Segunda parte
Ahí estaba la puerta de Alcalá. José Diego Vargas miraba su ornamentación de estatuas santas cuando la voz ordenó que bajaran del carruaje.
Ante las preguntas del guardia, él dijo que venía de Sevilla, pero que su lugar de origen era el Nuevo Reino de Granada.
Con rostro adusto y mostachos negros, el hombre lo sopesó de pies a cabeza desconfiado por su catadura de forastero.
Preguntó por la fecha de la llegada a Sanlúcar de Barrameda.
El joven señaló el papel en que se habían estampado los respectivos sellos.
Al ver que los documentos —la licencia de la Audiencia de Santafé de Bogotá y la de la Casa de Contratación de Cádiz— estaban en regla, el guardia los devolvió y le dijo: «Adelante, indiano, sois el bienvenido».
José Diego iba a subir al carruaje, pero le pidió al cochero que lo dejara ir a su lado en el tramo que faltaba.
Los últimos pasajeros habían descendido en Toledo.
De manera que sólo él, con su bagaje americano, entraba por la gran puerta de la ciudad.
Avanzaron por la calle de Alcalá y José Diego miraba como quien quiere devorarse la intemperie.
Había salido de Santiago de Tunja, al otro lado de la mar oceánica, casi dos meses atrás.
Y, a pesar del itinerario tortuoso, se sentía feliz de haber llegado.
Y es que la urbe que se le iba revelando, no le cabía duda, era la más vibrante, la más luminosa, la más atractiva de todas.
Pero ¿quién era él para opinar sobre comarcas del mundo?
Sólo un inexperto en trashumancias y un neófito en cuestiones de la perplejidad.
Sin embargo, este viaje que había efectuado, y terminaba sin tropiezos mayores, le otorgaba algo de prestigio.
Con conocimiento de causa, José Diego podía afirmar que Tunja, Santafé, Cartagena de Indias eran poblachos al lado de Madrid.
Incluso La Habana y Sevilla, donde había pasado algunos días, carecían de la dilatación populosa que se le presentaba ahora.
«¡Ya estoy aquí!», se decía en medio de su arrebato mientras los coches pasaban al lado de la Puerta del Sol para tomar la dirección de la calle Mayor.
Él nunca había visto tanta gente. El número de los carruajes y los jinetes rivalizaba con el de los caballos.
La vía se abría paso en medio de almacenes de esparteros, bordadores, cuchilleros y latoneros.
Los comercios ocupaban las primeras plantas de edificios cuyas fachadas competían con sus heráldicas y las estatuas de cristos, vírgenes y gentileshombres fastuosos.
Los caminantes se confundían con los vendedores de mercancías y bagatelas.
Clérigos y monjas sobresalían por sus hábitos largos y oscuros y porque, a su alrededor, los mendigos se aglomeraban como moscas.
De pronto, José Diego divisó una comitiva de carros de seis caballos que pedía paso entre los toques del tambor y la corneta.
Todos portaban estandartes de cruces rojas y a sus trajes los signaba una cruz parecida.
«Son los señores de la Inquisición», dijo el cochero, «y van hacia el Alcázar Real».
Se detuvieron en la calle de la Cava Baja de San Francisco.
Allí había un batiburrillo de mesones y tenderetes que impedían abrirse paso.
José Diego, por lo tanto, tendría que caminar hasta la posada que le habían recomendado.
Cuando le estaba dando el estipendio al conductor, un grupo de rapaces lo embistió.
Voceaban al mismo tiempo y lo jalaban de la casaca y le tocaban los brazos y las piernas.
El cochero intentó espantarlos. «¡Largaos, chavales del demonio!
», gritó inútilmente. Meneando la cabeza y sonriendo ante la gritería, el indiano escogió dos de ellos para que le cargaran los baúles.
Aunque no pudo desembarazarse de los otros que pedían, con mohines de hambre atávica y embutidos en andrajos mugrosos, algún maravedí.
Como le habían dicho, la posada El Reflejo era cómoda, bien servida, generosa en claridades.
El sosiego del aposento se debía a su localización en la parte de atrás, poco antes de un jardín de rosales coloridos adonde el ruido de la calle no podía llegar.
Y se ubicaba bien porque, desde ahí, la movilidad sería fácil.
Al menos mientras se orientaba en ese gran teatro, agitado y vocinglero, que era Madrid.
José Diego guardaba consigo cartas de recomendación de su familia y de algunas personas importantes de Santiago de Tunja.
Esperaba que con ellas las puertas de los talleres de los maestros del retablo y el lienzo se abrieran sin problemas.
Antes de ir donde su anfitrión, decidió realizar algunas jornadas para sí mismo.
Se lanzó entonces a vagabundear por la ciudad.
Madrid estaba llena de parajes magníficos.
Por motivaciones espaciales, y porque lo mejor era dejarse arrastrar por la importancia jerárquica de las nuevas coordenadas, comenzó por la plaza Mayor.
Era el centro de la ciudad y el foco del comercio.
En ella transcurrían los actos más llamativos: la proclamación de los príncipes, las corridas de toros, las juntas poéticas, los autos de fe.
Además, era el núcleo en el que confluía el trazado intrincado de las calles.
Cuando la contempló por primera vez, parado en su mitad, paseando los ojos por las fachadas majestuosas, a José Diego se le llenó el corazón de algo parecido a la felicidad.
La gran cantidad de ventanas, el color rojizo de sus maderas y la simetría perfecta de las entradas lo dejaron con la respiración en vilo.
La palabra que lo colmó fue «amplitud». Una amplitud que le hizo suponer que, en esa plaza, cabía todo el imperio español.
Y que toda esa grandeza, de algún modo, también le correspondía a él.
Estuvo caminando entre las tiendas por un largo tiempo.
Escuchando las ofertas de quienes vendían paños, sedas, zapatos y quincallería.
Divisando desde los soportales los ángulos en los que la luz no era ninguna convidada circunstancial, sino la habitante mimada de la plaza.
¿Cuántas vueltas dio aquella vez? ¿Cinco, ocho, once?
En algún momento perdió la cuenta y el rumbo, y reconoció que sólo daba vueltas en torno al encantamiento.
Lo que sí supo, en el límite de su emoción, fue que sería todavía más feliz si viviera en uno de esos pisos elevados, para que cada día se le permitiera abrir una de sus ventanas numerosas y poseer en sus pupilas el pulso completo de la ciudad.
Pero José Diego se sentía más acogido cuando se aventuraba por lo aledaño.
Esas callejas llamadas El Espejo, La Transparencia, El Tránsito le deparaban impresiones entrañables.
Veía a una vieja celestina con su abanico.
A un cura con quitasol cuyo destino era una iglesia o un convento.
Veía la jaula con el canario que colgaba solitaria en un balcón sin nadie.
Un par de canes sucios, entremezclados y adormecidos, en un zaguán.
Errar por el dédalo de las rúas periféricas de la plaza se le antojaba como estar sumergido en la misma condición de lo que era a la vez fugitivo y fabuloso.
Y esta sensación era más reveladora en cuanto lo suyo había sido recorrer la elemental adivinanza de las calles tunjanas.
Un sube y baja que se resolvía en el encuentro siempre seguro de cualquier paseo realizado por su aldehuela andina.
En Santiago de Tunja, pensaba él, no había pérdida, a no ser que los periplos sucedieran en los sueños.
Y ahí estaban para demostrarlo su plaza Mayor y las cortas cuadras que trazaban rectángulos simétricos y predecibles.
Madrid, al contrario, se hacía profusa en encrucijadas, abarrotada en intríngulis y vericuetos, suspendida en revelaciones continuas de la luz y de la sombra.
En estas andanzas se le fue clarificando, por otra parte, su ser marginal.
Lo que le hacía creer que, así llevase el apellido Vargas y hubiera un escudo de armas y un certificado que ratificara la nobleza de su abolengo, a su origen y destino los signaban la periferia y el extremo.
Sabía que tras su condición de español puro mediaba un pago de dinero que su padre había hecho a la Corona ya que, en el devenir de las querencias familiares, se le había inmiscuido la sangre indígena.
Pero ¿qué era eso de la pureza de la sangre, se preguntaba José Diego, si no una imposición prejuiciosa sesgada de segregaciones?
En todo caso, el hilo de su porvenir en Madrid no lo angustiaba demasiado.
Este se iría desovillando con los días. Lo fundamental era que él había venido a la capital del imperio a formarse como pintor y retablista.
Y su compromiso, más consigo mismo que con cualquier otra persona o circunstancia, era hacerlo de la mejor manera.