10
Jeroen intuyó que algo raro pasaba a su lado.
Unas sombras corrían en dirección contraria a la suya.
«¿Qué sucede?», preguntó a un hombre que tropezó con él.
Cargaba un costal sobre su espalda. Detrás iban figuras abrigadas en cuyas manos portaban palos.
Escuchó una voz decir que era un ajusticiamiento.
«¿De quién?», volvió a preguntar. Pero nadie le contestó.
A pesar de que no estaba del todo restablecido, a Jeroen lo picó la curiosidad.
En cada esquina el grupo callejero aumentaba.
Recorrieron la Hinthamerstraat hasta llegar a las periferias de la ciudad.
Todos se amparaban en las tinieblas con algunas antorchas.
Él se dio cuenta de que había mendigos que se servían de muletas para caminar.
A la altura de la capilla de San Antonio, levantó la cabeza.
Arriba de las edificaciones, hechas de piedra tallada, se dibujaba un firmamento negro con máculas grises.
Al fin se detuvieron en un callejón sin salida, próximo a la puerta de Bazeldonk.
Por un momento, disminuyó el rumor de las pisadas y las murmuraciones de la multitud.
Y los oídos de Jeroen percibieron el paso del viento de la noche que, de súbito, se había cargado de una llovizna fría.
El pintor tuvo un asomo de miedo y se dijo que lo mejor era volver sobre sus pasos.
Pero alguien señaló un portón de hierro.
Este se abrió y todos comenzaron a entrar.
La mayor parte llevaba sombreros y bonetes y se cubrían los rostros con sus capas.
Varias sombras buscaron las escaleras y él las siguió.
Los giros del ascenso le recordaron el molino de viento de la infancia y un miedo profundo lo atenazó cuando vio la gran ventana.
«Debo irme», se dijo. Sin embargo, hipnotizado, fue acercándose al vacío.
El hombre del costal entró, abajo, a una especie de ruedo.
Lo rodeaban las figuras trajeadas con abrigos espesos que Jeroen había visto antes.
Como seguían armados, él volvió a preguntarse quién sería el ajusticiado.
Entonces un jorobado, que fue recibido con aplausos y silbidos, fue al centro del patio y abrió el costal.
Una exclamación general se diseminó por el espacio.
Era un gato de gran talla y de pelambre naranjado.
Jeroen recordó los trajes nobles que había visto en la cabalgata mañanera.
«Tiene rabia», dijo alguien cerca. El jorobado inmovilizó al felino cogiéndolo del cuello.
Las patas, atadas con alambres, estaban extendidas, casi engarrotadas.
Los maullidos cesaron y un silencio tensó el aire.
Al pintor le entró pánico en el alma cuando intuyó lo que iba a pasar.
Había escuchado —su hermano Jan lo decía para ilustrar la maldad de las gentes aconsejadas por sus guías— que a los gatos los sacrificaban por ser emisarios del diablo.
Eran el símbolo de la lascivia, el ocio y la holganza.
Sólo había que verlos caminar y regodearse con impudicia en el seno de las mujeres que los cargaban.
O escuchar sus aullidos nocturnos cuando los zahería el celo.
O las maneras en que sus coitos desgarrados transcurrían para demostrar que lo de esas bestias tenía que ver con el pecado.
Y cuando resultaban siendo hembras, como lo era el animal del ruedo, la ojeriza crecía con más virulencia.
Jeroen quiso irse de una vez por todas. Escapar de aquel corral clandestino que reunía a una multitud vociferante en torno a una gata enferma.
Pero ¿quién podría asegurar que tenía rabia?
Otra voz cercana dijo que la visión del agua le provocaba irritación y atacaba a quien estuviese al lado.
Las pocas antorchas colgaban en las paredes para iluminar la escena.
A la víctima la desamarraron. Cuando se vio liberada, se precipitó hacia una parte donde no había fuego y comenzó a dar saltos en busca de las ventanas.
Ora se escabullía por entre las piernas de los que la circundaban.
Ora se detenía para erizarse como un rayo e intentar defenderse.
Oscilando entre la desesperación y el terror, zigzagueaba eludiendo el golpe de los garrotes.
Y sus aullidos eran tan agudos que se sobreponían a la batahola de la aglomeración.
En uno de esos impulsos, la gata llegó al mismo nivel del sitio desde donde Jeroen observaba.
De repente, los ojos del uno se unieron con los de la otra.
Y él no supo si la pavura de la mirada era suya o del animal.
La gata cayó de nuevo en sus cuatro patas y se resbaló cuando iba a tomar otra dirección.
Uno de los hombres, aprovechando el tropiezo, alcanzó con su porra el lomo.
El alarido resonó y se hizo uno con el júbilo de la grey.
El animal pudo dar un par de pasos y fue apaleado por los otros verdugos.
Jeroen buscó, finalmente, las escaleras.
Al traspasar el portón, volvió a regurgitar.
De vuelta a casa, sintió un asco todavía más inobjetable.
Del lugar donde había estado. De la gente que gozaba frente al sufrimiento de un animal perseguido.
De él mismo, que se había quedado allí por curiosidad y había terminado viéndole la cara al horror.