16
Con Brujas pasó otra cosa. Allí lo que lo fascinó fue la luz.
Jeroen tuvo un deseo inesperado de querer vivir siempre allí.
«Eres un viajero cándido», le espetó Aleid, quien, por su lado, se dio a visitar las tiendas para comprar especias y perfumes.
Jeroen la dejó sola y aprovechó para recorrer los canales.
Como no sabía nadar y lo asustaba la alternativa de morir ahogado, no quiso montarse en una de aquellas barcas que prometían conducirlo a parajes poco visitados por los forasteros.
Mientras iba y venía por Brujas, se preguntaba si su iluminación procedía del agua del río Zwyn, que se expandía por los canaletes.
O si era el reflejo de un sol que hacía más reposados los quehaceres de los habitantes.
O si toda aquella radiación era una ideación de las ventanas y las puertas cuando estas se abrían para buscar un exterior de puentecillos sin nadie, de árboles espesos y de agua fresca.
O si se trataba de sus propios ojos que, sedientos de visibilidad, urdían cada cosa que miraba.
En una de las callejas contiguas a la plaza Burg, Jeroen entró a una tienda de pintura.
Sólo fue cruzar la puerta cuando percibió algo singular en la atmósfera.
Al principio, no supo reconocerlo. El recinto era silencioso y recogido.
En el aire había una fragancia dulzona de vegetales macerados.
Un hombre viejo colocaba pinceles de diferentes tamaños en las repisas.
Allí, guardando un orden meticuloso, estaban los pomos y los frascos con los pigmentos y los aglutinantes de aceite de linaza y nueces.
Entonces Jeroen, al saludar, se tropezó con el espejo en la pared.
Vio su cara en el primer plano y, detrás, las sombras de figuras movedizas.
Eran los transeúntes que pasaban de largo por la acera de la tienda.
Como un relámpago, recordó las palabras de Wesel, el escultor de Utrecht.
E imaginó a los dos amantes de la pintura que se juraban fidelidad ante los testigos reflejados en un espejo circular semejante al que observaba ahora.
Supuso que esa tabla podría estar en Brujas, pues allí había nacido su creador.
Si lo recordaba bien, Wesel la había visto por primera vez en uno de sus palacios.
Preguntó por el maestro Jan van Eyck. Claro que el anciano lo conocía.
Incluso hubo una especial recomendación para que visitara la catedral de Nuestra Señora, donde se exponía lo más excelso que había salido de sus manos.
Pero, con respecto a la tabla del matrimonio, el hombre levantó los hombros y dijo no conocerla.
Jeroen compró unos pinceles de pelo de tejón y salió rumbo a la catedral.
Al poco rato, se paró delante de la Virgen acompañada por el canónigo Joris van der Peale.
Atónito, se dijo que era incapaz de pintar esos trajes, que parecían mantos de una distinción inigualable.
Así se lo propusiera y trabajara con empecinamiento en la tarea, supo que nunca podría fijar con tanta exactitud las arrugas de un rostro.
Jamás saldría de sus manos una tan prolija y abigarrada armadura militar.
Los rojos, los blancos, los azules de la obra eran sencillamente los rasgos de la excelsitud.
Y el silencio, que había elogiado Wesel en su crucifixión con donante, aquí resonaba como una música inasible.
Empero, Jeroen no se sentía abatido por la constatación de sus propias limitaciones.
En la medida en que observaba la pintura de Van Eyck —el diseño geométrico del tapete, el ojo fulgurante del ave rapaz, el ombligo y el penecillo del infante Jesús, las cejas delgadas de la Virgen y sus ojos mirando al sesgo— se iba dando cuenta de que nada de esa perfección sublime se vinculaba con lo que él quería hacer.
Estaban, por supuesto, los personajes emblemáticos de una religión y su carga simbólica manifestada en los objetos y los seres.
Y esto unía no sólo a los pintores, sino a todos los artesanos de la región flamenca.
Jeroen van Ake tomaría, en cambio, otro camino.
Su universo sería acaso menos sutil y precioso.
Lo suyo no bebería de la intimidad y el sosiego, sino que sus temas se alimentarían de la trepidante vitalidad del pueblo.
Y entre más se extasiaba frente a los aciertos de Van Eyck, más comprendía hacia dónde dirigiría su labor.
Era como si estuviera ante el modelo de una perfección sin fisuras y, a la vez, supiera que eso que lo deslumbraba no era lo que él pretendía.
«Lo mío será más tosco», pensaba. «Tendrá los contornos del frenesí y el disparate.
Me enraizaré en la alucinación y la fantasía.
Auscultaré mis sueños y mis pesadillas, que quizás sean las de este tiempo y las de la humanidad que ronda a toda hora los abismos y las cúspides.
Pintaré para divertir y para sorprender.
Pero también para mostrar las aprensiones que a todos nos obsesionan.
Y como le sucedió quizás a Van Eyck, trabajaré hasta que la muerte me cierre los ojos».
No pudo hallar la obra del matrimonio. Unos decían que estaba en el palacio real de Bruselas.
Otros, en la casa de un banquero de Gante.
La serie de sus compradores, muerto el primer propietario, era tan numerosa como enmarañada.
Incluso, resultaba posible que la tabla hubiera desaparecido en un naufragio o en un incendio.
Uno más, en la última averiguación que hizo, le aseguró al pintor de Hertogenbosch que un noble español la había comprado.
¡España!, exclamó Jeroen. Y fue como si un gran vacío se le instalara en el pecho.
«De allá vienen viajeros nobles a prodigarse lo mejor que se da en estas tierras», le había dicho el viejo de la tienda.
«Y las pinturas no faltan, porque aquí algo sabemos de esas cosas».
Jeroen sonrió con cierto aire de melancolía.
Se dijo que nunca contemplaría la escena del par de amantes en una habitación con espejo.
Y que no se conmovería ante un amor que, según las palabras de Wesel, estaba rodeado por lo indescifrable y lo fantasmal.