El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 7 Tomás
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Capítulo 7 Tomás

Sintra en octubre no recibía visitantes; los expulsaba.

La niebla carnívora que ascendía desde el Atlántico al caer la tarde se encajaba entre las pendientes de la sierra, trepaba por los muros de piedra cubiertos de musgo y terminaba por disolver los contornos de los palacios y las quintas como si fueran de azúcar.

A las nueve de la noche, el pueblo parecía desierto, un decorado de baldosas húmedas y farolas amarillentas que parpadeaban bajo el peso del vapor.

Tomás había tardado casi una hora en encontrar un lugar donde pasar la noche.

Las grandes residenciales de la rúa de Gil Vicente habían colgado el cartel de cerrado a finales de septiembre, y los hoteles más caros del centro exhibían salones vacíos donde las alfombras olían a naftalina y desuso.

Al final, montaña arriba, cerca del camino que conducía al Castelo dos Mouros, dio con una vieja casa de huéspedes de fachada desconchada y ventanas de guillotina que milagrosamente mantenía la puerta abierta.

El vestíbulo olía a sopa de col, a cera rancia para la madera y a esa humedad pacífica e invencible que en Sintra se transmite de generación en generación a través de los tabiques.

La dueña, una mujer enjuta que vestía un chal de lana negra a pesar de que el frío aún no era riguroso, le había entregado la llave de la habitación número cuatro sin pedirle el documento de identidad, limitándose a cobrarle por adelantado en billetes arrugados.

La habitación era un rectángulo estrecho con un techo excesivamente alto que multiplicaba las sombras.

El mobiliario se reducía a un armario de pino que crujía con el cambio de presión, una silla de enea y una cama de hierro forjado cuyo colchón de muelles cedía en el centro como una hamaca.

El radiador de hierro, situado debajo de la ventana, emitía un siseo asmático cada diez minutos, pero apenas lograba templar el aire de la estancia; el frío se colaba por las rendijas de la madera vieja, arrastrando el olor de los eucaliptos de la sierra.

Tomás se sentó en el borde de la cama sin quitarse la chaqueta de pana.

La rigidez del somier le recordó las pensiones de mala muerte en las que había recalado durante su primer año en el norte de Galicia, cuando la huida aún tenía la urgencia de una herida abierta y los días se medían por los kilómetros que conseguía interponer entre él y su antigua vida en Lisboa.

Sacó el teléfono del bolsillo. La pantalla, con su luz azulada y artificial, rompió la penumbra decimonónica del cuarto.

Tenía dos llamadas perdidas de Lia. Miró la hora con cierta culpa; ya pasaban de las nueve y media, y a esa hora su hija ya debería estar metida en la cama en casa de su abuela, en Coímbra, esperando escuchar su voz antes de rendirse al sueño.

El tono sonó tres veces antes de que la voz de la niña apareciera, pequeña y extrañamente cercana, rompiendo el aislamiento de la montaña con esa timidez adormecida de los niños que se resisten a cerrar los ojos.

—¿Papá? Pensé que te habías olvidado. ¿Dónde estás? Suena raro, como si hablaras dentro de una caja.

—En Sintra, hija —respondió Tomás, bajando la voz por respeto a los invisibles huéspedes de las habitaciones contiguas—. El coche se ha cansado un poco al subir la cuesta de la montaña y he preferido parar hasta mañana. Estoy en una casa de huéspedes, cerca del castillo. No te preocupes, ya cené.

Al otro lado de la línea se oyó el crujido familiar de las sábanas y el roce del teléfono contra la almohada.

Tomás se imaginó a Lia acurrucada en la cama prestada, abrazando el oso de felpa descolorido que la acompañaba a todas partes, con ese mechón de pelo oscuro cayéndole sobre la frente; el mismo mechón indomable que él le apartaba con los dedos cada noche mientras le inventaba historias de reinos sumergidos.

—¿Fuiste a la casa grande de los árboles? —preguntó ella, con esa curiosidad limpia que aún no sabía de secretos ni de ausencias—. La abuela dice que estás buscando un libro viejo en una casa abandonada. ¿Había fantasmas, papá?

—No hay fantasmas, hija —admitió Tomás, permitiendo que una leve laxitud suavizara su tono, estirando las piernas sobre el suelo de madera—. Solo hiedra, muros de piedra gris y muchos árboles viejos. Mañana intentaré entrar si me dejan los guardeses.

Lia guardó silencio durante unos segundos, asimilando la respuesta con la seriedad de sus ocho años. Por el auricular se filtró el rumor lejano de la televisión encendida en el salón de su abuela, un eco doméstico que a Tomás le pareció pertenecer a otro continente.

—La tía dice que allí vive una señora de Galicia, de donde son los abuelos de mamá. Dice que cuida los papeles viejos de la casa pequeña. Papá... ¿cómo es la casa de la señora gallega?

Tomás cerró los ojos. El cansancio del viaje y el persistente olor a moho de la habitación le provocaron una punzada de dolor detrás de las sienes.

No quería hablar de la mujer de Vigo. No quería ponerle nombre a la sospecha que lo había llevado hasta allí, ni explicarle a su hija —tan pequeña, tan ajena a los fantasmas que poblaban los apuntes de su padre— por qué el nombre de Maria do Carmo seguía apareciendo en los márgenes de los volúmenes que él compraba en los rastros de la frontera.

—No la conozco. Y no es nada, hija, mañana hablamos —dijo, cortando la frase con esa fijeza seca que empleaba instintivamente para protegerla de sus propias derivas—. Tienes que dormir ya.

—Está bien, papá. Que no se rompa más el coche. Buenas noches.

—Buenas noches, mi amor. Duerme bien.

Apagó el teléfono y lo dejó sobre la silla de enea junto a las llaves del viejo Peugeot. Luego se levantó, caminó hacia el interruptor de la pared y apagó la luz.

La oscuridad de Sintra entró de golpe en la habitación, una negrura densa, casi táctil, que la luz de la calle no lograba disolver debido al grosor de la niebla exterior.

Tomás se metió entre las sábanas, que se sentían ásperas y ligeramente húmedas, como si hubieran sido secadas a la sombra de un porche en lugar de al sol.

Se cubrió hasta la barbilla con la manta de lana áspera, pero el frío parecía brotar del propio colchón, una corriente subterránea que le recorría la espina dorsal.

No durmió. El insomnio de Tomás no era el de los hombres que temen el futuro o los que arrastran deudas pendientes; era un insomnio estático, una vigilia limpia y desprovista de angustia que consistía en contemplar el paso de las horas a través de las rendijas de los postigos.

En la penumbra, su mente se deslizó hacia los detalles del muro de la Quinta dos Loureiros que había examinado esa tarde: las hiedras que habían devorado las molduras de granito, el óxido de las verjas que se deshacía al tacto como tabaco seco y el silencio absoluto que reinaba más allá de los árboles.

A veces, las personas que lo habían conocido en sus años de profesor en Coímbra o durante su breve y desastroso paso por las editoriales de Lisboa se sorprendían al verlo convertido en un buscador de libros viejos, un hombre que viajaba en un coche destartalado con una maleta de cartón y que pasaba las semanas en pensiones donde el agua salía marrón por los grifos.

Se compadecían de él en los cafés de la Baixa, atribuyendo su decadencia a la muerte de su esposa o al fracaso de su última monografía sobre los poetas del presocratismo portugués.

Pensaban que Tomás se ocultaba del mundo por vergüenza, por el orgullo herido del intelectual que no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos del mercado.

Tumbado en la cama de la pensión, con los ojos fijos en el techo invisible, Tomás se permitió terminar un pensamiento que rara vez formulaba en voz alta, una certeza que se había convertido en el eje de su existencia:

«Hace cuatro años que no me importa cómo me ve nadie».

La frase tenía la solidez de una sentencia judicial.

Cuatro años desde el día en que firmó la renuncia a la cátedra, devolvió las llaves del piso de la rúa de la Misericordia y quemó las galeradas del libro que le había llevado una década escribir.

Había descubierto que la indiferencia ajena era el único espacio de libertad que le quedaba a un hombre de su edad.

Cuando ya no esperas que nadie te apruebe, cuando el desprecio de tus antiguos colegas se convierte en un ruido de fondo tan insignificante como el siseo del radiador, los días adquieren una nitidez maravillosa.

Ya no había que sostener la impostura de la importancia, ni simular interés por las novedades literarias, ni cuidar el brillo de los zapatos antes de entrar en un aula.

Podía ser el hombre invisible que cruzaba los pueblos de la raya con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta de pana.

Y sin embargo, al amanecer, cuando la luz gris de octubre empezó a recortar el perfil de la ventana de guillotina, Tomás se levantó de la cama con una prisa que contradecía su supuesta indolencia.

El cuarto de baño de la pensión estaba al final del pasillo, un espacio común con paredes de azulejos amarillentos y una bañera de patas de hierro que mostraba cercos de óxido alrededor del desagüe.

El agua salía tibia, casi fría, pero Tomás se metió bajo el chorro sin vacilar, frotándose la piel con el jabón de glicerina barato que la dueña había dejado sobre la repisa.

Se lavó el pelo, se afeitó frente al espejo empañado utilizando la vieja maquinilla de hojas intercambiables y regresó a su habitación para vestirse con la camisa limpia que llevaba en el fondo de la maleta.

Cuando terminó de abrocharse los puños, se miró las manos.

Estaban limpias, pero las uñas mostraban los restos del polvo de los archivos que había estado consultando en la biblioteca municipal de Colares dos días antes.

Descontento con el resultado, tomó la toalla gris de la pensión, regresó al baño del pasillo y volvió a abrir el grifo.

Se duchó por segunda vez. Esta vez dejó que el agua corriera durante diez minutos sobre sus hombros, utilizando el cepillo de cerdas duras para limpiarse las uñas hasta que la piel de los dedos se tornó rosada y dolorida.

No había ninguna lógica en aquel empeño; el coche seguía teniendo la culata defectuosa, la Quinta dos Loureiros continuaba siendo una ruina devorada por la maleza y la mujer gallega de la que le había hablado Lia seguía siendo una completa desconocida a la que probablemente no vería jamás.

Pero mientras cruzaba el pasillo de madera hacia la salida, con el olor a jabón limpio flotando a su alrededor y el Peugeot arrancando a duras penas entre la niebla matinal de la rúa, Tomás sabía que aquellas dos duchas no eran para él.

Eran el último tributo que pagaba a un orden que ya no existía, el respeto instintivo del profanador que se lava las manos antes de entrar en una tumba que lleva ochenta años cerrada esperando a que alguien rompa el sello de lino encerado.