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Había escanciadores y trinchadores. Panaderos y hortelanos.
Pinches y servidores. El jefe de cocina sobresalía por tener un alto gorro saraviado y cargar dos grandes cucharones de madera.
Con uno iba probando las sopas y los caldos.
Con el otro, los guisos y las salsas. Las fámulas se encargaban de servir los platos.
Corrían, con presteza, desde los fogones humeantes hasta las largas mesas en que esperaban los invitados.
«Son como palomas», pensaba Jeroen, al verlas con sus delantales y cofias de colores claros moverse con una agilidad que no dejaba caer nada de las bandejas.
Las hileras de los comedores iban hasta el jardín donde un grupo de músicos amenizaba la fiesta.
Aleid no paraba de sonreír con el fulgor bermejo de sus labios.
Era el centro de todas las miradas. Se había quitado el largo traje de boda para ponerse uno más ligero.
Al cuerpo esbelto se ajustaba una saya amarilla con brocados de plata y un escote cuadrado y las mangas rojas de seda acuchillada.
El cabello castaño, largo y lacio se lo habían recogido en la parte de atrás.
Cuando Jeroen la vio así, con su delgado cuello de cisne, la nariz recta y los ojos de un azul rutilante, se sintió el más enamorado de los hombres.
En algún momento la pareja se sentó a la mesa, en compañía del sacerdote que los había bendecido.
Las personas más conspicuas de Hertogenbosch, vinculadas más por el lado de la dama, participaban en la boda.
Por el del caballero, estaban los artesanos de los principales talleres que, beneficiándose de la ocasión, traían puesto el distintivo del gremio en sus indumentarias.
Tres mesas poseían su exclusividad. Había una para los clérigos, entre quienes se hallaban los regentes de la catedral.
Otra para los miembros de la cofradía de Nuestra Señora.
Y dos más donde estaban reunidas las familias de Jeroen y de Aleid.
Al servirse la comida un rumor se levantó.
Hubo aplausos ante los recipientes que se pusieron sobre los manteles.
A Jeroen se le salivó más la boca y en sus ojos brilló la conmoción.
Ahí estaban el ambarino de la cerveza y el rojo de los vinos.
El verdor de las espinacas y el naranjado de las zanahorias sobre los platos.
En los recipientes más grandes las ensaladas se hacían con el morado de los repollos y un variado verde de lechugas, acelga y perejil.
Rodajas de cebollas blancas flotaban en tazones terracotas.
Los pescados se asombraban desde sus ojos cristalinos por el fuego.
Las alas y las pechugas de las gallinas habían adquirido una tonalidad cobriza entre los vapores que las circundaban.
Y, palpitantes en su sangre cocinada, trozos de carne de vaca y cerdo se amontonaban en los calderos.
Todo estaba organizado para que la actividad del comer comenzara con la visión, se abriera paso por los meandros digestivos y culminara en los orificios de la evacuación.
Pero visto desde el lado de la Iglesia, que en estas ocasiones se relajaba en las restricciones para que el sacramento del matrimonio se efectuara con la libertad requerida, aquellos manjares atraían la gula.
Jeroen elucubraba en torno al pecado capital cuando divisó la mesa de los clérigos.
Ellos abrían las bocazas, las lenguas se estiraban y los dientes descuartizaban con ansiedad las vituallas.
La música, de pronto, trazó premoniciones de baile.
Los primeros que danzaron fueron los recién casados.
Jeroen tomó de la mano a Aleid. Caminaron juntos entre los aplausos.
En el jardín, donde relucían los claveles y los crisantemos, se les hizo un círculo.
Hubo un juego de acercamientos y distanciamientos de los cuerpos forjados por la música, hasta que terminaron tan juntos que los invitados aplaudieron una vez más.
El que tocaba la gaita la dejó a un lado y agarró el sacabuche.
Con un sonido prolongado, inició los compases festivos del saltarelo.
Y enseguida los cromornos y los címbalos, uniéndose progresivamente, lanzaron al grueso de los asistentes a la danza.