El jardín del mundo 3
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En el taller, Jeroen le dio vueltas al sentido de la frase maternal.

¿Hasta dónde él, que había hecho tantas fantasmagorías, era un hombre sano?

Trató de responder esa pregunta, pero con la evocación de su madre le llegó la de sus otros familiares.

Desvanecido el rostro de ella —los ojos de un azul penetrante, la pequeña y grácil estatura, la cofia blanca que llevaba todos los días—, se trazaron las imágenes coloridas.

Al recordar a los suyos, Van Ake los veía así.

Semblantes y extremidades, delantales y faldas, cada tajuelo, cada mesa, cada baúl brotaban de su memoria embadurnados de colores.

Aparecían como las marcas de un oficio que remitían a los tiempos en que las labores del pintor se amalgamaban con las del orfebre, el albañil y el carpintero.

Por esta razón, Jeroen se comprendía a sí mismo como una exhalación de ese ámbito humano, y consideraba el taller familiar como el lugar de todas las iniciaciones.

Sus padres se habían instalado en una casa de la parte oriental de la plaza de mercado de Hertogenbosch.

Llamado In Sint Thoenis , el edificio tenía varios pisos y fue adquirido por Jan Thomaszoon, el abuelo.

Este era un artesano que no albergaba la idea de saberse más importante que un carnicero, un alfarero o un mercader.

Sentía orgullo de que sus vecinos fueran personas dignas de tales oficios, y era cierto que su talento y la capacidad de inculcar a sus descendientes los apegos por la pintura le habían otorgado prestigio.

Thomaszoon fue el artesano más importante de la ciudad.

Los encargos de obras se los hacían las iglesias, los monasterios y los conventos.

Eran, por lo general, retablos con escenas del Antiguo Testamento y los Evangelios.

Cumpliendo estas ta reas, Thomaszoon le otorgó un cierto brillo a la ciudad.

Hertogenbosch entonces parecía pequeña al comparársela con las urbes vecinas.

Brujas, Amberes y Bruselas la aventajaban con creces.

Brillaban los templos con más ímpetu en sus calles.

Residían en los palacios gentes más notables, más viajeras, más adineradas.

El crecimiento de Hertogenbosch, en cambio, transcurría con una parsimonia tal que parecía que nada ni nadie podía sacarla de su ensimismamiento en las estaciones frías y de su marasmo en las ardientes.

La catedral, como un reflejo de esa lentitud, llevaba más de ciento cincuenta años construyéndose.

Jeroen había visto a los obreros ascendiendo y descendiendo andamios, a lo largo de las décadas, con la carga de las piedras, la madera y los vidrios.

El bullicio de las voces, el repique de los martillos y el chirriar de las poleas eran una especie de condena porque jamás finalizaban.

Pero ¿cómo no reconocer que su ciudad hacía todo lo posible para adquirir reputación?

Se la aclamaba por una feria de cuchillos y campanas que atraía visitantes y forasteros.

Los señores del ducado de Borgoña impulsaban no sólo el comercio y la devoción, sino también las artes de la iluminación y la factura de los tapices, los retablos y las tablas al óleo.

Y este fervor se manifestaba con pujanza en la cofradía de Nuestra Señora.

Como su abuelo, su padre y sus hermanos lo habían hecho, Jeroen van Ake también trabajaba para ella.