Capítulo 12 Lisboa, primavera 1935
El agua de la lluvia tardía de abril corría por las vías del tranvía en la rúa de la Misericordia, dejando un rastro brillante que reflejaba los faroles de gas.
Para llegar al tercer piso de Inês, en pleno corazón del Bairro Alto, había que aprender a negociar los escalones de piedra desgastada, siempre húmedos, que olían a carbón de coque, a sardinas asadas y al aliento denso de una Lisboa que se recogía temprano bajo el temor de la policía política.
Subí las escaleras despacio, sosteniendo el faldón de mi vestido de seda gris para que no rozara las paredes encaladas.
Cada jueves, al dejar la casa de Henrique en Estrela, sentía que cambiaba de piel; allá abajo, en el salón de los techos altos y las alfombras traídas de Luanda, yo era la señora de Sousa, la mujer silenciosa que servía el té a los amigos del Secretariado y sonreía cuando los hombres discutían sobre los precios del trigo o la necesidad de un orden férreo para la nación.
Aquí arriba, peldaño a peldaño, el corsé invisible de la educación de mi madre se iba aflojando hasta dejarme solo los huesos y el cuaderno de tapas negras escondido en el fondo del bolso.
Cuando Inês abrió la puerta, el olor de su piso me recibió antes que sus palabras. Era una mezcla invariable de tabaco de liar, tinta de imprenta fresca y el aroma dulzón del café barato que preparaba en una pequeña cafetera de hierro.
—Estás empapada, Carmo —dijo, haciéndose a un lado.
No usaba el "Maria" que todos anteponían a mi nombre; para ella yo era solo Carmo, una versión despojada de adornos familiares.
Llevaba los mismos zapatos prácticos de cuero oscuro con los que la había visto por primera vez tres años atrás, y las mangas de su blusa blanca estaban remangadas hasta los codos, mostrando unos brazos delgados pero firmes, marcados por las horas pasadas cargando resmas de papel en la tipografía clandestina de la rúa del Diario de Noticias.
El piso era tan pequeño que desde el umbral se podía dominar toda su existencia.
Las paredes no se veían; estaban sepultadas bajo columnas inestables de libros que desafiaban la gravedad.
Ejemplares en rústica de Gide, traducciones francesas de Pirandello, folletos políticos prohibidos por la censura y los tomos de Colette que ella vertía al portugués durante las madrugadas.
En el centro de la estancia, sobre la única mesa de madera basta que servía de escritorio y comedor, una sola lámpara de mesa con pantalla de tela verde proyectaba un círculo de luz amarilla.
Todo lo demás quedaba en una penumbra densa, benévola, donde los objetos perdían sus contornos afilados.
Un gato negro, grande y de orejas mordidas por las peleas de los tejados, apareció entre dos pilas de revistas literarias. Se acercó a mis tobillos sin emitir un sonido, rozando su lomo contra la seda de mi falda con una fijeza casi humana.
—Se llama Gato —dijo Inês, adivinando mi mirada—. No tiene nombre porque no le pertenece a nadie. Viene por el tejado cuando tiene hambre y se queda si la noche es demasiado fría. Hoy se quedará. Hace viento del Atlántico.
—En Estrela las ventanas vibran desde las seis —respondí, dejando el bolso sobre una silla que crujió bajo el peso—. Henrique dice que es buen tiempo para los viñedos del norte.
Inês no comentó nada sobre Henrique. Nunca lo hacía. Su nombre quedaba siempre fuera de este piso, como el barro que uno se limpia en el felpudo antes de entrar.
—Quédate a cenar —dijo, señalando una cacerola de barro que reposaba sobre la hornilla de gas—. No es gran cosa. Un poco de caldo verde y pan de centeno que compré en la panadería de la esquina. Pero tengo algo mejor.
Fue hacia la alacena y extrajo una botella oscura, sin etiqueta, cuyo vidrio grueso brilló bajo la lámpara verde.
—Vinho do Porto. Mi tío lo trajo de una quinta del Douro antes de que la confiscaran. Es del año en que naciste, Carmo. Mil novecientos diez. El año de la República. Dice que el buen vino sabe mejor si sobrevive a los imperios.
Nos sentamos a la mesa, retirando previamente tres tomos de las Eneadas de Plotino para dejar espacio a los platos.
El espacio era tan reducido que nuestras rodillas se buscaban bajo la madera, no por intención, sino por la geografía misma de la habitación.
Inês sirvió el vino en dos vasos de cristal grueso, de los que se usan en las tascas del muelle; el líquido cayó con una densidad de jarabe, de un rubí tan oscuro que parecía negro fuera del círculo de la lámpara.
—Bebe —ordenó suavemente—. Tienes las manos frías.
El primer trago me quemó la garganta con un dulzor espeso, cargado de madera y pasas, que me bajó por el pecho como un hilo de fuego.
Inês me observaba por encima del borde de su vaso.
Sus ojos, de un marrón verdoso que cambiaba según la luz, no tenían la prisa de las mujeres de mi entorno; eran los ojos de alguien que sabe esperar el final de una frase o el secado de una página.
—He leído el poema que me dejaste el jueves pasado —dijo, rompiendo un trozo de pan con las manos—. El que escribiste después de la velada en casa de los Ferro.
Sentí que las mejillas me ardían, y esta vez no era por el oporto.
—¿Es malo? —pregunté, odiando la sumisión de mi propia voz.
—No es malo. Nada de lo que escribes es malo, Carmo.
Pero tienes miedo. Escribes como si alguien estuviera mirando por encima de tu hombro mientras sostienes la pluma.
Esos adjetivos... esa melancolía del jardín.
.. es la antesala de lo que realmente quieres decir.
Estás decorando la celda para no ver los barrotes.
—Es el único estilo que Henrique tolera —dije, mirando el círculo de luz de la mesa—. Si publico algo que no parezca un canto a la tradición o al paisaje, empezará a hacer preguntas. Ya sospecha de mis tardes en el Chiado. Piensa que me reúno con las mujeres de la Liga Republicana.
—¿Y no es así? —Inês sonrió, mostrando el espacio pequeño entre sus dientes frontales—. Estás aquí. Conmigo. Eso es mucho más peligroso para él que cualquier mitin en una plaza pública.
Apoyó los codos en la mesa, acercándose.
El olor de su piel era distinto al de las colonias francesas que Henrique me compraba en la rúa Garrett; olía a papel viejo, a la lluvia de la calle y a algo limpio, elemental, que no se podía comprar en ninguna tienda.
El gato negro saltó sobre la columnata de libros a nuestra izquierda, haciendo que dos ejemplares de la Revista de Portugal cayeran al suelo con un golpe sordo.
Ninguna de las dos se movió para recogerlos.
Inês alargó la mano y tomó la botella para rellenar mi vaso.
El sonido del líquido al caer pareció amplificarse en el silencio del piso.
Dos copas. La segunda se vaciaba más despacio, pero su efecto era más profundo; sentía una lasitud extraña en las piernas, una pérdida de peso en los hombros que me hacía desear reclinarme hacia delante, hacia el espacio iluminado por la pantalla verde.
—Carmo —dijo ella, y su voz bajó de tono, confundiéndose con el rumor del viento que golpeaba los cristales del balcón—. ¿Entiendes lo que está pasando aquí?
La pregunta no tenía la urgencia de un reproche, sino la fijeza de un hecho consumado.
Miré sus dedos, manchados de una levísima sombra de tinta cerca de la uña del pulgar.
Miré el pan cortado, el gato que nos observaba con sus ojos de ámbar desde la penumbra, las miles de páginas que nos rodeaban como un muro defensivo contra el mundo exterior.
Pensé en la casa de Estrela, en la cama de matrimonio con el crucifijo de marfil sobre el cabecero, en las cenas donde mi única función era ser el reflejo del éxito de mi marido.
Todo aquello, la vida entera que me habían construido desde el día de mi bautismo, parecía una fotografía ajena, el retrato de una mujer que compartía mis facciones pero no mi sangre.
—Sí —respondí. Mi voz fue apenas un soplo, pero la palabra quedó flotando en el aire de la cocina con la solidez de una piedra.
Inês guardó silencio un instante, dejando que el sonido del agua en el exterior llenara el hueco entre las dos.
Su mirada no se apartó de la mía; descendió hacia mis labios y luego volvió a subir, lenta, midiendo la distancia que nos separaba, que no era de centímetros, sino de siglos de leyes no escritas y castigos silenciosos.
—¿Quieres que ocurra? —preguntó.
No respondí con palabras. El lenguaje, la herramienta con la que había intentado explicarme el mundo en mis cuadernos clandestinos, se reveló de pronto inútil, una estructura demasiado rígida para contener el temblor que me recorría las manos.
En lugar de hablar, dejé caer las manos sobre el regazo, entrelazando los dedos, y sostuve su mirada con una fijeza que no sabía que poseía.
Era una rendición, pero también una demanda; el reconocimiento de que la mujer que había entrado en ese piso bajo la lluvia ya no era la misma que tendría que salir de él.
Inês se levantó de la silla despacio, sin apartar los ojos de los míos.
El círculo de luz de la lámpara dejó su rostro en sombra por un segundo mientras rodeaba la pequeña mesa de madera.
Se detuvo detrás de mí. Sentí el calor de su cuerpo antes de que sus manos tocaran mi piel; sus dedos, marcados por el trabajo de la imprenta, eran sorprendentemente suaves cuando se posaron sobre mis hombros, ejerciendo una presión levísima, un ancla que me sujetaba a la realidad de la habitación.
Su mano derecha subió por mi cuello, rozando la línea de la mandíbula con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.
Sus dedos buscaron la parte posterior de mi cabeza, allí donde el cabello oscuro permanecía sujeto desde la mañana en un moño estricto, el peinado propio de la esposa de un inspector de la propaganda.
Encontró la horquilla de metal. Era una pieza de alambre negro, vulgar, idéntica a las miles que mi madre me había enseñado a colocar para que ningún mechón escapara al control de la mirada pública. Con un movimiento limpio, imperceptible, Inês tiró de ella.
El peso de mi propio cabello cayó sobre mis hombros en una oleada fría que me rozó las mejillas. La sensación de liberación física fue tan intensa que ahogué un gemido en la garganta.
Inês sostuvo la pequeña horquilla entre el pulgar y el índice.
Se inclinó sobre la mesa y la soltó sobre la madera desnuda, justo al lado del vaso que conservaba los restos del oporto del año de la República.
El objeto de metal pareció flotar en el aire suspendido por la penumbra de la cocina; tardó una eternidad en descender, como si el tiempo en el tercer piso del Bairro Alto se hubiera dilatado para permitirnos presenciar la caída del último lazo que me unía a la cordura de la rúa de Estrela.
Salió del círculo de luz con un leve tintineo metálico al tocar la caoba, y ese sonido sordo clausuró la noche, dejando fuera el viento, la policía y los contratos de Henrique.
Y así fue como descubrí que mi vida había sido escrita por otra persona hasta esta noche.