El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 6 Lisboa, junio 1932
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Capítulo 6 Lisboa, junio 1932

El calor de junio había transformado el Chiado en un espejo de caliza deslumbrante que hería los ojos.

A las cuatro de las tardes, el aire de la rúa Garrett no corría; permanecía suspendido entre las fachadas de azulejos, cargado con el olor a alquitrán derretido de las vías del tranvía y el aroma amargo del café tostado que salía por las puertas abiertas de A Brasileira.

Yo me sentaba en una de las mesas de mármol del interior, lejos de la terraza donde los poetas oficiales y los críticos de la nueva situación discutían el futuro de la literatura nacional bajo la mirada de bronce de Fernando Pessoa.

El interior del café era un remanso de penumbra, un laberinto de espejos empañados por el vaho de la cafetera y columnas de madera oscura que retenían el eco de las tazas de porcelana.

Henrique me había dejado allí tres cuartos de hora antes, con la orden de esperarlo mientras él resolvía una escritura de partición en un bufete cercano de la rúa de la Oura.

—No te muevas de la mesa, Carmo —me había advertido en portugués antes de salir, ajustándose el sombrero de paja—.

Este no es un lugar adecuado para que una mujer casada ande deambulando sola.

La agitación del muelle está subiendo por las cuestas y no quiero que te confundan con una de esas mecanógrafas que asisten a los mítines.

Le había asegurado que no me movería. Y no lo hice, pero no por obediencia, sino por esa lasitud pesada que el verano de Lisboa instala en la sangre de quienes nacimos en el sur.

Inês apareció cuando el camarero acababa de dejar sobre el mármol mi vaso de agua con sirope de grosella.

No traía sombrilla ni sombrero; su cabello oscuro, cortado con esa fijeza recta que los periódicos de la Iglesia calificaban de marimacho, mostraba las puntas húmedas por el sudor de la caminata.

Llevaba el mismo vestido de lino oscuro que le había visto una semana atrás en la rúa do Carmo, y sus zapatos de cordones, gastados por el uso, dejaron un rastro de polvo gris de la calzada sobre el suelo de madera del local.

Era la tercera vez que nos encontrábamos en tres semanas.

La primera había sido el salón de António Ferro; la segunda, junto al mostrador de la librería Bertrand, donde ella fingió buscar un diccionario de francés mientras mis dedos rozaban las cubiertas de las novedades extranjeras.

Tres encuentros en veintiún días eran demasiados para la geografía timorata de Lisboa, donde las familias de nuestra clase se cruzaban únicamente los domingos a la salida de la misa mayor de la Estrela.

Sabía, con una certeza que no necesitaba confesiones, que aquellas coincidencias no pertenecían al azar.

Inês conocía las rutinas de mi marido, los días en que sus pleitos lo obligaban a subir a la Baixa y las horas en que yo quedaba abandonada en las esquinas de los cafés como un paraguas olvidado.

—¿Está libre este lado del mármol, señora de De Sousa? —preguntó en portugués, aunque sus ojos grises ya daban por sentada la respuesta.

—Para usted siempre está libre, Inês —respondí, hablando también en la lengua de Lisboa, cuidando de que mi voz no cruzara el espacio de la mesa vecina, donde dos procuradores de la Audiencia repasaban un fajo de actas notariales.

Se sentó con esa ligereza suya que siempre me parecía una provocación contra la gravedad de mis faldas almidonadas.

Cuando el camarero se acercó, Inês no pidió la bica tradicional, el café corto y espeso que los hombres tomaban de pie junto al mostrador; ordenó un servicio de té para dos, una petición que el empleado anotó con una mueca de fastidio, descontento por tener que encender la tetera de cobre en mitad de una tarde de bochorno.

Nos quedamos allí hasta el cierre. La luz blanca de la rúa Garrett fue tornándose del color del azafrán, luego de un violeta denso que borró los relieves de los azulejos de la acera de enfrente, y finalmente la noche cayó sobre el Chiado con la rapidez de una cortina de teatro.

Los procuradores se marcharon, los poetas de la terraza se dispersaron hacia las casas de comidas de la rúa de San Roque y los camareros empezaron a amontonar las sillas de paja sobre las mesas vacías del fondo, provocando un estrépito metálico que resonaba en los espejos como un aviso.

Ninguna de las dos se movió. Henrique no regresó; un recado enviado por un ujier del juzgado me había avisado a las seis de que la junta de acreedores se prolongaría hasta la madrugada y que debía tomar un coche de punto para regresar a Estrela.

Estaba libre, o al menos disfrutaba de esa libertad condicional que los maridos de Lisboa conceden cuando los negocios del Estado resultan más lucrativos que la vigilancia conyugal.

Inês habló durante horas de una mujer que vivía en un pueblo de la Picardía francesa y que firmaba sus libros con el apellido de su primer esposo: Colette.

Su voz no tenía la urgencia política de los panfletos que los tipógrafos distribuían en los muelles; poseía una fijeza analítica, una claridad que transformaba la literatura en una cuestión de supervivencia personal.

—Escribe con la crueldad de quien no tiene nada que perder, Carmo —me dijo en portugués, sosteniendo la taza de porcelana entre las dos manos, sin importarle que el té ya estuviera completamente frío—.

No busca la belleza de las metáforas que entusiasman a los académicos de Coímbra; busca la verdad de los cuerpos, el olor de las sábanas que no se han ventilado y el derecho de una mujer a marcharse de una casa donde solo se la quiere como un adorno de la chimenea.

En París las mujeres no piden permiso para firmar sus contratos ni necesitan que un abogado verifique el tamaño de su entendimiento.

—Lisboa no es París, Inês —contesté, mirando mi propio reflejo en el espejo de la columna. Mi rostro parecía el de una extraña, una silueta desvaída entre las letras doradas de un anuncio de tabaco brasileño.

—Lisboa será lo que nosotras escribamos que sea —afirmó ella.

De la cartera de lona que llevaba colgada del hombro, Inês extrajo un volumen pequeño, encuadernado en una tela azul que el uso había desgastado en las esquinas.

Me lo tendió por encima del mármol, manteniendo los dedos apoyados sobre la cubierta un instante antes de soltarlo, como si estuviera entregándome un documento de contrabando. Era un ejemplar de La Vagabonde.

—Lléveselo —añadió en portugués, su tono descendiendo hasta convertirse en un roce apenas audible entre el ruido de los camareros que barrían el serrín del suelo—.

Lo leí durante mi último invierno en Francia.

Contiene marcas a lápiz en los márgenes.

Son las líneas que yo necesitaba recordar cuando creía que el frío de los muelles terminaría por secarme las ideas. Ahora necesito que las lea usted.

Tomé el libro. El tejido de la tela se sentía áspero, impregnado con un aroma sutil a tabaco rubio y a la humedad de los sótanos que Inês habitaba en la rúa do Sé.

Lo guardé en el fondo de mi bolso de piel, debajo del pañuelo de encaje y las llaves de la casa de Estrela, temiendo que la mirada del camarero que se acercaba a retirar la bandeja pudiera adivinar el contenido del pliego.

Llegué a la Quinta de Estrela pasadas las diez.

La casa estaba sumida en esa mudez reglamentaria que Henrique imponía a las criadas a partir de la puesta del sol: las luces del pasillo central apagadas, las alfombras del Alentejo amortiguando cada sonido y el olor a cera rancia y a puros de fumar flotando en el despacho vacío.

Mi marido aún no había regresado; su sombrero de copa no colgaba del perchero del vestíbulo, un signo de que la partición de los bienes de los condes seguía siendo disputada en los despachos de la Baixa.

Subí a mi dormitorio, me desvestí sin encender la lámpara de techo y me puse el camisón de lino grueso.

El silencio de la casa me pareció más espeso que de costumbre, una masa física que me oprimía el pecho.

Tomé el bolso, extraje el volumen azul de Colette y me dirigí al cuarto de baño del fondo del pasillo, el único espacio de la planta donde la cerradura de bronce interior funcionaba con un pestillo de seguridad que Henrique no había hecho sustituir.

Giré la llave. El chasquido metálico sonó limpio en la penumbra.

Para que las criadas no sospecharan de mi vigilia si Henrique regresaba antes de tiempo, dispuse una escena que justificara mi encierro.

Vertí un chorro de agua de azahar en la jofaina de porcelana, dejé caer dos toallas húmedas junto al bidé y me senté en el suelo de azulejos blancos y negros, apoyando la espalda contra la madera fría de la tina de baño.

Era una postura imposible, incómoda, que me obligaba a doblar las rodillas contra el pecho y a mantener el cuello rígido para aprovechar la claridad mortecina de la única bombilla de diez bujías que colgaba del techo técnico.

Si mi marido llamaba a la puerta, mi respuesta ya estaba ensayada en mi mente: un dolor repentino en el bajo vientre, un enfriamiento provocado por el sorbete de grosella de A Brasileira, esa clase de indisposición femenina que los hombres de leyes consideran un asunto privado y molesto que no requiere más indagaciones.

Abrí el libro por la mitad. Las páginas, amarilleadas por la mala calidad del papel de la edición francesa, mostraban una letra menuda, picuda, trazada con la punta de un lápiz de grafito blando.

Inês había anotado fechas, nombres de calles de París y pequeñas exclamaciones en los márgenes que parecían un diálogo secreto con la autora.

En la página ochenta y cuatro, los ojos se me detuvieron en una línea subrayada con dos trazos enérgicos que casi habían perforado la fibra del papel. Era una frase corta, limpia, exenta de la retórica que Henrique empleaba en sus discursos de la asociación de abogados:

Tout ce qu'on n'écrit pas est perdu.

Todo lo que no se escribe se pierde.

Me quedé mirando aquellas palabras durante un tiempo que no supe medir.

El agua de la jofaina se enfrió por completo, desprendiendo un olor ácido que se mezcló con el aroma de la tela del libro.

La frase no era una observación estética; era una advertencia, una orden de detención dirigida contra el olvido que Henrique estaba construyendo a mi alrededor con sus silencios y sus circulares ministeriores.

Si yo no anotaba los inviernos de Lisboa, las reuniones de la rúa do Sé, los zapatos de goma de Inês y el desprecio perfecto con el que servía el caldo en las cenas oficiales, todo aquel mundo desaparecería bajo el barniz de los tribunales de la dictadura, como si mi existencia hubiera sido apenas un apunte contable en los libros de dote de mi padre.

Saqué el cuaderno de tapas de hule que guardaba oculto entre las fajas del fondo del armario y, con el mismo lápiz de carpintero que empleaba para marcar las dimensiones de las telas, copié la frase en la primera página limpia, justo debajo de la dedicatoria ficticia que había redactado para mi primo de Portalegre.

Mi mano no tembló. La caligrafía apareció recta, despojada de los adornos de la escuela, ocupando el centro del papel con una fijeza que me pareció casi un desafío.