El jardín del mundo 9
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En uno de los días del regocijo colectivo, Jeroen tuvo su primera embriaguez.

Y también el primer atisbo de la crueldad de los hombres.

Los tres hermanos estaban en el mercado.

Los tenderetes, con carpas blancas, se alineaban en la plaza.

Sobre paños brillantes ondeaba el olor de las perdices asadas.

Platones de fresas y manzanas competían en color con los de las zanahorias y las coles.

Los intérpretes de la gaita y los panderos aprovechaban su faena y los sonidos eran tan vibrantes como los pasos de las danzas en derredor de las tiendas.

Los campesinos brincaban tomando a las mujeres por las cinturas y los brazos.

Tenían bonetes rojos y negros y de las medias, que se ajustaban a las piernas, emergían los trozos de tela gruesa que moldeaban las virilidades enhiestas.

Las mujeres, a su vez, llevaban pañolones blancos en las cabezas.

No se sabía muy bien si los niños gemían o reían o gritaban de la dicha o la desesperación al ver a sus mayores en semejante algazara.

Unos momentos atrás los Van Ake habían visto desfilar la cabalgata de los señores de los ducados de Borgoña y del Brabante.

A Jeroen le atraían, sobremanera, los atuendos de los más pudientes.

Había capas de terciopelo púrpura, jubones de raso azul, tafetanes de seda verde, mantillas de damasco naranjado y gorros de algodón gris.

Varios gentileshombres eran más visibles porque portaban en sus hopalandas —tan largas que desde los lomos de los caballos se desparramaban por el suelo— decenas de campanitas de oro y plata.

Estos últimos se veían más recios con sus gualdrapas, en cuyos diseños los amantes daban flores a las mujeres o iban a la caza del ciervo y el jabalí por entre bosques intrincados.

Y los estandartes, asomados por encima del gentío, festejaban una estirpe en la que las águilas y los leones dialogaban solemnemente con el cáliz y la cruz.

Las campanas de la catedral sonaron rotundas cuando Jeroen terminó de beber otro vaso de cerveza.

Temerario, el muchacho había apostado con Goessen y Jan a que era capaz de tomarse de un solo trago una damajuana de aguardiente.

Si lo hacía lo dejarían participar como primer pintor en el próximo encargo que recibieran de la catedral.

Si no, continuaría mezclando pigmentos y dibujando xilografías sobre los milagros de Jesucristo.

O se dedicaría a hacer árboles y paisajes y personajes del populacho.

Antes había tomado un vino agrio y su cabeza comenzaba a darle vueltas cuando apostó lo de la damajuana.

Miró a un lado y vio varias escenas. Un curandero que pretendía sanar de la locura a un vagabundo.

Aquel enarbolaba sus herramientas sobre la cabeza del enfermo y prometía la cura de todo descarrío.

Vio a otro hombre, espigado y narigón, vestido con una túnica rosada, que tenía un embudo sobre la cabeza y una cacerola colgada del cinturón.

«Miren», dijo Jan, «negocia trastos, pero se parece a los que venden indulgencias.

Pongámosle en las manos un misal y se salvará de ir a los infiernos».

Goessen se carcajeó propinándole una colleja a su hermano y le dijo que cuidara la lengua porque el mercado poseía bocas y orejas.

Jeroen se paró firmemente y apuró el recipiente de una sola bocanada.

Los dos hermanos contuvieron la respiración y, aplaudiendo, prometieron lo que desde hacía tiempo se merecía el muchacho.

El efecto del licor no demoró en presentarse.

Por fortuna, Goessen y Jan sostuvieron a Jeroen cuando se derrumbó.

Al llevarlo a uno de los quioscos para recostarlo, el vómito sobrevino como un caudal violáceo.

«Pobre Jeroen», dijo Goessen arrepentido.

Jan, sopesando el asunto, sentenció que las primeras borracheras dejaban grandes lecciones.

«Por ejemplo», y señalaba al que trasbocaba en un balde, «nunca hay que beber en demasía».

Jeroen vagaba por un hondo malestar. Sus hermanos le acariciaban el pelo y le daban cachetadas en los pómulos y la frente para que no se durmiera.

El joven pintor todo lo escuchaba como si estuviera metido en una marmita.

Se veía con las piernas afuera y la cabeza hundida en el interior del recipiente.

Las formas exteriores le daban vueltas vertiginosamente.

Al rato, el vómito pasó. Pero el muchacho estaba exhausto.

Sudaba frío y las náuseas lo oprimían. Los dos hermanos se negaron a llevarlo a casa porque sabían que sus padres reprocharían la mezquina apuesta.

Prefirieron, en cambio, ir adonde Jan Maess, el tabernero amigo de los Van Ake.

Allí dejaron a Jeroen acostado en un camastro, bajo el cuidado de la esposa de Maess.

Jeroen se despertó tarde en la noche. Creyéndose con fuerzas, pudo levantarse.

«¿Adónde vas?», preguntó la mujer a su lado.

«A casa», respondió él. «Es mejor que te acompañe», sugirió la señora Maess.

Él dijo que no era necesario. Estaba todavía indispuesto, pero podía caminar.

Cuando salió, el viento de afuera le hizo bien, pero ignoraba qué rumbo tomar.

De nuevo se sintió mal por lo que había hecho.

Aunque, con un regocijo íntimo, pensó en su ascenso en la jerarquía del taller.

Se emocionó imaginándose parado por primera vez frente a uno de los grandes caballetes y dando las indicaciones generales para la composición de la obra.

Alzó los ojos y vio la noche despejada. Una luna redonda resplandecía con tonalidades perla.

De pronto, una agriera le subió a la garganta como una arcada de fuego.

Regurgitó algo que ahora era de matiz verdoso.

«Jamás volveré a beber aguardiente», se dijo.

Y con pronunciar esa palabra se le vino encima una insoslayable impresión de asco.

El nuevo vómito produjo un efecto reconfortante y le llegaron bríos para emprender el camino de regreso.

Debía atravesar tres o cuatro calles, arribar a la plaza y empujar la puerta de su casa.

No le contaría a nadie lo ocurrido. Sus hermanos serían los únicos testigos y él les rogaría guardar el secreto.

Pero ¿y la señora Maess?, se preguntó con angustia.

Ella le diría a su esposo y este les contaría a sus padres y, en el taller, se enterarían todos de la torpeza cometida.