Capítulo 14 Tomás
La luz del lunes entró en la biblioteca de la Quinta dos Loureiros desprovista de cualquier matiz dorado; era una claridad cenicienta, un resplandor de agua sucia que se filtraba a través de los cristales empañados por la niebla de la sierra.
Afuera, el viento del Atlántico continuaba su monólogo monótono entre los pinos de la Estrada da Pena, un susurro áspero que Tomás ya había aprendido a registrar como el ruido de fondo de su propio encierro.
Llevaba desde las ocho de la mañana sentado en el extremo de la mesa de roble, rodeado de legajos cuya tinta ferrogálica parecía disolverse bajo la luz de su lámpara de pinza.
Tenía los dedos fríos, entumecidos por la humedad invencible que subía de las losas inferiores, y un cansancio sordo le pesaba en la nuca, un recordatorio de las horas pasadas en la pensión de la rúa de Gil Vicente revisando sus propias notas de Coímbra.
El ritmo que habían establecido durante la última semana era regular, casi monacal.
Al otro lado de la mesa, justo en la pequeña vaguada donde la tarima vieja se combaba bajo el peso de los miles de volúmenes, Clara trabajaba en silencio ante la pantalla azulada de su ordenador.
El único sonido que compartían era el crujido intermitente del papel de barba y el tecleo rápido, rítmico, de la traductora.
A las once y media, el tecleo se detuvo.
Tomás no levantó la vista de inmediato; estaba concentrado en la transcripción de un inventario de bienes del año treinta y seis, buscando un nombre, una pista menor en los márgenes que justificara la prórroga de su estancia en Sintra.
Sin embargo, la alteración del silencio en la sala fue tan brusca que acabó por romper su fijeza.
Escuchó el arrastre sutil de la silla de pana de Clara sobre las maderas torcidas del suelo.
Luego, el eco de sus pasos, despaciosos y firmes, acercándose por el lateral de la gran mesa.
Cuando Clara se detuvo a su lado, Tomás levantó los ojos.
Ella no llevaba el ordenador ni el cepillo de cerdas suaves que utilizaba para limpiar los lomos de las ediciones francesas.
Sostenía entre las manos un pliego de papel suelto, un folio de tacto grueso y bordes ligeramente deshilachados que el tiempo había vuelto del color del hueso viejo.
Supe, antes de que abriera la boca, que no se trataba de otro documento administrativo de los abogados de Lisboa.
—Mira esto —dijo Clara. Su voz sonó más baja que de costumbre, despojada de la aspereza defensiva con la que solía marcar las distancias entre su propiedad y la investigación de Tomás.
Él dejó el bolígrafo sobre el bloc de notas.
Clara depositó el papel sobre el tablero de roble, justo encima de las fichas de cartulina limpia.
Tenía la caligrafía menuda, picuda, desprovista de las curvas ornamentales de la escuela portuguesa; una línea recta que parecía trazada con la fijeza de una aguja de coser.
Era la letra de Inês Vasconcelos. Tomás reconoció el trazo al instante, el mismo rasguño enérgico que había visto semanas atrás en los márgenes arrancados de la Revista de Portugal.
Tomás extendió la mano, pero no llegó a tocar el papel. Se limitó a inclinar el torso hacia delante, ajustándose las gafas con un movimiento automático. Leyó sin hablar, conteniendo la respiración para que el vaho de su propia boca no empañara la superficie del folio.
Las palabras se sucedían en un francés limpio, exento de la retórica oficial de la época, un idioma elegido para las cosas que carecían de permiso en la Lisboa de la dictadura.
Inês hablaba allí de las habitaciones alquiladas en el Barrio Alto, del frío de los mitones de lana gris y del manuscrito clandestino, de las treinta y dos cartas encerradas en el lino encerado que Maria do Carmo había ocultado bajo el naranjo del jardín amurallado antes de que el automóvil de Henrique llegara para trasladarla al sanatorio del Buçaco.
Cada línea era un mapa; cada adjetivo, una confirmación biológica de una existencia que el bufete de la Estrela había intentado reducir a un apunte contable en los libros de dote.
El silencio de la biblioteca se volvió espeso, una masa física que presionaba contra los tímpanos de Tomás.
Podía oír el siseo asmático del radiador al fondo del pasillo y el goteo constante del agua de la sierra sobre el techo de chapa del Fiat Panda aparcado en el exterior.
Terminó la última línea, donde la firma de Inês quedaba reducida a una inicial temblorosa, y se quedó inmóvil, con los ojos clavados en la madera de roble.
—Existe —dijo al fin.
La palabra salió de su boca como un susurro seco, un espasmo de aire que apenas logró romper la penumbra del cuarto.
Clara, que seguía de pie junto a él con los brazos cruzados sobre el jersey de lana, arrugó el entrecejo.
No entendía. Para ella, habituada a la fijeza de los textos impresos y a los plazos de las editoriales de Madrid, aquel folio era solo una pieza más del desorden de la Quinta, un fragmento de correspondencia privada entre dos mujeres muertas.
—¿Qué existe, Tomás? —preguntó ella, dando un paso hacia la mesa.
Tomás se enderezó despacio en la silla, sintiendo un latido rápido y violento en la garganta. Se quitó las gafas y las dejó a un lado, frotándose los ojos con los nudillos antes de volver a mirar a la traductora.
—Llevo tres años defendiendo esto —explicó, y su voz, habitualmente pastosa por el desuso, adquirió una vibración extraña, una urgencia que no utilizaba desde sus primeros seminarios en Coímbra—.
Tres años sosteniendo en los congresos, en los artículos que la facultad se negaba a publicar y ante los directores de la Torre del Tombo, que Maria do Carmo de Almeida escribió más de lo que se conserva en las ediciones oficiales de su marido.
Henrique de Sousa se encargó de esterilizar su memoria; quemó sus diarios, confiscó sus colaboraciones en la prensa de las provincias y convenció a los críticos de Lisboa de que su poesía era solo un adorno aceptable para las veladas de António Ferro.
Querían que pareciera una mujer de su estirpe, una enferma de los nervios cuyo espíritu se había extenuado por leer demasiados libros extranjeros.
Se inclinó de nuevo sobre la mesa, señalando el papel con el índice, sin llegar a rozar la fibra.
—Todos mis colegas decían que yo estaba persiguiendo una sombra, una invención romántica para justificar una tesis doctoral sin base empírica.
Me pedían pruebas, Clara. Documentos públicos, actas de aduana, testamentos visados por notarías legítimas.
Y yo nunca había encontrado nada que lo probara de verdad.
Nada más que deducciones basadas en silencios y márgenes rasgados.
Hizo una pausa, tomando aire, mientras la luz cenicienta del ventanal acentuaba las marcas de cansancio de su rostro.
—Esta carta lo prueba. Inês lo dice aquí, explícitamente.
Habla del volumen, del huerto, de las palabras verdaderas que exigen una línea recta.
El manuscrito existió. No fue una invención de la censura ni una rabieta de patio de colegio; Maria do Carmo escribió para que alguien, un día, supiera quién había sido ella fuera del inventario de su marido.
Tomás extendió los dedos y, esta vez, posó las yemas sobre el borde inferior del folio, con la delicadeza de quien toca la piel de un recién nacido.
Al levantar el papel para devolverlo al centro de la mesa, su mano derecha sufrió una sacudida, un temblor fino e involuntario que hizo que las esquinas del folio oscilaran levemente bajo la luz de la lámpara.
Era el estremecimiento del superviviente que encuentra una grieta en el muro de su propio confinamiento, la quiebra de la disciplina sorda que había arrastrado como una gabardina pesada desde su salida de Galicia.
Clara lo notó. Vio la rigidez de los tendones de su muñeca, la palidez de los nudillos y la forma en que Tomás apretaba los dientes para contener el espasmo de sus propios dedos.
Sin embargo, no dijo nada. En las cocinas de la costa de Pontevedra, de donde ella venía, las quiebras emocionales de los hombres no se sancionaban con consuelos melodramáticos; se respetaban mediante un silencio pesado que permitía al otro recuperar la fijeza sin tener que pedir perdón por su debilidad.
Clara se limitó a mantener los ojos fijos en la marca limpia que el libro francés había dejado en el polvo de la mesa de roble, otorgándole a Tomás los segundos necesarios para que la herrumbre de su rutina volviera a encajar en su sitio.
Tomás dejó la carta sobre el tablero. El temblor remitió despacio, dejando tras de sí una lasitud que le vació los hombros. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de pana y extrajo el teléfono móvil, cuya pantalla negra reflejó por un instante el techo agrietado de la biblioteca.
—¿Me das permiso? —preguntó, levantando el aparato con un gesto tímido, casi de mendigo—. Solo una foto. Para el archivo del departamento. Necesito guardar la referencia antes de que los abogados de la fundación decidan qué hacer con estas cajas.
Clara se movió entonces. Dio un paso decisivo, anulando la distancia de seguridad que había mantenido durante los últimos tres días en la mesa auxiliar.
Extendió su mano, una mano acostumbrada a la fijeza del teclado, y tomó el folio por el revés, retirándolo con suavidad del alcance del objetivo del teléfono.
Tomás se quedó quieto, con el brazo suspendido en el aire, mirándola a través de los cristales limpios de sus gafas.
Esperaba la réplica previsible, el recordatorio contractual de que la Quinta y todo su contenido pertenecían al legado Mendes y que la universidad carecía de derechos de reproducción antes de la liquidación de la herencia jacente.
Pero Clara no guardó la carta en su carpeta ni volvió a su ordenador. Sostuvo el papel entre sus dedos, sintiendo el frío de la fibra satinada, y miró al investigador con esa fijeza terca de quien ya ha visto venir demasiados temporales desde el cabo.
—No la fotografíes —dijo ella, y su voz recuperó la cadencia gallega, descalza y real, que Daniel había intentado borrar en los restaurantes de Madrid—. Tradúcela conmigo.