibía su vida marcada por la indeterminación.

Su padre, al notar las modulaciones de este temperamento, creyó que era el llamado de la fe y pensó que lo indicado para su hijo sería enviarlo al seminario.

Pero no tardó en darse cuenta de que en José Diego preponderaba una innata inclinación a la rebeldía.

Lo de considerarse indiano le otorgaba un carácter de ineluctable hibridez.

José Diego descendía de españoles, pero había nacido en uno de los reinos de América.

Sus antepasados resultaron victoriosos en las guerras de conquista sobre nativos muiscas.

Victorias que habían ennoblecido, en poco tiempo, a hombres de origen cenagoso y rústico.

Los días de su infancia y adolescencia transcurrieron rodeados de mestizos, indios y negros.

La iniciación sensorial y el desarrollo de su inteligencia se habían moldeado al lado de ellos.

Magdalena Chía, una indígena de Chivatá, lo amamantó porque su madre había muerto después del parto.

Y esta misma mujer supo arrullarlo con historias de lagunas encantadas y amores incestuosos y lo aconsejó para que se moviera en las cuestiones del sexo y del amor con menos tribulaciones que las dadas por la culpa y el pecado de los cristianos.

José Diego había llorado y reído con la servidumbre que laboraba en las propiedades de su familia.

El ciclo de los nacimientos y las muertes se insufló con los votos de esperanza y tristeza provenientes de los unos como de los otros.

Y si era verdad, o al menos así lo declaraba el certificado que le habían dado, que era un español de las Indias, su pensamiento y sus sentimientos se nutrían de tales complejas mixturas.

Sentirse indiano, por consecuencia, lo hizo consciente de la atracción ejercida sobre las personas que iba conociendo en Madrid.

Las mujeres de los mesones, ataviadas de sayos y camisas de pecho, cuando lo escuchaban y le veían los ojos, que cambiaban de color según la luz que los tocara, y distinguían el no sé qué de foráneo que provenía de lejos, se llenaban de curiosidad.

«De dónde viene el mozo», preguntaban. Él respondía, salivando cada palabra, que del Nuevo Reino de Granada.

De la hidalga ciudad llamada Tunja. «¡Tunja!

», exclamaban las damas y la jota les resonaba con ímpetu en los cogotes.

José Diego añadía el Santiago como para decir que lo suyo era tan español como el mismo apóstol, patrono de la madre patria.

Y como él no era tímido, aprovechaba la ocasión para extenderse en los esclarecimientos.

Hacía un balance de los días necesarios para llegar hasta allá.

Enumeraba los puertos donde las naves atracaban.

Se refería a la travesía por el río de la Magdalena, que sesgaba el reino de sur a norte.

Y, finalmente, contaba algo de las jornadas a caballo que conducían a la altiplanicie donde se levantaba su ciudad de origen.

Una vez dio una vuelta más a la plaza Mayor.

Después de observar la Casa de la Panadería y dibujar un bosquejo de sus balcones continuos, descendió por la calle Toledo.

A esa hora de la tarde, el estropicio era tal que José Diego se deslizó por la calle del Elfudre.

Giró por la del Duque de Alba y, más adelante, por la del Mozón.

Cuando fue avanzando por la calle de la Encomienda, comenzó a sentir que Madrid se le escapaba del discernimiento.

Se comparó con un Teseo en la búsqueda del minotauro.

Comprendiendo que la pretensión de la bestia, en su caso, no era devorarlo, sino someterlo a los sortilegios del vagabundeo.

«¿Y Ariadna?», se preguntó José Diego. Sospechaba que ella y su hilo espléndido lo esperaban en algún lado.

Y en tanto caminaba por calles estrechas, que te nían la exacta medida de su aliento, sacaba el cuaderno para dibujar la huella de sus pasos, la luz de los muros conventuales, esas rejas que eran diestras en detener la aspiración de la intemperie de un balcón o de una ventana.

Realizando sus bosquejos, entendía más la peculiaridad de las mezclas.

En las fachadas que veía serpenteaban un signo de la moderación romana y otro de la sensualidad árabe.

Alzaba los ojos para toparse con una línea, un ángulo, un óculo de sencillez visigótica y, sin haber acabado de disfrutar lo contemplado, brotaba la traza barroca repetida hasta el delirio.

Transcurrida la indagación, concluía que en todo lo que miraba no había desorden ni caos, sino que se abría paso un desbordamiento controlado.

Y la confabulación de lo diverso, manifiesto en las formas de la piedra y el ladrillo, de la madera y el bronce, terminaba siendo la constatación de que no había nada puro en los dominios de la vida humana ni mucho menos en los de la expresión artística.

De estas elucubraciones de paseante solitario lo sacaba el sonido de las campanas.

Eran tantas que la ciudad se pautaba con ellas.

José Diego, que algo había estudiado de solfeos y contrapuntos, hacía la comparación con el pentagrama y la grafía de los sonidos.

Las calles y las plazas eran las cinco líneas y los cuatro espacios.

Las iglesias y sus campanarios, las notas y las alteraciones.

Había leído en un libro de crónicas de viaje que era imposible vagar por Madrid sin tropezarse con un templo.

Aparecían por doquier. Altos y bajos. Anchos y estrechos.

Pomposos e imbricados y sobrios y elementales en su arquitectura.

Pero ¿podía existir en la extensión del imperio una sola población que tramara su cotidianidad ajena a las iglesias?

En España había, ciertamente, un rey y una reina y una corte de validos, duques y marqueses que gobernaban y hacían con sus fortunas lo que les venía en gana.

Y entre los gastos estaban las fortunas, ofrecidas a las órdenes religiosas, para que se levantaran iglesias, conventos y monasterios.

Era esta, por lo demás, una decisión propia para forjar una intrincada topografía espiritual.

Un contubernio entre política y religión que controlaba con rigor excesivo el tribunal de la Santa Inquisición.

José Diego jamás vio tan cerca a los inquisidores como en Madrid.

Él los respetaba, pero el suyo era un respeto atemorizado y lleno de desconfianza.

Enemistarse con esos señores tonsurados y de ropajes largos significaba tener el cepo de las mazmorras al lado.

Un orden social, se decía, sometido a la represión sólo podía culminar en el peor de los marasmos.

Por esta razón, cuando se enteró de que en Europa soplaban nuevos vientos, y de que algunos humanistas hablaban de un Dios más privado y afable, menos tiránico y ubicuo, capaz de reír con malicia y no fruncir el ceño con la rabia del amargado, empezó a interesarse en esos asuntos.

Pero lo hizo sin olvidar la cautela exigida para estos casos.

Por recomendación de Ricardo León Castillo, el hermano de su madre que escribía sobre los chismes y habladurías del Nuevo Reino de Granada, había leído Elogio de la locura , de Erasmo.

El libro, traducido al castellano en Sevilla, circulaba clandestinamente por las ciudades del Nuevo Mundo y podían leerlo, a excepción de los eclesiásticos encumbrados, algunos jurisprudentes con la debida aprobación de la Iglesia y uno que otro criollo ennoblecido.

No sólo en la boca de José Diego se había trazado el gesto de irónica complicidad, sino que en su mente hubo de florecer la admiración por la lucidez y la valentía de un hombre que, a través de su pluma, denunciaba las maneras en que la estolidez se introducía en los comportamientos de la criatura humana.

No había duda de que Madrid, en todo caso, estaba atiborrada de iglesias.

Reales e inobjetables, José Diego habría de visitarlas durante su estadía.

Y lo hizo para asistir a algunas de sus ceremonias y para observar los retablos y las pinturas que había en ellas.

Se había prometido, a pesar de la imposibilidad de la faena, conocerlas todas.

Y es que él amaba esos ambientes claros y oscuros, y más aún el silencio inmaculado que se desprendía de sus capillas.

Por ello, cuando ingresó por primera vez a la iglesia de San Nicolás, en las proximidades del Alcázar Real, atraído por su elevada torre mudéjar, José Diego sintió que fundirse en esa mudez, tan plena que podía palparse, era lo que anhelaba su espíritu.