El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 9 Lisboa, otoño 1934
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Capítulo 9 Lisboa, otoño 1934

Hacía año y medio que Inês y yo nos veíamos todos los jueves.

Aquella constancia se había convertido en la única arquitectura sólida de mi semana, un armazón invisible que sostenía los otros seis días de silencios reglamentarios y cenas de etiqueta en la Quinta de Estrela.

Para Henrique, los jueves eran el día en que su esposa cumplía con los deberes de la piedad o el decoro: creía que yo asistía a las reuniones de la junta de damas de la parroquia o que pasaba las tardes midiendo encajes en el taller de la modista de la rúa Nova do Almada.

Yo alimentaba su tranquilidad dejándole sobre la mesa del vestíbulo algún catálogo de telas o un folleto de oraciones impreso en papel barato.

Eran los salvoconductos que pagaban mi tarde.

En realidad, nuestros encuentros ya no necesitaban el simulacro del azar.

Nos encontrábamos a las cuatro en punto, a veces en las mesas del fondo de A Brasileira, otras en el banco de piedra del jardín de la Estrela, bajo la sombra de los banianos cuyas raíces levantaban el asfalto como monstruos ciegos.

Durante esos dieciocho meses, Inês había ido desmontando, con la paciencia de un relojero, cada una de mis precauciones.

Me había enseñado a hablar sin mirar a los lados, a leer los periódicos de París entornando los ojos para que nadie desde la mesa vecina pudiera distinguir los titulares y a entender que la reclusión a la que Henrique me sometía no era una forma de amor, sino una estrategia de administración.

Ese octubre, sin embargo, las cosas eran distintas. Yo ya no era solo la esposa del abogado De Sousa que leía libros prohibidos en el cuarto de baño. Había publicado mi primer libro.

Se titulaba O Jardim Esquecido. Era un volumen pequeño, de tapas de cartón verde pálido, editado por una imprenta familiar de la Baixa gracias a una modesta dote que mi padre me había dejado en una cuenta de Portalegre y que Henrique no había considerado oportuno intervenir.

Contenía veinticuatro poemas escritos durante mis primeros años de matrimonio; versos de cortejo familiar, elegías a las fuentes de piedra del Alentejo, variaciones sobre la melancolía del invierno en la costa y metáforas pulcras sobre camelias que se deshojaban en estanques mudos.

No había nada incendiario en ellos. Ninguna palabra que pudiera alertar a los censores del Secretariado de Propaganda Nacional ni desbocarse en la sensibilidad de los procuradores que visitaban nuestro salón.

Henrique se había mostrado extrañamente complacido. Había comprado veinte ejemplares para regalárselos a las esposas de sus clientes más influyentes en el Ministerio de Justicia.

—Es un ejercicio muy digno, Carmo —me había dicho una noche mientras recortaba la punta de su puro con unas tijeritas de plata—.

La poesía es un adorno aceptable para una mujer, siempre que mantenga la cabeza en el paisaje y no pretenda emular las excentricidades de los modernos.

Además, el verde de la cubierta combina muy bien con las encuadernaciones en piel del despacho.

Yo le había dado las gracias, sintiendo una lasitud que se parecía demasiado a la gratitud de un prisionero al que se le permite dar diez pasos más en el patio.

El jueves de la tercera semana de octubre, le llevé un ejemplar a Inês.

Nos reunimos en la pastelería Bernard, que a esa hora de la tarde estaba casi vacía, inundada por el olor a mantequilla tostada y el ruido de los platos de loza que las sirvientas fregaban detrás del mostrador de zinc.

Inês tomó el libro entre sus manos limpias y sin anillos.

No miró la dedicatoria que yo había escrito con tinta azul en la portadilla; pasó las páginas una a una, despacio, deteniéndose a veces en un verso, su rostro permaneciendo tan inmóvil como el relieve de una moneda antigua.

Su cabello oscuro, cortado de aquella manera recta que desafiaba las modas de la ciudad, caía hacia delante, ocultando sus ojos grises.

El silencio entre las dos se prolongó tanto que el té llegó a enfriarse, formando una fina capa brillante en la superficie de la porcelana.

Yo mantenía las manos ocultas bajo la mesa, apretando el pañuelo contra las palmas para que ella no notara el temblor de mis dedos.

Esperaba su aprobación con una urgencia que me avergonzaba; quería que me dijera que los versos eran hermosos, que la musicalidad del portugués que yo había empleado recordaba a los antiguos cancioneros, que mi sensibilidad era, a fin de cuentas, legítima.

Inês cerró el libro con un golpe seco. El sonido del cartón contra el mármol de la mesa me pareció tan fuerte como un disparo. Me miró fijamente, con una claridad desprovista de compasión que me obligó a enderezar la espalda contra el respaldo de la silla.

—No es lo que tienes dentro —dijo en portugués, su voz cayendo sobre mí con el peso de una losa fría—. Es la antesala.

No añadió nada más. No repasó los poemas, no criticó las rimas ni elogió el esfuerzo de la edición.

Se limitó a dejar el volumen verde en mitad del mármol, como se deja un objeto inservible que se ha encontrado en la playa, y cambió de tema para hablarme de una traducción de las cartas de Katherine Mansfield que acababa de recibir de Francia.

Salí de la pastelería Bernard quince minutos después, excusándome con una falsa jaqueca que Inês no se molestó en desmentir.

Bajé por la rúa do Carmo a pasos rápidos, casi huyendo de la sombra de los soportales.

Al llegar a la esquina de la rúa da Assunção, el aire del río me dio de golpe en el rostro, un aire cargado de sal y de gasóleo que me pareció de una hostilidad insoportable.

Me detuve junto a la barandilla de un callejón sin salida, apartada del flujo de los empleados de comercio que regresaban a sus casas. Y allí, apoyando la frente contra el hierro frío de una farola, me eché a llorar.

Lloré con un llanto sordo, prolongado, que me sacudía los hombros por debajo del abrigo de paño.

Lo más terrible era que lloraba sin saber por qué.

No había ninguna razón lógica para aquella angustia: mi libro estaba expuesto en el escaparate de la librería Bertrand, mi marido estaba orgulloso de mi talento doméstico y mi vida seguía el curso pacífico que mis padres habían planeado para mí desde mi bautismo.

Pero las palabras de Inês se habían quedado clavadas en mi entendimiento como un clavo ardiente.

Es la antesala. Ella había visto a través de la gasa de mis versos perfectos; había adivinado el miedo, la cobardía de la escritora que pide permiso a su carcelero para elegir el color de las flores del poema.

O Jardim Esquecido no era literatura; era el certificado de mi sumisión, la antesala de una vida que yo misma estaba ayudando a clausurar.

Llegué a la Quinta de Estrela al oscurecer.

Durante la cena, Henrique habló extensamente sobre un decreto de reforma del código de comercio que el presidente del Consejo iba a firmar la semana siguiente.

Yo asentí en los momentos precisos, serví la sopa de verduras con la mano firme y sonreí cuando él elogió la frescura del pescado.

Parecía que nada había cambiado en el orden de la casa.

Sin embargo, a medianoche, cuando Henrique se durmió emitiendo ese ronquido regular y pesado que a mí siempre me recordaba el ruido de una máquina de tejer, me levanté de la cama sin hacer ruido.

Crucé el pasillo con los pies descalzos, sintiendo el frío de las tablas de madera, y me encerré en el baño del fondo, girando el pestillo de bronce con la misma precaución que un ladrón.

No dispuse la escena del dolor de vientre esta vez. No vertí agua en la jofaina ni preparé toallas húmedas. Me senté directamente en el suelo de azulejos, saqué el cuaderno de tapas de hule que guardaba escondido detrás de las tuberías de plomo de la tina y apoyé el papel sobre las rodillas.

El lápiz de carpintero se sentía pesado entre mis dedos, pero mi mano ya no tenía el temblor de la tarde.

Miré la página en blanco bajo la luz mortecina de la bombilla de diez bujías y, sin pararme a pensar en las reglas de la métrica ni en el juicio de los académicos de Coímbra, escribí las primeras líneas de un poema que no se parecía en nada a las camelias de mi libro verde.

Eran versos oscuros, directos, palabras que se clavaban en la carne como fragmentos de un espejo roto.

Era el primer poema de Cartas para Quem Não Existe.

Escribía para alguien que no tenía rostro, para una sombra que se movía al otro lado de los muros de la Quinta, para la mujer que yo habría sido si hubiera tenido el valor de Inês o la crueldad de Colette.

Escribía con la certeza de que nadie, ni Henrique, ni los críticos del Diário de Notícias, ni las damas de la Estrela, leerían jamás aquellas páginas.

Era un manuscrito clandestino, una declaración de guerra contra la paz de mi matrimonio.

Cuando el reloj de la torre de la iglesia dio las tres de la madrugada, cerré el cuaderno.

Mis muslos estaban entumecidos por el frío de las losas y el cuello me dolía por la postura forzada, pero sentía una lucidez que nunca antes había experimentado.

Antes de guardar el cuaderno en su escondite, tomé la pluma estilográfica que utilizaba para las cuentas de la casa y anoté una última línea en mi diario privado, una frase que no iba dirigida al lector del futuro, sino a la propia noche de Lisboa que presionaba contra los cristales del baño:

«Hay una "I." en la puerta de mi vida, y no sé si dejarla entrar o si ya está dentro.»