El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 13 Clara
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Capítulo 13 Clara

El Peugeot de Tomás se había marchado a última hora de la tarde del viernes, con el motor cociéndose en una tos sorda que la niebla de la Estrada da Pena terminó por apagar a los pocos metros de la verja.

Había regresado a Coímbra para el fin de semana; un asunto confuso relacionado con unas décimas de fiebre de su hija Lia, o tal vez, simplemente, la necesidad humana de escapar de la verticalidad húmeda de Sintra, que a partir de noviembre terminaba por pegarse a los huesos como un moho invisible.

Clara se había quedado sola. Durante las primeras horas, la quietud absoluta de la Quinta dos Loureiros le pareció una victoria pequeña y privada.

Tenía la biblioteca entera a su disposición, la cocina libre del vapor de dos tazas de café y el silencio exacto que su trabajo de catalogación exigía, sin el sutil peso de otra respiración al fondo de la gran mesa de roble.

No tenía que negociar los postigos, ni disculparse por el estrépito de su ordenador portátil al cerrarse, ni soportar esa fijeza casi obsesiva con la que Tomás examinaba cada pliego de papel de barba.

Sin embargo, para el mediodía del sábado, el vacío de la casa comenzó a mudar de carácter.

No era la ausencia hostil y erizada que Clara recordaba de sus últimos meses en Madrid, cuando Daniel abandonaba el piso tras una discusión, dejando tras de sí un rastro de portazos y un aire denso que tardaba horas en ventilarse.

Esto era diferente. Al deambular por el pasillo central, esquivando instintivamente la consola carcomida y el espantoso paragüero de pata de elefante, Clara se sorprendió a sí misma mirando hacia el rincón del recibidor donde Tomás solía dejar su paraguas chorreando agua, o esperando el siseo familiar de sus pantalones de pana contra las tablas del suelo.

Se descubrió extrañándola. Aquella constatación la asaltó mientras esperaba a que la cafetera italiana terminara de subir en la cocina de la casa de los guardeses.

Era una sensación extraña, casi incómoda por lo imprevista: extrañaba una presencia que, curiosamente, no la incomodaba.

Toda su vida adulta, desde los primeros noviazgos en Santiago hasta los seis años de convivencia con Daniel, había asociado la cercanía de un hombre con una sutil invasión del territorio propio, un ejercicio constante de resistencia para no dejarse recortar los márgenes.

Daniel siempre había ocupado demasiado espacio; corregía sus comas, modulaba su condescendencia en los restaurantes de Chueca y la trataba como a una nota a pie de página en su propia vida.

Tomás, en cambio, con sus dedos manchados de tinta ferrogálica y sus camisas que olían a jabón de glicerina barato, simplemente existía a su lado, en una línea paralela que no pretendía cruzarla ni corregirla.

Su silencio en la biblioteca no era un arma defensiva; era un terreno compartido.

Miró el teléfono móvil sobre la mesa de madera de pino.

La pantalla reflejaba la luz verdosa y mortecina que bajaba de la sierra.

Sintió una repentina necesidad de escuchar una voz que perteneciera a su propio mundo, una coordenada limpia que la sacara de aquel estancamiento de azulejos desvaídos y camelias carmesíes que florecían fuera de temporada.

Marcó el número de la casa de Vigo. Era la hora en que su madre solía sentarse junto al radiador de fundición, con el bolso sintético ya guardado en el armario y los ojos fijos en el telediario de la tarde.

La línea dio tres tonos largos, profundos, con ese eco metálico que tienen las llamadas que cruzan la frontera del Miño. Luego se oyó un chasquido rudo.

—¿Sí? —La voz de Pilar apareció de golpe, desprovista de preámbulos.

—Mamá, soy yo. Clara.

—Ah. Hola, niña. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? —Pilar habló con una prisa inusual, un ritmo atropellado que no encajaba con su habitual parsimonia de mujer de la costa.

—Sí, estoy bien. Trabajando en la biblioteca.

—Dijeron en la televisión que iba a entrar un temporal por el sur, por la parte de Lisboa. Aquí en Vigo ya empezó a desconfiar el cielo. Tienes que mirar bien los canalones de esa casa, Clara, que las techumbres viejas no avisan cuando se van abajo.

Clara frunció el ceño, apoyando el hombro contra el azulejo frío de la cocina. Había algo raro en la vibración de la voz de su madre; una delgadez defensiva, como si estuviera doblando un papel en secreto mientras hablaba. Pilar jamás se preocupaba por los temporales ajenos a su propio patio.

—Los canalones están bien, mamá —interrumpió Clara, buscando el tono directo que usaba cuando liquidaban los timbres del Estado en la notaría—.

Escúchame. Llevo días revisando las cajas del ala norte.

Hay cientos de cartas, documentos de administración de los años treinta, particiones de fincas en el Alentejo.

.. Todo viene a nombre de la familia Almeida. De una mujer llamada Maria do Carmo.

Al otro lado del hilo telefónico no hubo respuesta. Solo el siseo estático de la línea, un murmullo constante que imitaba el ruido del oleaje en los muelles de Vigo.

—¿Mamá? ¿Sigues ahí?

—Sí —dijo Pilar. Una sola sílaba, seca como una rama de pino muerta.

Clara tomó aire, apretando el auricular contra la oreja hasta que el plástico le dolió en el cartílago. No quería más silencios pesados que se incorporasen al pan de la cena, ni más claudicaciones aplazadas durante treinta años.

—¿Tú sabías que mi tío tenía esta casa?

La pregunta cayó entre las dos con la fijeza de una piedra lanzada a un pozo ciego.

El silencio que se instaló a continuación fue absoluto, denso, un vacío físico que pareció congelar el aire dentro de la cocina de los guardeses.

No era el silencio de quien busca una fecha o un nombre en la memoria, sino la inmovilidad terca de quien ha sido descubierto en mitad de la penumbra y decide no respirar para no revelar su posición.

Clara pudo imaginar perfectamente las falanges de su madre apretándose blancas alrededor del asa de su bolso, la línea de la mandíbula endurecida bajo la luz fluorescente de la cocina gallega.

—Mamá, contéstame —insistió Clara, sintiendo un latido rápido en la boca del estómago—.

El notario de Vigo me dijo que esto era de un pariente de papá, alguien que guardó lo que no era suyo.

Pero tú estuviste en Sintra en el setenta y seis.

Conoces este sitio. Sabes perfectamente de quién era este suelo.

Cuando Pilar volvió a hablar, su voz había recuperado esa fijeza de roca de la costa que ha aprendido a no retener el agua de las olas, esa armadura de los Mendes que ninguna pregunta lograba agrietar.

—Hablamos cuando vuelvas —dijo, sin una sola inflexión de afecto o de reproche.

—No, mamá, no me vas a colgar otra vez...

—Hablamos cuando vuelvas. Cuídate, niña.

El clic de la comunicación cortada sonó limpio, un impacto sordo que dejó a Clara escuchando el tono discontinuo de la línea muerta.

Se quedó mirando el teléfono durante un minuto entero, con las cejas juntas, sintiendo el peso de la omisión en el pecho, un hueco donde las verdades familiares se amontonaban sin orden ni concierto.

Como si el rechazo de su madre hubiera sido la señal que la montaña esperaba para romper amarras, la primera oleada de lluvia violenta golpeó los cristales del ventanal de la cocina.

No era la llovizna fina y paciente de las mañanas de Coímbra, sino un aguacero del Atlántico, espeso y repentino, que emborronó de inmediato la silueta del invernadero en ruinas y transformó los castaños del jardín en fantasmas plomizos.

La casa pareció encogerse a su alrededor.

La luz se volvió del color del aceite rancio y el frío de la serra entró por las rendijas de las gomas viejas con un silbido asmático.

Clara guardó el teléfono en el bolsillo del abrigo y caminó hacia el vestíbulo central.

El silencio de la Quinta, ahora que Tomás no estaba y su madre se había negado a responder, se le antojaba una provocación.

No quería volver a la mesa auxiliar de la biblioteca, ni enfrentarse a las ediciones francesas de Colette que parecían caerse solas de los estantes torcidos.

Necesitaba moverse, romper la regularidad monacal que la mantenía sujeta a la planta baja.

Levantó la vista hacia el arranque de la escalera de madera de castaño.

Llevaba semanas en la propiedad, pero jamás había subido más allá del primer piso, allí donde el pasamanos se interrumpía y los escalones se estrechaban para conducir al desván, bajo la techumbre de tejas desgastadas.

Tomás concentraba sus esfuerzos en las cajas de la biblioteca, convencido de que el archivo judicial de Henrique de Sousa contenía el inventario definitivo de los cuadernos de la poeta perdida.

El desván era un territorio ignorado, una estancia que el propio sustituto de la notaría había descrito como un nido de ácaros y vigas vencidas.

Clara comenzó a subir. El granito del vestíbulo dio paso a la tarima fría.

Al asentar la bota en el tercer peldaño, la madera emitió una nota alta, un crujido agudo que resonó en las bóvedas vacías como un disparo antiguo.

Se detuvo un instante, con la mano apoyada en la pared encalada que olía a cal húmeda, y luego continuó, decidida a no dejarse intimidar por la geografía de una casa muerta.

La puerta del desván era baja, estrecha, hecha con tablas de pino sin desbastar que la humedad de la montaña había hinchado hasta encajarlas en el marco.

El picaporte de latón estaba cubierto por una costra verde de verdigris que le dejó un rastro amargo en la palma de la mano.

Tuvo que apoyar todo el peso del cuerpo contra el travesaño, apuntalando los talones, hasta que los goznes cedieron con un doble chasquido seco.

Un vaho de aire helado, cargado con el olor universal del papel deshecho por los hongos, lana podrida y cera rancia, la recibió en el rostro.