15
Al siguiente día emprendieron el viaje hacia Amberes.
Era la primera vez que Jeroen salía de Hertogenbosch.
Estaba zamarreado por sentimientos encontrados.
Temía que les sucediera algo malo en el trayecto.
No sólo pensaba en los cuatreros del camino, sino en las impertinencias de la salud.
Aleid, que sabía de otros horizontes, lo tranquilizó.
«Si nos enfermamos», dijo, «para eso están los médicos».
Frente a los salteadores, comentó que la seguridad reinaba en los tramos que iban a recorrer.
Pero el pintor, envuelto en el desasosiego, tramaba escenarios aciagos —una enfermedad, una riña, un perecimiento— que podrían acaecer entre sus hermanos mientras durase la ausencia.
A lo que la esposa contestaba, tomándole la mano, que todo iría bien.
«Piensa», dijo, «en lo nuevo que verán tus ojos».
Jeroen le hacía caso y se imaginaba caminando por una ciudad verdadera.
Llena de iglesias y palacetes capaces de albergar las obras de los grandes pintores de Flandes e Italia.
Pero como volvía a enredarse en suposiciones adversas —una epidemia, una inundación, otro incendio que arrasara a Hertogenbosch—, Aleid acudió a una treta eficaz.
Sabiendo que una dosis de risas era buen remedio para espantar malos presagios, imitó el diálogo de una de esas farsas que divertían al pueblo y que su marido apreciaba tanto.
Dijo un trabalenguas a modo de introducción y, enseguida, se puso a hablar como una verdulera insatisfecha por la embriaguez de su marido.
Las quejumbres de la una, los improperios del otro, el asomo de un coito torpe bastaron para que Jeroen van Ake se carcajeara y se diera después a contemplar el horizonte.
Pero antes tuvieron que pasar por la despedida.
Amigos y familiares se habían reunido al lado del carruaje que transpor taría a la pareja.
Volvieron los músicos de la boda a tocar más saltarelos y gallardas.
Los sacerdotes ofrecieron las bendiciones para que el viaje transcurriera con ventura.
Una sirvienta de Aleid le ofreció un ramillete de flores que fue levantado para que todos lo apreciaran.
Al hacerse el silencio, ella sopló sobre los dientes de león y la dispersión de los estambres se enredó en el aplauso generalizado.
Goessen, abrazando a su hermano, se puso a llorar como si el matrimonio partiera para no regresar jamás.
Jan, afecto a las sentencias, pidió que lo dejaran leer algo que había escrito.
Mirando a los recién casados leyó: «No hay momento más paradójico que viajar.
Se siente una felicidad temblorosa ante el afuera ignoto y nostalgia por dejar lo ya transitado.
Lo cierto es que…». Las gentes rezongaron ante la declamación tediosa.
Los músicos volvieron a intervenir. En medio de la música, Jeroen y Aleid subieron al coche y, moviendo las manos, se despidieron.
Caminar por Amberes fue como si una cartografía de papel se hubiera desplegado en la realidad física.
Jeroen no recorría calles, sino líneas intrincadas de un plano inmenso.
Esto lo plantó en un asombro feliz. Una ilusión geométrica, con perfiles de dédalo, se le había entrometido en la percepción.
Trató de explicarle a Aleid lo que percibía, pero la esposa estaba tan segura de estar en una ciudad llamada Amberes, donde había almacenes de telas y vestidos, que el pintor prefirió guardar silencio.
Él comprendía, no obstante, que Amberes era la materialización de un sueño.
Todas las ciudades poseían esta particularidad.
Pero él no era un viajero y, en rigor, las comparaciones no eran frecuentes en sus puntos de vista.
Cuando cruzaba aquellas calles populosas concluía que Amberes, pese a ser la concreción de un artificio racional, conservaba rasgos inasibles.
Levantaba los ojos y el arriba se cubría de cúpulas de palacios y de frontispicios cuyos ángulos se coronaban con dromedarios, elefantes y tigres conducidos por jinetes turcos.
En los pocos días que pasó en la ciudad, Jeroen disfrutó, sin los usuales reproches de su ser provinciano, el cosmopolitismo de muchas lenguas y el trajín que caracterizaba la urbe.
Era divertido ver los sombreros extravagantes de los hombres y las sayas broqueladas y los peinados no menos estrambóticos de las mujeres.
No le costó entender que Amberes existía sólo para dialogar permanentemente con lo exótico proveniente de las grandes lejanías.
Con todo, él se sabía un brabanzón sin remedio.
Y estaba seguro de que, así lo quisiera y lo soñara, no volvería a salir de su aldea para asomarse al vasto mundo del afuera.