El jardín del mundo 13
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Stephan Fraenger se aproximó con cautela.

«¡Maestro!», lo llamó. Él escapó de sus evocaciones para mirar los ojos del aprendiz.

Progresivamente fue comprendiendo lo que se le decía.

Se levantó para retocar algunas escenas de la tabla que trabajaba.

Caminó con cuidado para que el pie no le doliera.

En el fondo del taller estaba el tríptico que, con sus figuras profusas, quería romper los diques de su significado y desbordarse hacia lo ilímite.

Pero, más que retocar, lo que deseaba el pintor era agregar un vuelo de pájaros.

En el extremo superior del ala izquierda había una edificación de tonos sepias, mezcla de la cueva de los eremitas y la catedral de los obispos.

Ondeaba en esta arquitectura la idea de que en el mundo no se había instalado el tiempo de las oraciones de los unos ni de las instituciones de los otros.

En el paraíso, suponía Jeroen, lo único humano que existía era el deseo de vivir el presente y fundirse con la naturaleza y con Dios.

Por ello mismo, quería añadir los pájaros.

Y porque consideraba que su vuelo matizaría más la impresión de libertad que poseía el paraje.

Con un pincel de pelo de ardilla, el maestro pintó entonces los pájaros.

Primero, arremolinados saliendo de la cueva.

Luego, en la medida en que ascendían al cielo, fue separándolos y organizándolos en dos filas.

El aleteo se hizo cada vez más espaciado.

Atravesó los círculos de la construcción, que eran como ventanas apuntando al vacío.

Y, por último, se dirigió al azul inacabable del firmamento.

Después Fraenger le trajo la paleta con más pigmentos.

Jeroen se sintió fascinado por los colores.

Era una impresión cotidiana que lo afirmaba en su oficio.

Pero esta vez se sintió quebradizo como una cáscara de huevo.

Y es que cada color y cada forma, desde que había comenzado a pintar el tríptico, lo conmovían hasta las lágrimas.

Ahí estaban, puestos en la paleta, el blanco del albayalde, el azul del lapislázuli, el rojo del bermellón, el amarillo del oropimente, el verde del cardenillo y el índigo del arbusto.

Su ayudante aprovechó, asimismo, para entregarle una carta.

El maestro la abrió y terminó de leerla con alegría.

Era un mensaje de Erasmo de Rotterdam. El teólogo lo saludaba con la ilusión de verlo pronto, pues habría de pasar por el Brabante en un viaje que lo llevaría a Londres.

Se habían conocido cuando el escritor, que tantas polémicas despertaba con sus ideas sobre el cristianismo, había adelantado en Hertogenbosch estudios de latín y teología en la escuela de Kerkstraat.

Fue la pintura lo que propició el primer acercamiento entre los dos.

Erasmo, que guardaba la esperanza de dedicarse a las labores artísticas, se ejercitaba en el dibujo.

Por aquellos días era un joven de menos de veinte años y el pintor frisaba en los cuarenta.

Al uno ya lo conocían por sus pinturas. El otro poseía el don de la inteligencia que lo llevaría, años más tarde, a ser uno de los teólogos más notables de Europa.

El lugar de sus encuentros había sido la catedral de San Juan.

En una de sus capillas, en medio del trajín incesante de los obreros, Jeroen puso una de sus pinturas más recientes, pedida por la cofradía de Nuestra Señora.

Era un Ecce homo que Erasmo valoró desde un principio.

A tanto llegaba su exaltación que una vez pidió permiso para copiarla en el papel.

Lo que atraía a Erasmo de esa tabla era el contraste del Cristo mortificado, lleno de humildad ante su destino, con la tosquedad del populacho.

La escena provenía del pasaje de los Evangelios en que Poncio Pilatos presentaba el reo a los judíos.

La composición de las imágenes no gozaba de mayor originalidad.

Grabados y pinturas así se veían en todos los templos de Europa.

Sobre un tablado estaba Jesús ensangrentado, al lado de los romanos.

Abajo, el pueblo hacía gestos vulgares y gritaba.

Lo deslumbrante de la tabla, según el criterio de Erasmo, era el paisaje.

Se trataba de una ciudad de calles amplias y edificaciones fastuosas donde todo transcurría en medio de una calma única.

Raro era el cielo con su matiz de ausencia.

Extrañas las calles poco frecuentadas y nimbadas de un aire tenso.

Como si lo que pasara en esos espacios exteriores no tuviera que ver con el suplicio padecido por el hijo de Dios.

Bizarro, también, el grupo de hombres agolpado delante de un palacio otomano.

Y todavía más raros los personajes que apuraban su cotidianidad desconociendo lo que era esencial para la humanidad.

Había un vagabundo con su bastón sentado al lado de un puente.

Una pareja de viandantes inclinada para mirar el paso de las aguas de un río.

Una estatua árabe que demostraba que había conglomeraciones urbanas en las que no importaba la obsesión de los cristianos por el dolor, la traición y la muerte brutal concentrados en un hombre que había predicado el amor al prójimo.

La lección del Ecce homo de Jeroen, concluía Erasmo, era la formulación de una pregunta: ¿qué era lo fundamental para el destino de los hombres, estar pendientes de una tragedia individual que concernía a todos, o tratar de vivir olvidados de la violencia de la historia y no creerle a quien se creía elegido por Dios?

Estas interpretaciones sumían a los dos amigos en una discusión que, a su vez, los conducía al tema de la salvación o la condenación de las almas.

Erasmo se refería a unas formas de la fe y de orar menos institucionales.

En las que el pavor de los castigos se aminorara con el perdón y la ternura.

En las que la pompa y la ostentación dieran paso a actos humildes y caritativos.

Y en las que el fanatismo y la intolerancia fueran reemplazados por la serenidad y la comprensión.

Al escuchar al joven teólogo, el pintor recordaba sus conversaciones con Arnold Krünich a propósito de la transformación que tanto le urgía a la Iglesia.

Erasmo era, sin duda, uno de los exponentes de la novedad religiosa que se perfilaba en el horizonte europeo.

Pero ¿de dónde venían las ansias de ese cambio?

Acaso de los textos devotos de Ruusbroec y Thomas de Kempis, a quienes, según Erasmo, se debía leer en vez de sumergirse con las elucubraciones sombrías de Dionisio Cartujano.

El joven teólogo esperaba que esa mutación se produjera con inteligencia y cordura.

Abogaba para que el saber floreciera en las mentes, la piedad en los corazones y un ansia de liberación en los espíritus.

Pero Jeroen van Ake, más inclinado al pesimismo, presentía que ese panorama, tan esperado por su amigo, se cubriría de enormes llamaradas.