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Las pesadillas se repitieron tanto que terminaron por transformar el carácter del pintor adolescente.
Goessen, al enterarse de la crisis de su hermano, lo animaba diciendo que esas turbulencias disminuirían con el tiempo, y que lo mejor era sacar provecho de ellas y pintarlas.
Jeroen se negó a hacerlo. Las creía tan suyas que prefería no reproducirlas.
Los rescoldos del incendio fueron, sin embargo, desvaneciéndose de los sueños y, mientras pasaban los años, sin que él supiera explicarse cómo, empezaron a aparecer en las tablas pedidas por los señores de la nobleza.
Jan, por su lado, en las disquisiciones sobre lo que había ocurrido, opinaba que desastres así eran prueba fehaciente de que el infierno no pertenecía al más allá, sino que se insinuaba en la cotidianidad de los hombres.
Y como ejemplo mencionaba terremotos e inundaciones, hambrunas y guerras, vendavales y pestes.
Por tal razón —así intentaba calmar a su hermano menor— soñar con incendios infinitos era más que comprensible.
Jeroen concluía lo contrario. Algo había cambiado en su sensibilidad y esas pesadillas lo demostraban con holgura.
La tragedia lo dejó tan traumatizado que, antes de acostarse, revisaba cada rincón de la casa para verificar que no quedara ni una sola vela prendida.
No quería cargar sobre sí el peso de un nuevo remordimiento.
Él, por supuesto, no había ocasionado el incendio.
Pero era cierto también que nada del taller se salvó.
El fuego, decían, había empezado en una casa donde se tinturaban las telas, en la Verwerstraat.
Había otro rumor que señalaba como causa de la calamidad la desidia de un sacristán al dejar un cirio encendido en una capilla.
La clerecía, por su parte, señalaba uno de los burdeles como el origen del in fortunio.
Así que, justo por haberse iniciado en aquel recoveco del pecado, Hertogenbosch debía orar, pagar su falta con indulgencias, y sus habitantes, comprometerse con su reconstrucción.
La ciudad, de este modo, fue rehecha con rapidez.
El dinero de la Iglesia y la nobleza se ofreció generosamente.
La tribulación existía aquí y allá, se arengaba desde los púlpitos de los templos y las tarimas del mercado, pero el espíritu de la caridad humana era más grandioso.
Hombres y mujeres, niños y ancianos ayudaron a que Hertogenbosch resurgiera de las cenizas.
Enterrados los muertos y cuidados los heridos, se recogieron los escombros y se limpiaron las calles de balumba.
Después hubo jornadas en que ladrillos, argamasa y madera les otorgaron nuevas fachadas a las casas.
Hertogenbosch no descansaba en su movimiento de reconstrucción.
Ni siquiera las noches servían para reposar.
Los domingos eran destinados a acabar lo que ya se creía acabado.
Hasta que un día la población se reunió en la catedral para dar las gracias al Señor por haberla probado y congraciado con la resignación y la laboriosidad.
Luego hicieron una procesión. La muchedumbre marchó descalza, sin comer mayor cosa, embargada de oraciones devotas.
Y cuando el obispo dio la paz universal al finalizar la misa, se pasó a la fiesta y a la francachela.