El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 5 Clara
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Capítulo 5 Clara

El polvo de la biblioteca se le había metido bajo las uñas y en las comisuras de los labios, dejando un sabor alcalino y seco que ni el agua embotellada lograba quitar.

Clara llevaba cuatro horas sentada ante la mesa de roble, iluminada únicamente por una lámpara de sobremesa con el pie de bronce verde que había encontrado en el despacho contiguo.

La instalación eléctrica de la Quinta dos Loureiros era un milagro de cables forrados de tela que emitían un zumbido sordo detrás del papel pintado, pero la toma de la biblioteca funcionaba, arrojando una claridad amarilla y mortecina sobre las fichas de inventario que iba rellenando a lápiz.

Había clasificado cuarenta y dos volúmenes de literatura francesa del siglo diecinueve y seis anuarios comerciales de la región del Duero.

El suelo seguía doliendo; cada vez que se levantaba para devolver un tomo a su sitio, sentía la inclinación de la tarima bajo las botas, una sutil fuerza de gravedad que empujaba sus pasos hacia el centro exacto de la sala, donde la mesa de roble parecía hundirse en una vaguada invisible.

El volumen azul de Colette, La Vagabonde, permanecía en la esquina derecha de la mesa, un recordatorio mudo de la tarde.

No había vuelto a caer ningún libro, pero el aire de la estancia conservaba esa densidad extraña, ese olor almibarado que no correspondía a una casa que llevaba cerrada desde que las cartillas de racionamiento eran ley en Lisboa.

A las ocho y veinte, un sonido áspero cruzó el pasillo principal.

No fue un golpe, ni el crujido ordinario de las vigas de castaño.

Fue el tableteo metálico de un timbre de cuerda, un mecanismo antiguo cuyo cable corría por el exterior de la fachada dentro de un tubo de plomo oxidado.

Sonó una sola vez, una nota discordante y estridente, como la de una campanilla de bronce rajada que alguien hubiera sacudido con demasiada fuerza en mitad de un pozo.

Clara dejó el lápiz sobre la ficha. El silencio que siguió al eco del timbre pareció más frío, más físico que el de los minutos anteriores.

Se levantó despacio, estirando las piernas cansadas, y cruzó el pasillo guiándose por la luz amarilla que salía de la biblioteca.

Las baldosas del vestíbulo devolvieron el impacto de sus tacones con una fijeza que le devolvió la calma.

No tenía motivos para alarmarse; la Estrada da Pena era una vía pública, no el fin del mundo, aunque la niebla exterior se empeñara en demostrar lo contrario.

Descorrió el cerrojo de hierro. La madera de la puerta principal protestó al abrirse, dejando entrar de golpe una bocanada de aire húmedo que hizo bailar la llama ficticia de la lámpara del pasillo.

Al otro lado del umbral, recortado contra el fondo blanco de la niebla, un hombre permanecía de pie con los hombros encogidos bajo una gabardina oscura que brillaba por el agua condensada.

Tenía el cabello castaño, corto y empapado, pegado a la frente en mechones finos.

Sus gafas de montura de carey estaban completamente empañadas, dos óvalos blancos que le impedían ver más allá de sus propios dedos.

En la mano derecha sostenía una libreta de notas con las tapas de hule negro, protegida a medias bajo el ala de la manga.

El hombre parpadeó detrás de los cristales blancos, se quitó las gafas con un movimiento torpe y la miró con unos ojos grises, fijos y encendidos por una agitación que Clara reconoció de inmediato: la mirada monomaníaca de los opositores o de los hombres que pasan demasiadas horas en los archivos provinciales.

—Soy historiador de la Universidad de Coímbra —dijo el hombre en portugués, hablando con una prisa atropellada, como si temiera que la puerta se cerrara antes de terminar la sintaxis—.

Creo que esta propiedad perteneció a la familia Almeida y que su interior esconde el archivo privado y los cuadernos inéditos de una poeta perdida de los años treinta.

Necesito comprobar el inventario de la biblioteca antes de que la xunta municipal intervenga el inmueble.

Clara se cruzó de brazos, apoyando el hombro izquierdo en el marco de la puerta de castaño.

El frío de la noche le atravesaba la blusa, pero no hizo ademán de dejarle paso.

Lo observó detenidamente: los zapatos de cuero blando deshechos por el barro del camino, la libreta húmeda cuyas páginas ya empezaban a curvarse por la infiltración de la niebla y esa suficiencia académica que pretendía transformar una propiedad privada en un bien de interés público mediante tres adjetivos bien articulados.

—Esta casa lleva ochenta años cerrada a los extraños —respondió Clara en un portugués perfecto, modulando las vocales con la precisión de quien ha pasado cinco años traduciendo actas notariales en la frontera de Tui—.

Y usted, antes de exigir el inventario de mis libros a las ocho de la noche, podría haber empezado por presentarse y dar las buenas noches.

Es lo que solemos hacer las personas normales cuando llamamos a una puerta ajena en mitad de la montaña.

El hombre se quedó en blanco. Sus labios permanecieron entreabiertos durante tres segundos exactos, suspendidos en mitad de una palabra que no llegó a articular.

El color rojizo que la caminata por la Estrada da Pena de las rampas le había subido a las mejillas se transformó en un tono lívido, un rubor de humillación estudiantil que le bajó por el cuello de la camisa.

Se limpió los cristales de las gafas con el revés de la manga de la gabardina, un gesto inútil que solo consiguió extender la grasa del agua sobre el cristal.

—Yo... lo lamento —dijo, volviendo a hablar en portugués, esta vez con la voz un tono más baja, despojada de la urgencia ministerial de su primera frase—.

Me llamo Tomás. Tomás Rebelo. Trabajo en el Departamento de Literatura de Coímbra.

He conducido desde allí porque acabo de recibir la confirmación del registro de la Torre del Tombo.

No pretendía... no sabía que la Quinta tuviera un inquilino actual.

Los registros de la delegación de Sintra daban la propiedad por abandonada desde el fallecimiento de los herederos colaterales.

—Pues ya ve que los registros de su delegación necesitan una revisión —dijo Clara, sin moverse un centímetro—.

La propiedad tiene dueña. Tiene cerradura.

Y tiene una persona dentro que está intentando trabajar sin que los excursionistas de la universidad le vengan a explicar quiénes eran los antiguos dueños de sus muebles.

—No soy un excursionista —contesté Tomás, intentando recuperar algo de la dignidad profesional que se le había escurrido por los zapatos húmedos.

Se colocó las gafas, que volvieron a empañarse casi al instante por el calor de su propia respiración—.

Llevo tres años buscando el rastro de Maria do Carmo de Almeida.

Su marido, el abogado De Sousa, destruyó toda su correspondencia pública y sus colaboraciones en la prensa de Lisboa tras su reclusión en el norte.

Esta Quinta es el único lugar donde la policía política no realizó un registro sistemático en el año treinta y ocho.

Si los cuadernos siguen aquí, su valor para la historia de la literatura de la dictadura es. ..

—Su valor me importa exactamente lo mismo que el motivo de su viaje por la autopista —le interrumpió Clara.

Su tono era seco, eficiente, la clase de voz que empleaba para despachar a los procuradores que acudían al pazo de Vigo a discutir las lindes de las fincas de maíz—.

Mis libros son míos. Los que están en las estanterías y los que están en el suelo.

No sé quién es esa poeta de la que habla y no tengo ninguna intención de dejar que un desconocido pase la noche revolviendo el polvo de mi biblioteca porque ha tenido un arrebato de inspiración en su despacho de Coímbra.

Tomás miró el interior del pasillo por encima del homsped de Clara.

La claridad amarilla de la biblioteca recortaba el perfil de la consola de madera y el extraño paragüero de pata de elefante que descansaba en la esquina.

El olor dulce, ese rastro de almíbar y cera rancia que flotaba en la Quinta, llegó hasta él, cruzando el umbral de la entrada.

—Es una investigación oficial —insistió él, aunque la falta de convicción en su voz transformó la frase en una súplica—.

Tengo las credenciales de la Facultad de Letras en el coche.

Podría mostrárselas si me permite diez minutos.

Solo necesito comprobar si los volúmenes de la sección este conservan las anotaciones en los márgenes.

Clara miró la niebla que ya empezaba a lamer los neumáticos del Fiat Panda aparcado bajo el naranjo. Luego volvió a fijar la vista en la libreta de Tomás, donde las líneas azules del papel estaban emborronadas por el agua de sus dedos.

—Haga una cosa, señor Rebelo —dijo Clara, sujetando el borde de la puerta con la mano derecha—.

Vuelva mañana. Suba la cuesta a una hora en la que los servicios públicos estén abiertos, traiga un café que no sepa al agua destilada de las gasolineras de la circunvalación y prepare una explicación que contenga menos adjetivos históricos y más datos notariales.

Si sus papeles son tan buenos como dice, tal vez le deje ver las cubiertas de los anuarios comerciales. Pero esta noche no.

—No tomo café —dijo Tomás, con una rigidez infantil que le hizo contraer la mandíbula.

—Pues traiga un té —concluyó ella—. O no traiga nada. Pero no vuelva a llamar a este timbre después de que se ponga el sol. Buenas noches.

La hoja de castaño se cerró con un impacto firme que hizo vibrar el marco de piedra de la entrada. El cerrojo de hierro corrió de inmediato, un sonido metálico y definitivo que resonó en el pasillo interior como una sentencia de juzgado.

Tomás permaneció inmóvil en el escalón de piedra durante varios segundos, escuchando el alejamiento de los pasos de Clara sobre las baldosas del vestíbulo.

El frío de la sierra le recorrió la espalda, calándole la lana de la chaqueta bajo la gabardina.

Se dio la vuelta despacio, bajando el sendero de carretas con la vista fija en el suelo para no tropezar con las raíces de los castaños que levantaban las piedras del camino.

Al llegar al Peugeot, el motor al ralentí emitía un ronroneo regular que le pareció el único elemento cuerdo de la Estrada da Pena.

Se subió al habitáculo, cerró la portezuela y esperó a que la calefacción disipara la capa de humedad que se había instalado en el interior de los cristales.

El cuadro de mandos iluminaba el espacio con un resplandor verde que hacía que sus manos parecieran las de un enfermo.

Abrió la libreta de hule negro sobre el volante. Tomó el bolígrafo de tinta de gel que llevaba en el bolsillo superior de la cazadora y, con una caligrafía rápida, deformada por el temblor de los dedos fríos, anotó en portugués en la primera página limpia:

Acento del norte. Gallega. Española. Cuidado.

Se quedó mirando las cuatro palabras durante un minuto, escuchando el goteo del agua de los pinos sobre el techo de chapa del coche.

Luego, con un movimiento lento y deliberado del brazo, volvió a presionar la punta del bolígrafo sobre el papel y subrayó la última palabra dos veces, rompiendo casi la fibra del hule con el trazo del revés.

Conectó la primera marcha y dejó que el coche se deslizara rampa abajo, perdiéndose en el fondo gris de la Estrada da Pena mientras la luz amarilla del piso superior de la Quinta permanecía fija detrás de la hiedra.