El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 4 Tomás
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Capítulo 4 Tomás

El despacho de Tomás en el piso superior de la Facultad de Letras de la Universidad de Coímbra conservaba el mismo aire estancado que las salas de lectura del siglo diecinueve: un olor espeso a papel deshecho por los ácaros, madera de castaño encerada y el barniz reseco de las estanterías que subían hasta el techo de bovedilla.

Desde su ventana, estrecha y encajada entre sillares de granito, se divisaba una sección del curso gris del río Mondego y los tejados de la Baixa, difuminados por una llovizna fina que caía con la regularidad de un metrónomo desde primera hora de la mañana.

Sobre la mesa de trabajo, una superficie de roble sepultada bajo tres hileras de monografías descabaladas y fotocopias de la prensa literaria de los años treinta, el ordenador de torre emitía un zumbido sordo y constante.

La pantalla iluminaba la penumbra del cuarto con un resplandor azulado que hacía parpadear a Tomás cada vez que levantaba la vista de las fichas de cartulina.

El aviso del correo electrónico entró con un leve tintineo metálico.

Tomás dejó el bolígrafo sobre el bloc de notas y estiró los dedos, entumecidos por las cuatro horas que llevaba transcribiendo las actas del Secretariado de Propaganda Nacional.

El remitente era el Archivo Nacional de la Torre del Tombo.

El asunto consistía apenas en una referencia numérica seguida de tres palabras: Inventario Bienes Almeida.

Hizo clic con el ratón. El documento adjunto era un archivo PDF pesado, una reproducción fotográfica en alta resolución de un legajo de papel timbrado del año 1938.

Al deslizar la barra de desplazamiento, las páginas mostraron la caligrafía apretada y picuda de los oficiales judiciales de la dictadura, una tinta azulada que el tiempo había vuelto del color de la herrumbre.

En la página catorce, bajo el epígrafe de propiedades rústicas incautadas o sujetas a administración judicial por deudas fiscales del patrimonio de la familia Almeida, los ojos de Tomás se detuvieron en una línea subrayada con lápiz rojo:

Quinta dos Loureiros —Quinta de los Laureles—, situada en la Estrada da Pena, término municipal de Sintra.

Finca compuesta de casa de vivienda de dos plantas, jardín amurallado, manantial propio y dependencias accesorias.

Registrada a nombre de Maria do Carmo de Almeida de Sousa en virtud de escritura de dote del año 1931.

Tomás se reincorporó en la silla, sintiendo un latido rápido y repentino en la boca del estómago.

Volvió a leer la dirección. Estrada da Pena.

Durante tres años había rastreado las actas notariales de Évora, los registros parroquiales del norte del Alentejo y los archivos privados de los herederos de António Ferro en Lisboa, convencido de que los últimos cuadernos de Maria do Carmo —aquellos poemas que la censura salazarista había considerado «disolventes y contrarios a la moral de la nación»— se habían perdido en la quema de los graneros de la familia durante la reforma agraria o permanecían sepultados en el desván de algún bufete de abogados de la rúa do Gold.

Un pensamiento rápido cruzó su mente, una frase que no se permitió terminar del todo, deteniéndola antes de que adquiriera la forma de una certeza ridícula: Tres años buscando esto y resulta que estaba en un pueblo a dos horas de mi casa…

No completó la reflexión porque la experiencia en los archivos le había enseñado que la proximidad geográfica solía ser la antesala de los mayores fiascos académicos; las cosas que se encuentran cerca de la rutina propia tienden a carecer de la épica que los departamentos universitarios exigen para justificar una beca de investigación.

Tomó el teléfono móvil que descansaba junto al teclado y marcó el número de su madre. El tono de llamada sonó cuatro veces antes de que la voz de Luisa respondiera, amortiguada por el bullicio de fondo de un televisor encendido en un canal de noticias.

—¿Tomás? Menos mal que llamas. Lia tiene treinta y ocho y medio. Le he dado el jarabe hace veinte minutos, pero no quiere tomarse la sopa de sémola. Dice que le duele la garganta al tragar.

Tomás se levantó de la silla, apartando el teclado con un movimiento brusco que desordenó una pila de folios.

—¿Tiene placas? Si quieres bajo ya, dejas las llaves en la consola y me quedo yo con ella esta noche. Puedo pedirle a la jefa de estudios que me mueva el seminario de mañana por la mañana.

—No seas exagerado, no es nada —la voz de Luisa sonó con esa firmeza seca, carente de adornos, que utilizaba cuando consideraba que su hijo estaba a punto de comportarse como un padre coraje pusilánime—.

Son unas décimas de nada, el típico enfriamiento de Coímbra por salir de la escuela con la chaqueta abierta.

Ya se ha dormido con el peluche del oso.

Ve a hacer lo tuyo. Sé perfectamente que llevas semanas esperando ese maldito papel de Lisboa. Ve.

Tomás guardó silencio un instante, mirando las luces de los coches que empezaban a encenderse en el puente de Santa Clara, abajo en el río.

—Es en Sintra —dijo—. El registro sitúa la última propiedad a su nombre en la Estrada da Pena. Si salgo ahora por la autopista, puedo estar allí antes de que cierren las oficinas del catastro municipal o ver el perímetro de la casa desde el exterior.

—Pues coge el coche y muévete —dijo su madre.

Hubo una pausa en la línea, rota únicamente por el sonido de un anuncio de detergente en la televisión de su casa.

Cuando Luisa volvió a hablar, su tono había perdido la urgencia de la fiebre de la niña y había adquirido una gravedad directa, exenta de tacto—.

Y de paso, Tomás, tendrías que volver a salir.

Me refiero a salir de verdad. No a conducir doscientas semanas seguidas para mirar tapias de piedra y hablar con archiveros que huelen a sótano.

Lia ya tiene ocho años; no necesita un guardaespaldas las veinticuatro horas, necesita un padre que no parezca un fantasma de la Facultad de Letras.

La vida de esa poeta se terminó en los años cuarenta; la tuya se supone que sigue en el calendario.

Tomás no respondió. Mantuvo el teléfono pegado a la oreja, escuchando la respiración regular de su madre al otro lado de la línea, hasta que ella misma rompió la tensión con un suspiro corto.

—Te dejo las llaves de casa debajo de la maceta de los geranios por si vuelves de madrugada y no quieres despertar a la niña con el ruido de la cerradura. Conduce con cuidado. La autopista del oeste se pone impracticable cuando hay niebla.

—Gracias, mamá —dijo él, y colgó antes de que Luisa pudiera añadir otra consideración sobre su estado civil o la falta de muebles nuevos en su apartamento de la rúa Ferreira Borges.

Guardó el ordenador, metió el cuaderno de notas y la tableta en la mochila de lona y apagó el flexo de la mesa. El despacho quedó sumido de inmediato en esa oscuridad grisácea que precedía a la noche de Coímbra, una penumbra donde los lomos de los libros parecían formar un muro uniforme y mudo.

El viaje por la autopista del norte fue una sucesión de tramos de asfalto reluciente por la lluvia y camiones de gran tonelaje que levantaban cortinas de agua sucia al ser adelantados.

Tomás conducía su viejo Peugeot con las manos fijas en el volante, ignorando la música de la radio y concentrado en las indicaciones de los paneles elevados que anunciaban la aproximación a la región de Lisboa.

Al tomar el desvío hacia la rúa de circunvalación de Sintra, el paisaje cambió de golpe: las naves industriales y las gasolineras de la periferia dieron paso a la masa oscura de la sierra, una silueta de granito y arboleda densa que parecía retener la noche con una fijeza distinta a la del resto de la costa.

La Estrada da Pena era un camino angosto que ascendía entre muros de mampostería cubiertos de hiedra y helechos monumentales.

Los faros del Peugeot apenas lograban perforar la niebla baja que subía desde el Atlántico, una humedad pastosa que obligaba a Tomás a meter segunda marcha en cada una de las curvas de herradura.

El navegador del teléfono había perdido la señal tres kilómetros atrás, dejando la línea de ruta congelada en mitad de un cuadrante forestal sin rotular.

Se guió por la numeración borrosa de las fincas residenciales, unas placas de azulejos que aparecían de tarde en tarde entre los pilares de las verjas.

Al llegar al tramo más alto de la rampa, donde la carretera se estrechaba hasta casi tocar las ramas de los castaños, divisó la entrada.

Las dos hojas de hierro forjado de la verja estaban cubiertas por una capa compacta de óxido naranja que el agua de la niebla hacía brillar como si estuviera encendida.

Tomás detuvo el coche en el arcén de tierra, dejando el motor al ralentí y las luces de posición conectadas.

Se bajó del vehículo, subiéndose el cuello de la cazadora para protegerse del aire húmedo y frío que descendía de las cumbres del palacio.

El silencio de la montaña era absoluto, roto únicamente por el crujido de sus propios pasos sobre la alfombra de hojas deshechas y el goteo rítmico del agua sobre el capó del coche.

Se acercó a la verja. En el pilar derecho, la placa de latón desvaído confirmaba el hallazgo: Quinta dos Loureiros.

Las letras, grabadas con la tipografía oficial de finales del siglo diecinueve, mostraban los bordes limpios de musgo, como si alguien hubiera pasado los dedos por el metal pocas horas antes.

Tomás levantó la vista hacia la masa oscura de la casa que se adivinaba tras la curva del camino de carretas.

Era una estructura de dos plantas, con la silueta de los azulejos de la fachada reflejando la luz mortecina del cuadro de mandos de su coche.

Debería haber sido una ruina deshabitada, un inmueble cerrado por orden judicial desde la muerte de los últimos parientes de la estirpe Almeida en los años setenta, una propiedad muerta que solo existía en las carpetas de la Torre del Tombo.

Sin embargo, en la ventana del piso superior, justo debajo de la cornisa de yeso agrietado, un resplandor amarillo recortaba la línea de las contraventanas de madera.

Había una luz encendida dentro de la casa, una claridad trémula, del color de la cera de abejas o de una lámpara antigua, que no debería estar allí.

Tomás se quedó inmóvil, con la mano apoyada en el hierro frío de la entrada, sintiendo cómo la niebla de Sintra le empapaba el cabello mientras mantenía los ojos fijos en el cristal iluminado.