El jardín del mundo 4
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Una vez preguntó a su padre qué eran ellos.

Es decir, él y su esposa, los cuatro hijos, el grupo de hombres y mujeres que circulaban por el taller efectuando múltiples actividades.

Desde las horas del alba hasta bien entrada la noche cortaban la madera y las telas.

Pulían los cristales. Mezclaban las tintas y las pinturas.

Mensuraban en balanzas gramajes de granos verdes y polvos diamantinos.

Anthonis, así se llamaba el progenitor, reaccionó ante la pregunta como si la estuviera esperando desde hacía tiempo.

Él había deseado que Jeroen ejerciera el oficio de Esculapio.

La madre, por su parte, quiso que fuera sacerdote.

Pero ante la evidencia del talento del niño por las artes cambiaron de decisión.

Anthonis enderezó el cuerpo, que era semejante a una pértiga, y alzó uno de los dedos índices con gesto inapelable.

Miró a Jeroen, a sus otros hijos y volvió a encontrarse con los ojos de quien había preguntado.

Entonces respondió con voz recia: «Somos pintores».

Jeroen comenzó, desde muy temprano, dibujando nacimientos del Niño Jesús, adoraciones de Reyes Magos, huidas de la Sagrada Familia a Egipto.

Cuando hacía la vaca y el burro, a María y a José, era elogiado por los suyos.

En cierta ocasión, la madre vio en el papel al hijo de Dios portando la cruz, y se regocijó tanto ante la bondad del semblante que cubrió de besos a su hijo.

Ella misma, aprendidas las primeras letras del latín en la escuela de la Kerkstraat, guiaba al niño en los temas religiosos.

Con Anthonis, por su lado, acostumbraban a ir a las iglesias para observar cómo en las fachadas surgían, tallados en la piedra, el Señor y los apóstoles.

Iban especialmente a las capillas de San Antonio y Santiago y a la catedral de San Juan.

Frente a las crucifixiones, Jeroen miraba cada detalle del sufrimiento del que había muerto para redimir a la humanidad.

Las heridas en los brazos, las piernas y el costado, la corona de espinas y las muecas de dolor.

Anthonis lo paseaba también por la sillería de los coros.

Allí estaban forjados el acróbata que se paraba en las manos, el abrazo de los dos dragones, el cuerno del caballo y su caricia en el regazo de la doncella.

Sobre el chico caían, como en cascada, explicaciones simbólicas a las cuales él decía sí con la cabeza, sin comprender por qué los animales se vinculaban con el pecado y la culpa, o con la pureza y la salvación.

Hasta que terminaban mirando el tímpano sesgado de ángeles y demonios.

Pendientes de los gestos de los gnomos y de las gárgolas y de los músicos que desfilaban, como si estuvieran en una cabalgata enloquecida, por los arbotantes de la catedral inacabada.

En el rincón que le asignaron en el taller, Jeroen fue sumergiéndose en los textos iluminados.

Esos libros estaban hechos para entretener las horas del ocio, le habían dicho.

Pero a él, más que diversión, le provocaron un extravío delicioso en las coordenadas de la imaginación.

El de los hermanos Limbourg lo cautivó por la dimensión de sus azules miríficos y la delicadeza fina con que los castillos se levantaban al fondo de los paisajes.

Y el de Thérouanne, por el entramado boscoso de las letras que circundaba a pájaros ambarinos y a podencos rojos.

Su hermana Katharina lo sentaba a su lado y, ante los trazos coloridos, le pasaba papel para que copiara a quienes iban a la caza, a los que se reunían en las ceremonias eclesiásticas, a esos otros que se entremataban en las guerras.

Jeroen reproducía tan bien las figuras que ella le acariciaba los cabellos y le besaba la frente.

Goessen y Jan, sus hermanos mayores, aplaudían sin vacilación porque los ríos, los lagos y los caseríos representados poseían la amplitud de los parajes vistos desde arriba.

«Te pareces a Dios, que lo mira todo desde el cielo», le decían dándole palmaditas en las mejillas rubicundas.