El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 11 Tomás
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Capítulo 11 Tomás

El aire de la habitación se volvió demasiado seco.

El termómetro de la pared marcaba diecinueve grados, pero la piel de mis nudillos perdió el color.

Princeton. Helena Maddox. Conocía el nombre.

Su último artículo en la Hispanic Review sobre las escritoras del exilio había obtenido el premio de la asociación de historiadores americanos.

Era rápida, minuciosa y disponía de fondos que en la Universidade de Coímbra no sabemos cuantificar.

—¿Qué le has dicho? —pregunté. La conversación se deslizó al inglés sin una decisión previa por parte de ninguno de los dos.

El idioma de las reuniones de comité funcionaba como una estructura técnica, una forma de mantener los hechos separados de la respiración—.

¿Le diste los números de inventario? —Tuve que hacerlo, Tomás.

Son registros públicos, —Alistair suavizó el tono, perdiendo la rigidez institucional—.

Pero mencioné tu trabajo. Le advertí que llevas tres años con la biografía y que tenías la autorización de la rama familiar.

Su respuesta no fue muy académica. Señaló que la familia Almeida carece de herederos directos en territorio portugués y que cualquier inmueble en Sintra se encuentra en situación de desuso legal.

Conoce la existencia de la Quinta, Tomás.

No sé cuál es su fuente, pero sabe que hay una casa cerrada en la Estrada da Pena.

Cuenta con una beca de la Fundación Mellon y tiene previsto trasladarse a Lisboa el próximo mes.

—No tiene la llave de la verja —dije. Mi mente se detuvo en la palabra Mellon.

Fondos para contratar ayudantes locales, fondos para agilizar las copias en los registros notariales, fondos para reducir el tiempo de espera de los funcionarios de la Torre del Tombo.

Un mecanismo engrasado. —Quizá no la necesite si encuentra los duplicados en los archivos del ministerio, amigo, —dijo Alistair—.

Si ella entrega el manuscrito del artículo antes de que tú concluyas el catálogo de los libros, tu monografía será un dato secundario antes de llegar a la imprenta.

Ya sabes cómo funciona esto. Publicar o desaparecer.

—Gracias, Alistair. Te agradezco que hayas llamado.

—Cuídate, Tomás. Dale un abrazo a Lia de mi parte.

El teléfono regresó a la madera de la mesa.

El silencio del piso volvió a establecerse, pero ya no tenía la neutralidad del viernes por la noche.

Contenía la fijeza de un plazo. Helena Maddox no vendría a Sintra a esperar que Clara abriesen las contraventanas de la biblioteca.

Se presentaría con una credencial de la embajada o una recomendación del ministerio.

Las instituciones americanas no solicitan acceso; lo ejecutan.

Entré en el dormitorio. La maleta de lona negra, una Samsonite de cabina que adquirí en Heathrow durante mi segundo año de estancia en Londres, estaba al fondo del armario de castaño, detrás de las cajas donde guardo el calzado de invierno de Ana.

La cremallera del bolsillo exterior estaba encallada por el óxido desde un viaje a los archivos de Aveiro, pero el cierre central cedió al primer intento.

Comencé a introducir la ropa. Dos camisas de franela gris.

Tres mudas de algodón. El jersey de lana gorda que mi madre me había tejido el invierno pasado.

No seguí mi orden habitual. Normalmente doblo cada pieza alineando las costuras de los hombros, expulsando el aire atrapado entre las capas de tejido para asegurar que los cuellos no sufran deformaciones.

Esta vez las introduje aplicando presión con los puños, enrollando los calcetines en esferas irregulares que arrojé contra las esquinas de la lona.

Un roce en la tarima del pasillo me obligó a detener el movimiento.

Lia permanecía de pie junto al marco de la puerta, con el pijama de franela azul y su cuaderno de dibujo sujeto contra el pecho.

Tenía la vista fija en mis manos. —¿Te vas ya?

—preguntó. Su voz descendió una octava, el tono que emplea cuando comprueba que la rutina doméstica se rompe antes del lunes por la mañana.

—Tengo que regresar a Sintra, hija. Hay unos legajos en la biblioteca que requieren una comprobación antes de que abran los archivos oficiales.

—¿La señora gallega se va a enfadar si no vas?

—No. No tiene relación con ella. Es por el manuscrito.

No se movió del umbral. Conserva esa costumbre de Ana, esa manera de vigilar las acciones de los adultos desde una distancia medida, como si evaluara la consistencia del suelo antes de dar un paso hacia el interior de la habitación.

—Vas muy rápido —dijo, señalando el interior de la maleta con el dedo índice.

Tenía razón. El puño izquierdo del jersey gris había quedado atrapado entre los dientes metálicos del cierre.

Tiré del cursor de plástico con demasiada fuerza, un movimiento brusco que hizo que las hebras de lana crujieran con un chasquido seco.

Mierda. —Tengo prisa, Lia. Solo es eso. —Mamá también hacía las maletas rápido cuando le dolía la tripa —dijo ella, con una fijeza en los ojos que me congeló los dedos sobre el borde de la maleta.

No encontré una réplica. No existía ninguna ficha en mi fichero mental para responder a esa frase.

Ana ordenaba su ropa en los bolsos de lona con esa misma velocidad la noche que ingresó en la unidad de oncología del hospital de Coímbra, ocultando las cajas de parches bajo las camisas de repuesto para que la niña no distinguiera las etiquetas del servicio médico.

El mismo pudor. La misma urgencia por clausurar un espacio antes de que el daño ocupara todo el terreno disponible.

Cerré la tapa de la maleta con un golpe seco de la palma de la mano.

Los dos cierres de plástico encajaron con un sonido sordo que resonó en el pasillo.

En la rúa Ferreira Borges, el Junghans de mi madre daría las nueve dentro de unos minutos, pero en mi salón el silencio era completo.

El coche estaba abajo, en la pendiente de la calle.

Ciento noventa kilómetros de asfalto gris hasta la Estrada da Pena.

Si arrancaba ahora, cruzaría la verja oxidada de la Quinta dos Loureiros antes de las veintitrés horas y treinta minutos.

Metí las llaves en el bolsillo interior del abrigo.

Al apagar el interruptor del recibidor, una duda quedó suspendida en la penumbra del pasillo, una pregunta que no me había atrevido a formular durante las cuarenta y ocho horas del fin de semana: ¿esta prisa respondía a la necesidad de salvar el archivo de Maria do Carmo Almeida antes de que Princeton lo redujera a una nota al pie de página, o era simplemente la urgencia de regresar a la loseta agrietada de una cocina que no me pertenecía?