Capítulo 10 Clara
Durante tres días seguidos, la biblioteca del ala norte de la Quinta dos Loureiros se convirtió en un territorio de fronteras invisibles pero estrictamente vigiladas.
El orden se estableció sin necesidad de palabras: Clara se adueñó de la mesa auxiliar cercana a la ventana alta, donde la luz grisácea de octubre apenas lograba iluminar el teclado de su ordenador, mientras que Tomás ocupó el extremo opuesto de la gran mesa de castaño central, rodeado por las cajas de cartón que contenían el archivo privado de Henrique de Sousa.
El ritmo de las jornadas era mecánico, casi monacal.
Clara abría un volumen, limpiaba el lomo con el cepillo de cerdas suaves, anotaba el año de edición, la imprenta y el estado de la encuadernación en su base de datos, y pasaba al siguiente.
A unos metros de ella, el único sonido que producía Tomás era el crujido sutil del papel de barba de los años treinta y el roce de sus dedos al pasar las hojas de las cartas.
Hablaban poco. Frases cortas, despojadas de cortesía vana, que se limitaban a las necesidades estrictas del espacio: «¿Te importa si abro un poco el postigo?
», «Hay más polvo en este legajo de lo habitual», «Dejo esta caja aquí».
Sin embargo, Clara no podía evitar observarlo de reojo.
Había una fijeza casi alarmante en la manera en que Tomás leía.
No tomaba notas; permanecía inmóvil durante media hora ante un mismo pliego, con la barbilla apoyada en la palma de la mano, la mirada clavada en la tinta desvaída como si estuviera descifrando un mapa de carreteras en mitad de la noche.
A veces, sus dedos se detenían en seco sobre una línea y Clara contenía la respiración, esperando que él dijera algo, que compartiera el hallazgo que justificaba su presencia allí.
Pero Tomás solo guardaba el documento en su funda protectora y pasaba al siguiente con una disciplina sorda.
El cuarto día, el jueves, la niebla no esperó a la tarde; cayó sobre la sierra a las tres, transformando los ventanales en muros de un blanco lechoso que borraron los castaños del jardín.
Para cuando las luces amarillentas del techo técnico empezaron a parpadear debido a los habituales fallos de tensión de la red de Sintra, el reloj de la cocina ya había rebasado las ocho y media.
Clara cerró la tapa del ordenador con un chasquido que resonó en las bóvedas de la biblioteca. Tomás seguía con la última caja de la tarde abierta ante él, iluminado apenas por el reflejo de su propia lámpara de pinza.
—Tomás —dijo ella, levantándose y frotándose los brazos por encima del jersey—. Debería ir recogiendo.
Él parpadeó, como si la voz de Clara lo hubiera traído de vuelta de una distancia excesiva. Miró su reloj de pulsera, luego el ventanal ciego y finalmente la miró a ella.
—Se ha hecho tarde —comentó, con esa voz pastosa de quien lleva horas sin utilizar las cuerdas vocales.
—La única tasca del pueblo que abre en octubre cierra a las nueve —dijo Clara, cruzando los brazos—. Si baja ahora con el Peugeot, lo único que va a encontrar abierto es la gasolinera de la carretera de Colares, y dudo que tengan otra cosa que bolsas de patatas fritas rancias.
Tomás empezó a ordenar los papeles con gestos lentos, resignados.
—No pasa nada. Compraré algo mañana.
Clara lo miró un instante. Vio las marcas de cansancio debajo de sus ojos, la camisa que empezaba a perder la rigidez del afeitado matinal y esa especie de abandono físico que arrastraba como una gabardina demasiado pesada.
Sintió una punzada de fastidio, pero también esa hospitalidad obligatoria que los gallegos heredan como una condición genética.
—Tengo un resto de sopa de couve en la cocina —añadió, entonando la frase con una brusquedad defensiva—.
Y un pan de hogaza que compré ayer en el mercado.
No es que quiera invitarlo a cenar, de verdad, es por pura humanidad; me daría vergüenza dejar que un colega de archivos se alimente de aire en esta montaña.
Además, la sopa está caliente y aquí nos estamos congelando.
Tomás la miró con una mezcla de sorpresa y recelo, pero el olor que ya empezaba a salir del pasillo —un aroma a caldo gallego, a patata cocida y a unto— terminó por vencer sus reservas.
—Acepto la sopa, Clara. Gracias.
Diez minutos después, la mesa de pino de la cocina de los guardeses estaba ocupada por dos cuencos de loza humeantes, una botella de vinho verde que Clara guardaba en la parte baja de la nevera y un trozo de pan cuya corteza requería el uso del cuchillo de sierra.
El espacio era estrecho, pero el calor del hornillo de gas creaba una atmósfera de refugio que ninguno de los dos había experimentado en toda la semana.
Tomás tomó una cucharada de caldo, masticó un trozo de col con parsimonia y luego asintió con la cabeza, una aprobación silenciosa que a Clara le pareció más sincera que cualquier cumplido de salón.
—El pan está duro —advirtió ella, cortando una rebanada con energía—, pero si lo mojas en el caldo se puede comer. En Santiago decíamos que el pan de tres días es el mejor para la sopa porque no se deshace en el fondo del plato.
—En el Alentejo hacen lo mismo con las migas —comentó Tomás, sirviendo un poco de vinho verde en los vasos de cristal grueso—. El pan nunca se tira. Es una regla de la escasez.
El vino era áspero, joven, con esa aguja sutil que limpia la lengua y deja un rastro de manzana verde en el paladar.
Con la tercera cucharada de sopa, la rigidez del archivo empezó a ablandarse.
La conversación saltó de las dificultades de la catalogación municipal a las novedades editoriales de Lisboa, un territorio que ambos conocían pero que miraban desde orillas opuestas.
—He visto que tienes un par de novelas de Lobo Antunes en el estante del salón —dijo Tomás, señalando con el tenedor hacia la puerta—. No imaginaba que los traductores de gallego tuvierais tiempo para perderlo con la prosa fragmentaria de los médicos militares.
Clara sonrió de lado, apoyando los codos en la mesa.
—Lobo Antunes no es una pérdida de tiempo, Tomás. Es lo mejor que le ha pasado a la lengua portuguesa desde la muerte de Pessoa, aunque a los académicos de Coímbra les revuelva las tripas tanta polifonía. Os Cus de Judas es una obra maestra de la neurosis de la posguerra.
—Una obra maestra que sufrió mucho cuando se tradujo al castellano en los años ochenta —replicó Tomás, dando un sorbo a su vaso de vino—.
Recuerdo haber leído la versión que publicó Alfaguara.
El traductor español intentó ordenar las cláusulas, suavizar el desorden de la sintaxis para que el lector de Madrid no se perdiera entre los delirios de Angola.
Convirtió una avalancha de barro en un arroyo limpio. Un error de bulto.
Clara dejó la cuchara en el cuenco con un golpe seco, que hizo temblar el nivel del vino en los vasos. Lo miró con una autoridad absoluta, la mirada de la profesional que pisa su propio terreno y no está dispuesta a ceder un solo centímetro ante las generalizaciones de un historiador.
—No —dijo ella, con una fijeza que hizo que Tomás detuviera el tenedor a medio camino—.
Eso no es verdad, Tomás. El traductor no eliminó ese ritmo por descuido ni por comodidad.
Mario Merlino sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Si suavizó las cláusulas subordinadas no fue para facilitarle la lectura a nadie, sino porque la estructura del castellano no soporta la acumulación de gerundios del portugués sin convertirse en una parodia cacofónica.
En portugués, el desorden de la memoria se sostiene sobre la fluidez de las vocales abiertas; en castellano, si no pones un punto y coma de vez en cuando, el texto no suena delirante, suena simplemente mal escrito.
Merlino sacrificó la literalidad de la frase para salvar la música del libro.
Para saber eso hay que haber sudado delante de una página en blanco, no solo haber consultado las fichas de una biblioteca.
Tomás se quedó inmóvil, con la mirada fija en Clara.
El silencio regresó a la cocina, pero ya no era el silencio hostil de la biblioteca; era una pausa cargada de atención, el instante en que un esgrimista reconoce la precisión del golpe de su oponente.
Clara sostuvo la mirada, con las mejillas ligeramente encendidas por el vino y la vehemencia de su propia argumentación, esperando la réplica cínica o el desdén habitual del profesor.
Pero la réplica no llegó.
En su lugar, los ojos de Tomás se entrecerraron ligeramente y las arrugas de las esquinas de sus párpados se multiplicaron.
Su boca, habitualmente cerrada en una línea amarga de desconfianza, se curvó hacia arriba de un modo limpio, franco, desprovisto de frenos o de segundas intenciones.
Fue una sonrisa completa, la primera que Clara le veía desde que había aparecido en la verja de la Quinta con su sombrero húmedo.
Una sonrisa que transformó su rostro de viejo catalogador en el de un hombre vivo, un destello de ironía y complicidad que borró de golpe los cuarenta años de archivos que llevaba a la espalda.
Clara se dio cuenta en ese mismo instante de que se había quedado desarmada. Y vio, por la forma en que él bajó la cabeza hacia el plato mientras seguía sonriendo, que Tomás sabía perfectamente el efecto que aquella tregua acababa de causar en la cocina.
—Está bien —dijo él, su voz perdiendo la aspereza académica—. Me rindo ante la especialista. Merlino queda absuelto.
La cena terminó poco después, entre los restos del pan duro y las últimas gotas del vinho verde.
A las diez y media, Tomás se levantó de la mesa, recogió su chaqueta de pana y caminó hacia la puerta del vestíbulo.
La llovizna de la tarde había cesado por completo, dejando paso a una noche de una claridad insólita para el mes de octubre.
El cielo sobre la sierra de Sintra aparecía limpio, dominado por una luna llena enorme y blanca que recortaba las siluetas de los palacios con la nitidez de un grabado en negro.
—No necesitará los faros del Peugeot para bajar al pueblo —comentó Clara desde el umbral, mirando la luz plateada que inundaba el camino de grava.
—No voy a coger el coche —dijo Tomás, ajustándose el sombrero—. Con esta luz prefiero bajar andando por el camino del bosque. Me vendrá bien para despejar la cabeza de tanta correspondencia judicial. Nos vemos mañana a las nueve, Clara.
—A las nueve. No llegue tarde.
Tomás se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la verja de hierro que limitaba la propiedad. Sus pasos sobre la grava mojada sonaban rítmicos, amortiguados por la humedad de la noche.
Al llegar a la salida, justo al lado del pilar de piedra donde la hiedra había devorado el escudo de los condes, Tomás se detuvo en seco.
Un gato común, de pelaje atigrado y orejas rasgadas por las peleas del monte, estaba sentado sobre el muro de piedra, inmóvil bajo la luz de la luna, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento para ver pasar al visitante.
El animal no se asustó; se limitó a seguir el movimiento del hombre con sus ojos amarillos y brillantes.
Tomás se quedó mirando al gato durante unos segundos.
El silencio de la montaña era absoluto, interrumpido únicamente por el goteo lejano del agua acumulada en las hojas de los eucaliptos.
Sintió de golpe el frío de la noche calando en sus huesos, pero también una extraña ligereza en el pecho, una vibración desconocida que le recorría los brazos.
Hacía cuatro años que no hablaba tanto con nadie.
Cuatro años de respuestas cortas en las tiendas, de silencios prolongados en las pensiones de la raya y de monólogos interiores que terminaban siempre en el mismo callejón sin salida.
Esta noche, en la cocina de los guardeses, las palabras habían salido de su boca con una fluidez que casi había olvidado que poseía.
Había discutido, había defendido una tesis y, lo que era más imperdonable, se había reído con otra persona frente a un plato de sopa fría.
«He hablado durante tres horas —pensó, sintiendo cómo la luz de la luna le golpeaba el rostro con la frialdad de un reproche—. Ana, perdóname».
La frase apareció en su mente con la fijeza de una costumbre antigua, el automatismo del superviviente que pide permiso al fantasma de su esposa para disfrutar de un instante de calor en una casa ajena.
Pero esta vez, la petición de perdón no le trajo consuelo.
Al contrario; mientras reanudaba la marcha por la rampa adoquinada que bajaba hacia el centro del pueblo, Tomás sintió una oleada de rabia sorda que le subió por el cuello, un desprecio profundo hacia sí mismo por seguir encadenado a la necesidad de justificar su propia vida ante los muertos.
Se odió por haber pedido perdón, se odió por la debilidad de su memoria y, sobre todo, se odió porque sabía que, a pesar de todo, mañana a las nueve volvería a cruzar la verja de la Quinta dos Loureiros buscando el olor a grano molido de aquella cocina.