Capítulo 13 Clara #2
El desván era una galería alargada y lúgubre que seguía la línea del tejado.
La luz era casi inexistente; apenas una claridad cenicienta que se filtraba por dos claraboyas redondas y cubiertas de hollín.
Encima de su cabeza, el estrépito de la lluvia contra las tejas era ensordecedor, un galope constante que hacía vibrar las vigas de castaño que cruzaban el techo como las costillas de un animal varado.
Clara avanzó agachándose un poco para no rozar las telarañas que colgaban de los puntales.
El espacio estaba abarrotado de los restos del inventario de una familia extinguida: sillas de enea con las patas rotas, jofainas de loza agrietada, somieres de hierro forjado y fajos de periódicos viejos —el Diário de Notícias de los años cuarenta— atados con alambres que la herrumbre había disuelto sobre las portadas.
Cerca de la segunda claraboya, medio oculta tras un armario de tres lunas cuyos espejos estaban ahumados por la humedad, distinguió una pequeña caja de madera de embalaje.
Dentro, entre unos trapos de cocina endurecidos por la grasa y una lata vacía de betún, asomaba una caja de zapatos de cartón rígido.
Era una pieza sólida, de una antigua zapatería del Chiado que probablemente había cerrado antes de la guerra, con los cantos reforzados con tela gris.
Estaba firmemente atada con un cabo de cordel de cáñamo, asegurado con un nudo doble y apretado que el tiempo había endurecido hasta volverlo casi de piedra.
Clara se arrodilló sobre las losas polvorientas.
Una gota de agua filtrada por el tejado le cayó exactamente en la nuca, un latigazo frío que la hizo estremecerse, pero no apartó las manos del cartón.
Tiró del cordel con un movimiento seco del torso; el hilo bramante crujió, cedió y el nudo se deshizo, dejando caer una costra de polvo gris sobre sus rodillas de pana.
Retiró la tapa.
Un aroma sutil y almibarado, una mezcla de lavanda rancia y vinagre de tocador, subió del interior, idéntico al olor extraño que la había recibido el primer día al abrir la puerta trasera de la Quinta.
La caja estaba llena de pliegos de papel amarillento, doblados en tres partes y ordenados con una fijeza militar.
Tomó el primer fajo. Eran aburridos. Papeles de la finca, facturas de una botica de la rúa Garrett fechadas en el invierno de 1934, recibos del carbón de coque para la cocina económica y notificaciones de un procurador de Évora sobre los lindes de un olivar en el Alentejo.
Todos llevaban en el reverso la caligrafía apretada, picuda y regular de Henrique de Sousa, sus notas marginales de hombre de leyes que no toleraba un error en los decimales.
Clara sintió una oleada de decepción que le subió por el cuello; era el mismo esqueleto burocrático que Tomás ya había catalogado en las cajas de abajo, el inventario de un matrimonio muerto que no explicaba nada sobre el destino de los cuadernos.
Pasó las hojas con los dedos lentos, descartando recibos de contribuciones rústicas y pólizas de seguros contra el granizo.
Quedaban apenas tres documentos en el fondo del cartón.
Estuvo a punto de cerrar la caja y bajar a la cocina, vencida por el frío que ya le entumecía las falanges, cuando sus dedos tocaron un pliego suelto que descansaba contra el fondo.
A diferencia de las facturas de papel de barba, este sobre era de un lino azulado, grueso, el tipo de papel que las mujeres de buena familia empleaban para la correspondencia privada que no pasaba por los despachos.
No tenía sello, ni dirección postal, ni el membrete del Secretariado de Propaganda.
Solo una palabra escrita en el centro con una tinta violeta, intensa, que no había virado al marrón de la ferrogálica:
Carmo.
La caligrafía era limpia, despojada de las curvas ornamentales de la época, trazada con la línea recta y la fijeza de una aguja de coser. Una mano moderna, feroz, que Clara reconoció antes de procesar el nombre.
Extrajo el pliego con un temblor repentino en las yemas de los dedos. Se acercó a la claraboya sucia, buscando el último reflejo gris de la tarde de Sintra que se apagaba detrás de los pinos de la Estrada da Pena.
La última carta no era un recibo. La última empezaba:
“Perdóname por llamarte como él ya no te llama.”
Clara contuvo la respiración, sintiendo cómo el corazón le daba un vuelco violento contra las costillas.
Las palabras se clavaron en sus ojos de traductora con la nitidez de una revelación botánica, idéntica a la camelia roja que florecía en el naranjo amargo.
Había en esa primera línea una intimidad salvaje, un derecho absoluto que borraba de un plumazo los contratos de Henrique, las leyes de la dictadura y las opiniones del doctor Soares.
Bajó la vista a toda prisa por el papel satinado, devorando las líneas donde la tinta violeta parecía aún fresca en mitad de la penumbra del desván. En la esquina inferior derecha, el trazo final era apenas un rasguño ascendente, una firma corta que clausuraba la noche:
Inês.
Clara se apoyó contra la viga de castaño, con la carta temblando entre sus manos, mientras arriba, sobre las tejas rotas de la Quinta, la lluvia de Sintra continuaba cayendo sin descanso.