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Como el dolor era permanente, y se había acrecentado en los últimos días, Aleid hizo llamar a Jasper Vanderberghe.
El barbero los asistía desde hacía años.
Vanderberghe tenía una prolongada calvicie.
Más que hablar escuchaba y, aunque lo caracterizaba la timidez, su sonrisa era jovial.
Entre el ir y venir de la mano del uno en el pie del otro, el pintor narró el episodio de la infancia.
Tenía cinco o seis años cuando había subido al molino de viento.
El artefacto se levantaba en las afueras de Hertogenbosch.
Su madre visitaba cada semana a la mujer del molinero, pues eran comadres y propensas al chisme.
El niño, aprovechando el cuchicheo de las dos mujeres, buscó las escalinatas.
Había una ventana en lo alto y él quería ver las aspas del molino desde más cerca.
Y no sólo verlas, sino tocarlas. «¿De qué están hechas?
», preguntó Jeroen. «¿Por qué se mueven sin hacer ruido?
». Su madre explicó el mecanismo y dijo que se trataba de la unión de dos seres, el viento y la madera, forjados el uno para el otro por la voluntad de Dios.
El niño se sentía, sobre todo, encantado con las aves.
Estas se aproximaban y permanecían allí, girando con las aspas mismas sin emprender el vuelo.
Aquella mañana, Jeroen ascendió por los peldaños en forma de espiral y alcanzó la parte alta del molino.
Y, desde la ventana y con el corazón acelerado, contempló el giro dilatado de las tablas.
Fue la visión del más allá, empero, lo que lo estremeció.
Los tejados eran un diseño abigarrado de ondulaciones rojizas.
La catedral sobresalía con sus torres negras ya culminadas.
Las murallas, delimitando la ciudad, detenían el cauce de los ríos grisáceos.
Enseguida divisó los sembradíos, verdes y sepias, propagados hasta donde se extraviaba la mirada.
Y mu cho más lejos todavía, en un entrecruzamiento de senderos, aparecía un lago rutilante.
Embelesado no sólo con lo que estaba viendo, sino con la idea de conocer lo que sucedía en esas coordenadas, el niño se asustó con el perro.
Había emergido de alguna parte. Era negro, enorme y ladraba con furia.
Estas dos circunstancias —el tamaño del animal y el escándalo de su voz— lo hicieron retroceder.
Entonces Jeroen buscó la ventana. «No sé qué pasó», le dijo Van Ake a Vanderberghe, «y caí al vacío».
El barbero no detuvo el movimiento. Siguió, impertérrito, masajeando, aunque cerró los ojos para imaginar lo sucedido.
«Todo se oscureció», continuó el pintor.
«Después desperté. Mi madre me miraba alegre y compasiva.
Por suerte, eso explicó ella, las ramas de un árbol, al lado del molino, habían desviado la trayectoria de la caída.
Así que, en vez de la cabeza o la espalda, fue el pie izquierdo el que soportó el cuerpo».
Médico y paciente guardaron silencio. Luego, antes de despedirse, Jeroen dijo que el recuerdo de su madre era nítido en su memoria.
Precisó que ella le besaba las manos y agradecía a Dios por haberlo despertado sano de la conciencia.
Delante del barbero, el pintor posó el pie en el tapete.
Dio unos cuantos pasos con cuidado y se dio cuenta de que el dolor había menguado.
Vanderberghe le explicó cómo debía hacerse los masajes.
Era menester efectuarlos en la mañana y en las noches.
Aconsejó algunas cosas. Caminar descalzo a pico y monto.
Apoyarse en los dedos y levantar el empeine.
Usar zapatos con suela y taco firmes para caminar las calles empedradas.
Antes de que el barbero saliera de la casa, Jeroen recibió dos potes con pomadas para su pie.
El color naranja de la caléndula y el árnica —el uno intenso y el otro más reposado— le provocaron una especie de exaltación.
Aunque la mañana estaba encapotada. Era el tiempo de las lloviznas gélidas e interminables.