El jardín del mundo 6
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Ahora bien, si la armonía del matrimonio se afincaba en el pilar de una confianza mutua, la otra base se hundía en los momentos de la intimidad.

Los dos agradecían al Creador que los hubiera reunido.

¿Era un milagro? Jeroen creía que sí. Levantarse cada día y poder pintar era un milagro.

Lo era vivir sin llegar a enfermarse con gravedad.

Saberse en medio del desahogo económico, cuando la mayor parte de los artesanos y pintores de la región cargaban el peso de una existencia miserable, era un milagro.

Un milagro que la madera, las hornillas, los pigmentos, los aceites y los pinceles estuvieran donde debían estar.

Que Stephan Fraenger y Alfred Schmitt fueran los responsables de este orden diario.

Había sido un milagro tener abuelos, padres y hermanos que no pasaron por alto su talento.

Un verdadero milagro que él y su familia hubieran sobrevivido al gran incendio de Hertogenbosch.

Pero el evento más extraordinario de todos era la presencia de Aleid.

Y que ella, que tanto le atraía vestida, fuese aún más adorable cuando se le entregaba desnuda.

La noche de la boda, la mujer confesó que uno de sus mayores deseos era dormir sin ropa.

Jeroen le dijo que él lo hacía desde la adolescencia siguiendo el ejemplo de sus hermanos mayores.

La justificación de un hábito así apuntaba simplemente a la comodidad.

Desde la primera noche que pasaron juntos, Aleid y él durmieron desnudos.

Este acuerdo no les ocasionó ninguna traba.

Pegaban sus cuerpos, que parecían tener las mismas cualidades y exigencias frente al calor y el frío y, abrazados, esperaban a que el sueño los cobijara.

Las de ellos eran anatomías similares. Delgadas, sólidas, cimbreñas.

Los senos de Aleid, diminutos y firmes, se avenían bien a sus caderas estrechas y a sus nalgas erguidas.

Los dos, asimismo, eran de piel blanca y en las ocupaciones del tálamo no brotaban olores repelentes.

«Si no fuera por tus pechos y tu pubis, seríamos iguales», le decía Jeroen al oído.

A lo que Aleid lo encaraba para decirle que no minimizara lo que era la base de su atracción.

«De no ser diferentes», susurraba mientras se le apegaba más al pecho, «no estaríamos juntos».

Pero los hijos nunca llegaron. Esto fue motivo de tristeza, pero no de reproche y amargura.

Al ver que ella no quedaba empreñada, consultaron al barbero.

Jasper Vandenberghe propuso, de entrada, el diente de ajo.

Había que introducirlo en la vagina para verificar, a través del olor, si había algún desarreglo en esas zonas del cuerpo.

Aleid, sonrojándose, se opuso a que cualquier hombre, y más aun un desconocido, le olisqueara la vulva.

Era un paso que no daría, así el fantasma de la esterilidad la atormentara hasta la muerte.

Con todo, tomó bebidas de yerbas, hizo ayunos largos y se colgó del cuello varios talismanes.

También hubo de frecuentar la camándula —tal fue la recomendación de su sacerdote confesor— para que el embarazo se diera.

Jeroen, por su parte, consideraba que en él residía el problema.

Pero le explicaron que en estos casos lo común era la infecundidad de la mujer.

Aun así, él también tomó brebajes y rezó en compañía de su esposa.

Hasta que un día aceptaron que ambos eran inútiles para los engendramientos.

Agotados de seguir recetas embrolladas y de ver que Dios no hacía caso a sus peticiones, decidieron seguir viviendo sin que la ausencia de los hijos los torturara demasiado.