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Fue a partir del incendio que la conciencia de Jeroen se alteró.
Iba a cumplir trece años y asistía en el taller a sus padres y a sus hermanos.
La proliferación de las capillas en Hertogenbosch daba muestras de que Dios y el dinero se amalgamaban con éxito.
Los mercaderes más adinerados solicitaban pinturas sobre la pasión de Jesucristo en las que debían aparecer ellos y sus familias como donantes.
O se encargaban, desde los monasterios y conventos, xilografías sobre el arte del buen vivir y el buen morir.
Jeroen era un colaborador esencial en encargos de este tipo.
Dibujaba las escenas de los pecados capitales que llevaban al infierno y las virtudes que ayudaban para acceder al cielo.
Su dormitorio, situado en el piso más alto de la casa, tenía un ventanuco a través del cual se veía uno de los flancos de la prisión de la ciudad.
Esa noche estaba abierto porque los días del estío eran sofocantes.
En algún momento, los gritos de afuera lo despertaron.
Su hermana Katharina le removió las mantas: «¡Hay un incendio!
¡Vístete y sal a la calle!», le dijo. «¿Y tú adónde vas?
», preguntó Jeroen poniéndose la ropa a las volandas.
«Buscaré las joyas de mamá y haré un amasijo con sus prendas».
Cuando lo vio vestido, Katharina dijo: «Ve al taller y salva lo que puedas».
El muchacho quiso lanzarse escaleras abajo, pero miró hacia afuera.
Las inmensas llamaradas lo lanzaron a la perplejidad.
Aislado del estropicio, se olvidó de lo que debía hacer y quedó varado en la contemplación del fuego.
No supo qué pasó en el resto de la noche hasta que, en medio de la ciudad devastada, Goessen y Jan lo encontraron deambulando por una de las rúas próximas al mercado.
Estaba descalzo, el atuendo sucio de tizne y tenía los ojos exorbitados.
De pronto, oyó que lo llamaban desde lejos y fue expelido de ese lugar de espanto donde había estado.
No dijo nada de lo ocurrido porque recordaba sólo hasta el instante en que su hermana lo había mandado al taller.
Más tarde, al enterarse de los estragos de la casa, se culpó a sí mismo con una resolución sin tregua.
Si hubiera obedecido a Katharina, algunos objetos del taller habrían sobrevivido.
Acaso la inmensa Biblia de San Luis cuyas iluminaciones copiaba desde hacía días.
Tal vez el retablo con la coronación de espinas que se había colocado al lado de su silla en espera de que los donantes vinieran a reclamarlo.
Jeroen no pudo hacer nada porque algo superior a sus fuerzas lo había arrojado a la intemperie.
Como un alma en pena, vagó por entre casas asoladas por el fuego y callejas que iban recibiendo el peso de las techumbres y los muros.
Y cuando intentaba recordar su itinerario por los recovecos ígneos, no surgía ninguna imagen en su memoria.
El padre dijo que no importaban las pérdidas materiales porque la familia había resultado indemne.
El taller se reconstruiría y los tapices, las pinturas y los retablos se volverían a efectuar.
Eran unos afortunados, decía la madre, en medio del desastre generalizado.
Gran parte de la ciudad, en efecto, había quedado reducida a escombros.
Muchos cuerpos ennegrecidos fueron amontonados en un descampado próximo al cementerio.
Por donde se mirase, cundía la desolación.
La casa de los Van Aken y otras pocas más, contiguas a la catedral, se habían salvado.
El ladrillo y la piedra impidieron que fueran devoradas completamente por el fuego.
Con el gran templo había sucedido lo mismo.
Como una revelación de la grandeza divina, pudo salir intacto de las flamas.
Jeroen lloró al recorrer los vestigios del taller.
Es verdad que los sentimientos de culpa fueron disminuyendo, pero entonces comenzó el vendaval de las pesadillas.
Era como si todo lo olvidado en la vigilia de esa noche se reflejase en los sueños con claridad.
El muchacho deambulaba por parajes delineados por un humo y un resplandor ominosos.
Veía, abajo, multitudes de hombres y mujeres que, en vez de buscar auxilio, permanecían paralizadas a la espera de que las hogueras las aniquilaran.
Él manoteaba con angustia advirtiéndoles de las llamas que se extendían por todas partes.
Pero nadie le hacía caso. De repente, se daba cuenta de que a todos los cubría la desnudez.
Contemplaba el follaje abrasado de los árboles y su aureola enorme trasuntaba las sombras de quienes, como estatuas perplejas, se dejaban arrasar por la deflagración.
Otras veces, en los relieves del sueño había alguien inmenso que escupía un vaho rojo hacia las nubes calcinadas.
Entonces era cuando los ojos de Jeroen se detenían en las figuras con alas.
No sabía si eran antifaces ígneos, o si habían sido enviadas por el gran responsable de la calamidad.
Pero la pesadilla que más lo agobiaba era la que le mostraba su propia casa emergiendo del incendio como un esqueleto de ruinas tristes.
Jeroen creía oír la voz de su hermana que le decía que saliera.
Pero, en vez de buscar el sitio desde donde se le llamaba, iba hacia el ventanuco de la pieza.
Y brotaba, más allá de la ventana, una silueta.
Era negra, jorobada y tenía cola. Salía de la prisión vecina y, caminando sobre una tabla, se le aproximaba.
El fuego era tan ubicuo que resultaba extraño que el demonio sostuviera una antorcha apagada.
En ese instante, Jeroen despertaba y escuchaba desde los límites de la vigilia que aquel diablo pronunciaba su nombre.
Gritaba en un latín despedazado: ¡Jheronimus!
Y el nombre resonaba una y otra vez en la geografía llameante del sueño.