El jardín de las cartas no enviadas Capítulo 3 Lisboa, abril de 1932
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Capítulo 3 Lisboa, abril de 1932

La luz eléctrica en el salón de António Ferro carecía de la benevolencia del candil; poseía una fijeza blanca, casi médica, que parecía destinada a exponer las costuras de los abrigos vueltos a teñir y el cansancio secreto de las mujeres que nos sentábamos en las sillas de lino a esperar el anuncio de la cena.

Henrique prefería esa claridad. Decía que los hombres del nuevo siglo debían acostumbrarse a la transparencia de las oficinas, aunque luego pasara las tardes en su despacho de Estrela con las maderas cerradas, protegiendo sus legajos del sol que subía desde el Tajo.

Aquella noche me sostenía por el antebrazo, justo por encima del puño del guante de cabritilla.

Su mano era un peso tibio, regular, la presión exacta que un propietario ejerce sobre las riendas de un animal que no ofrece resistencia pero que requiere vigilancia.

Me conducía entre los corrillos de abogados de la administración y directores de periódicos con una lentitud que el resto de los invitados confundía con la deferencia del recién casado.

Yo conocía el ritmo de su paso; era el mismo con el que examinaba los límites de las dehesas de mi padre en el Alentejo antes de que los abogados firmaran la dote.

—Sonríe, Carmo —me dijo al oído, sin que la línea de su boca perdiera la curvatura social que reservaba para los subsecretarios—. El hombre de la izquierda es el nuevo censor de las publicaciones de Évora. Le interesa saber qué clase de poesía se lee ahora en las provincias.

—Ya sonrío, Henrique —respondí.

Mi voz permaneció baja, educada en esa mudez perfecta de las hijas de buena familia que han aprendido a aborrecer a sus maridos sin mover un solo músculo del rostro.

Mi madre me había enseñado que el odio auténtico no necesita aspavientos; se conserva mejor si se diluye en el caldo de las cenas oficiales, si se mantiene oculto tras un abanico de sándalo y una inclinación regular de la cabeza.

En el centro del salón, António Ferro gesticulaba ante un grupo de oficiales del ejército.

Su cuerpo, menudo y nervioso, se movía con una urgencia que no pertenecía a la Lisboa de los viejos palacios; observaba a cada interlocutor midiendo el efecto de sus palabras, buscando el reflejo de su propia importancia en las pupilas de los militares.

Nadie miraba las paredes, donde los cuadros modernos de la nueva escuela colgaban entre molduras doradas que todavía olían al barniz de la restauración.

Los invitados se miraban los unos a los otros, vigilando quién se acercaba a la mesa del fondo y quién permanecía en la penumbra del pasillo.

Me solté de la presión de Henrique aprovechando el saludo de un notario de Coímbra.

Me refugié en el extremo opuesto de la sala, donde una librería de madera de palisandro guardaba volúmenes que nadie había abierto durante la velada.

Mis dedos buscaron el lomo de un libro pequeño, una edición en rústica con las páginas mal cortadas que descansaba entre dos tratados de derecho internacional. Era una traducción reciente.

—¿De Joyce o de cualquiera de nosotros? —La voz llegó desde mi hombro, desprovista de la modulación cantarina de las damas que frecuentaban el Chiado.

Me volví despacio. La mujer que permanecía de pie a mi lado no compartía la geometría del salón.

Llevaba un vestido de lana oscura, de un corte severo que ignoraba las sedas traídas de París que lucían las demás, y unos zapatos de piel negra con cordones y suela de goma gruesa, un calzado destinado a resistir las piedras sueltas de las pendientes de la Alfama y no las alfombras de la estirpe de Ferro.

Su rostro era enjuto, dominado por una nariz recta y unos ojos grises que no buscaban la aprobación de los hombres del centro de la estancia.

No llevaba alhajas, salvo una sortija de plata lisa en el dedo índice.

—Es Joyce —respondí, manteniendo el libro contra el pecho—. Los muertos.

Ella miró mis manos, deteniéndose en la marca pálida que los dedos de Henrique habían dejado sobre la piel desarmada de mi muñeca, justo donde el guante blanco se abría en una pequeña hendidura.

—Conozco el texto —dijo ella, hablando directamente en castellano con un deje limpio, casi imperceptible, que delataba los inviernos pasados en los muelles de la orilla derecha del Sena—.

El traductor cree que el frío de Dublín es el mismo que el de las noches de Guarda.

No ha comprendido que la nieve de ese libro no cae sobre la tierra, sino sobre las mesas donde las familias esperan a que mueran los viejos para heredar las sábanas. Me llamo Inês.

No pronunció ningún apellido. Se quedó inmóvil, con las manos metidas en los bolsillos laterales de su vestido, una postura que mi tía habría calificado de inconveniente para una mujer soltera en una casa respetable.

Su presencia tenía la fijeza de los objetos que no han sido colocados para agradar a las visitas.

—Este salón es una oficina de aduanas —continuó Inês, observando cómo un camarero retiraba las copas vacías de una consola de mármol—.

Todos estos señores creen que están redactando el inventario de un imperio, pero solo están construyendo un archivo de provincias con ujieres que huelen a tabaco barato y a naftalina.

Debería regresar a su casa, señora de De Sousa.

Esta luz le va a apagar el color de las mejillas.

—Mi marido dice que es necesario acompañar el pulso de la época —contesté, sintiendo la rigidez del corsé bajo la seda verde de mi vestido.

—Su marido confunde el pulso con las circulares de los ministerios —dijo ella.

Se sacó las manos de los bolsillos con un movimiento rápido, desprovisto de la lánguida ceremonia con la que las esposas de los directores generales manejaban sus abanicos de encaje.

Se acercó un paso, lo suficiente para que yo pudiera percibir el olor de la lana de su ropa, un aroma limpio, exento de las esencias de violeta que inundaban el centro del salón.

—No permita que la borren, Carmo —añadió, su tono descendiendo hasta convertirse en un roce apenas audible entre el murmullo de los invitados—.

El cuaderno que envió a la imprenta de Évora contiene tres composiciones que no pertenecen a la biblioteca de su padre ni a los códigos de su esposo.

Las estrofas sobre las higueras de agosto son casi un peligro.

Antes de que pudiera articular una pregunta, antes de que lograra averiguar cómo conocía los versos que yo había dejado en el cajón del despacho del Alentejo bajo un nombre ficticio, Inês se dio la vuelta.

Cruzó el vestíbulo hacia la puerta de salida con una agilidad que parecía un insulto a la gravedad reglamentaria de la reunión.

No esperó a que los criados abrieran las puertas del comedor, donde las fuentes de arroz de pato y los pescados cubiertos de gelatina comenzaban a enfriarse bajo los candelabros.

Henrique regresó a mi lado cuando los primeros invitados se disponían a tomar asiento. Tenía las mejillas encendidas por el segundo vaso de vino de Carcavelos y el cuello de la camisa ligeramente arrugado por el calor de la discusión.

—¿Quién era esa mujer, Carmo? —me preguntó, tomándome de nuevo por el brazo con esa firmeza legal que ya formaba parte de mi rutina—.

El subsecretario dice que la ha visto en los cafés de la rúa do Sé, con los tipógrafos que protestan por la jornada de ocho horas.

Una desclasada. No es conveniente que te vean conversar con esa clase de personas.

—No conozco su nombre —mentí, devolviendo el ejemplar de Joyce al hueco oscuro de la estantería—. Me ha preguntado por la dirección de una modista en la rúa do Salitre.

Fue mi primera mentira deliberada, el primer verbo que decidí choisir, elegir en esa lengua francesa que utilizaba en mi diario para las cosas que carecían de permiso en nuestro idioma.

Durante la cena, mientras el subsecretario detallaba la nueva tasa sobre las harinas del norte, permanecí con la vista fija en el espacio vacío que quedaba entre mi copa y la llama del candelabro.

No supe su apellido hasta tres semanas más tarde, cuando encontré una traducción de Colette en las páginas de la Revista de Portugal que Henrique había arrojado a la papelera de su bufete.

El margen de la hoja estaba rasgado, como si alguien hubiera querido arrancar el nombre antes de deshacerse del papel: Inês Vasconcelos.