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¿Cuánto hacía que Wesel había muerto? Quizás diez o quince años.
Jeroen no lo sabía con exactitud. Las fechas de nacimiento y muerte de los otros las olvidaba en la medida en que envejecía.
Sólo estaba pendiente de su propia muerte, que veía aproximarse más con premura que con cautela.
Era increíble que Aleid, cada vez que despertaban, dijera que ese día cumplía años de vida o de muerto tal miembro de sus familias.
Él parecía, más bien, un territorio sitiado por el olvido.
Cuando hablaban sobre un tema habitual, de pronto, se esfumaba de su memoria el nombre de un carpintero con quien había tratado, el de una flor querida, el de un ave observada con el fin de introducirla en una de sus obras.
Sin embargo, el recuerdo de la visita del escultor de Utrecht al taller de sus padres había permanecido intacto.
Jeroen no desconocía que, desde esa lejana acogida de su pintura, su nombre había trascendido la geografía flamenca.
Wesel no vaciló en afirmar, en los lugares adonde iba, que en la pequeña Roma del ducado del Brabante —así se llamaba a Hertogenbosch por su gran cantidad de edificios religiosos— existía un pintor prodigioso.
Las campanas de la catedral lo devolvieron al presente.
Los feligreses, debido al carácter de los badajos, le habían puesto nombre a su arbitrio.
Tal era su modo de relacionarse con los objetos religiosos.
Jeroen a una de las campanas le decía «El Padre» por su vigor contundente.
A otra, «La Viajera», porque, así sonara con menos potencia, su sonido se expandía con más rapidez que el de las otras.
A una más la denominaba «La Coqueta», ya que lo suyo era apenas un tintineo.
Cada hora, desde el alba hasta la noche, las voces de las campanas se propagaban por todas partes.
A tal punto eran ecuménicas que Jeroen dudaba de cualquier realidad humana que las pasara por alto.
Expresaban fielmente las emociones de la comunidad y servían para moldear los pormenores de sus actividades.
El maestro, pese a su intolerancia sonora, no se sentía atropellado por el eco de esta presencia divina.
Aceptaba, al contrario, que ellas fueran la evidencia de que, así se estuviera sano o enfermo, pronto al nacimiento o a la muerte, rodeado de tirria o de afecto hacia los demás, Dios estaba involucrado en el quehacer de los hombres.
Durante su estancia con los dominicos —y no oyendo las campanas de Hertogenbosch desde el taller— Jeroen comprendió con mayor precisión lo que significaba vivir bajo la vigilancia de la Iglesia.
Su padre lo había enviado, en calidad de hermano laico, para que se instruyera en la teología y avanzara en el estudio del latín.
Y para que, en la biblioteca del monasterio, deambulara por los libros poblados de iluminaciones y hojeara los bestiarios y las hagiografías repletos de dibujos magníficos.
La estadía había durado el tiempo necesario para que, como contraprestación a su aprendizaje y manutención, Jeroen pintara algunas obras para los monjes.
Ellos quedaron agradecidos no sólo por el carácter afable del joven, sino también por las pinturas llenas de un eficaz didactismo.
Era como si la morada penumbrosa de los monjes se hubiera rejuvenecido con los colores.
En las celdas Jeroen hizo escenas de la vida de Jesús, y en la capilla plasmó tres momentos esenciales de la fe: el paraíso, el purgatorio y el infierno.
A lo largo de los años, haría muchas tablas sobre estos temas porque comprendía que había un lugar de salvación, otro de expiación y otro de condena, y que los hombres sólo podían moverse entre esos límites.
A partir de su estancia con los dominicos, se convirtió en un visitante asiduo de los libros.
Las jornadas en el monasterio las dividía entre la asistencia a la misa en el amanecer, su labor pictórica por las mañanas y la visita a la biblioteca por las tardes.
Fue en la biblioteca monástica donde, por lo demás, se enteró de la novedad de los libros impresos.
Pero, así facilitaran la lectura y divulgaran con rapidez el conocimiento, y se apreciaran mejor las xilografías y los grabados como sucedía con la Crónica del mundo de Hartmann Schedel, Jeroen prefería los libros iluminados.
Con todo, cuando llegó la imprenta a Hertogenbosch, se hizo cercano a su dueño para que este le separara un ejemplar de cada libro que imprimía.
En la biblioteca de los dominicos entabló, igualmente, amistad con Arnold Krünich, sacerdote de edad similar a la de su padre, encargado de impartirle las lecciones de latín.
Krünich era de baja estatura, facciones serenas y una barba de chivo que le llegaba hasta el pecho.
Su sapiencia se nutría de saberes infinitos.
Del latín sabía de memoria todas las declinaciones y las reglas con sus respectivas excepciones.
Conocía lo fundamental y mucho más de Platón y Aristóteles, de Agustín y Boecio, de Tomás de Aquino y Alberto Magno.
Identificaba el árbol, la flor, el pájaro con el nombre latino y su correspondiente en la lengua neerlandesa.
Recitaba, en hebreo y en griego, pasajes enteros de los Evangelios.
Aunque Arnold poseía la convicción —y esto lo aseveraba con humildad— de considerarse el más ignaro de los hombres.
Para cada evento —la coronación de un rey, la muerte de un caballero, una batalla, un auto de fe— tenía un comentario que Jeroen no sabía distinguir si era un chiste divertido o una crítica acerada.
Fue este mismo monje quien, a través de sus paliques diarios, le dijo que un cambio trascendental se estaba gestando en el seno del cristianismo.
«Hay tanta perversión en las altas instancias de la Iglesia», murmuraba, «que tocaremos fondo y de él surgirán nuevas sendas para acercarse a Dios».
Arnold le pedía a Jeroen, tomándolo del brazo, mantener reserva frente al tema de estas conversaciones.
Para muchos la más mínima crítica a los dogmas de la Iglesia merecía castigo.
Además, estaba la Santa Inquisición, emanación de la orden dominica que se había extendido por Europa, y cuyo deber era velar por la fe y condenar las herejías.
«Por supuesto», decía Arnold, «esto debe hacerse, pero los excesos del tribu nal han desembocado en la intransigencia y la brutalidad».
Hablaban quedo en tanto caminaban por el claustro.
Y en medio de las descripciones de las torturas de Krünich, se introducían los sonidos de la campana de la iglesia monástica.
Jeroen terminó llamando «La Innombrable» a esa campana, y se le oprimía el pecho cuando la escuchaba.