El jardín del mundo 5
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«Sano de la conciencia», pensaba una vez más Jeroen.

Transcurridos tantos años desde la caída del molino, ¿qué significaba esa frase?

La suya, en todo caso, no era una conciencia limpia.

¿Quién podía, sin embargo, tenerla en estos tiempos en que el mundo estaba gobernado por el desvarío?

Si le preguntaran qué opinión le merecían los hombres que se movían estimulados por las angurrias del coleto, la voracidad de la lujuria y los tormentos de la envidia, Jeroen no vacilaría en responder que a una criatura de tal factura había que castigarla aquí o en el más allá de la muerte.

Si él creyera lo contrario, si guardase esperanzas por el devenir de la humanidad, no hubiera pintado lo que tanto celebraban en las comarcas europeas.

Su conclusión era que los hombres tenían el cuerpo, la mente y el espíritu completamente contrahechos.

Y dudaba en separar de la colectividad corrompida a quienes pregonaban el amor cristiano.

Sabía que hasta esos mismos pregones, lanzados por una Iglesia degenerada, contribuían a que el mal se expandiera con mayor velocidad.

Cuando departía sobre estos temas con Aleid, ella lo miraba con algo de consolación y le decía que el mundo era depravado desde los tiempos del diluvio, y que ellos dos no eran ni mucho menos el mejor paradigma de los que iban por el lado correcto.

Aleid era la nieta de un notario de la ciudad.

Entre sus familiares próximos había un canónigo, un cobrador de impuestos y un estudiante de jurisprudencia.

Se habían conocido en una de las cenas que, cada año, ofrecía la cofradía de Nuestra Señora, en su sede de la Hinthamerstraat.

Allí se preparaba la carne del cisne, animal emblemático de la agrupación, en guisos, asados y ensaladas.

Aleid era esbelta y de cabellos castaños.

Tenía la piel tan blanca que él, cuando la veía desnuda en el lecho oscurecido, evocaba aquellas aves sacrificadas.

Desde un principio, le subyugaron las maneras de una mujer que conservaba la elegancia de los pudientes en sus movimientos pero que, en las chanzas íntimas, deslizaba una facundia propia del populacho.

Durante el tiempo del noviazgo, Jeroen la visitó en su casa de la Schilderstraat y allí le pedía que imitara a los vendedores del mercado o a los campesinos que recogían el trigo para la factura de los panes.

Ella entonces reproducía las guisas con que aquella gente se peleaba por cualquier cosa, o se comportaba ante la gula, la ira y la codicia.

Jeroen se limpiaba las lágrimas y se cogía el vientre para no reventarse de la risa.

En este rasgo pintoresco, sumado al fulgor cotidiano de quien administraba con equilibrio su hogar y sus negocios en un mundo gobernado por hombres, era donde residía uno de los encantos de la mujer.

Aleid había heredado de su padre varias propiedades en Hertogenbosch y una casa de campo en Oirschot.

Todo esto lo regía con tanta inteligencia que, al casarse, las cosas quedaron claras para ambos.

Aleid se ocuparía del hogar y estaría al frente de las transacciones económicas.

Mientras que Jeroen velaría por el taller, el destino de sus obras y la formación de sus pupilos.

Sin embargo, cuando la fama del pintor empezó a difundirse por el Brabante, y en la medida en que llegaban los encargos de la nobleza de Brujas, Amberes y Bruselas, Aleid tuvo que entrometerse.

La razón consistió en que Goessen, quien había acompañado siempre a su hermano en las contrataciones, fue mostrando una ambición malsana.

Se dio a cobrar sumas altas y a llevarse una porción significativa.

Jeroen levantaba los hombros con algo de desdén frente a las cuestiones del dinero.

Pero supo que lo mejor, para su estabilidad matrimonial y el futuro de su profesión, era confiar en su esposa.

La desavenencia culminó en el distanciamiento de los hermanos y en la venta que Jeroen les hizo de la parte de la casa que, por ser hijo de Anthonis van Ake, había heredado.

De esta manera, se inició un período de independencia y holgura para la pareja.

Se instalaron en la casa de Aleid, muy cerca de la otra donde había nacido y crecido el pintor.

La nueva morada tenía una fachada de seis metros y su tejado era a dos aguas y escalonado con sobriedad.

Gozaba de varias chimeneas, una caldera, una destilería y hasta de un baño cuyas aguas solían calentarse.

Y, además, había habitaciones suficientes para albergar a la servidumbre, que ayudaba en las faenas domésticas, y a los jóvenes aprendices del maestro pintor, que vendrían después.