Capítulo 2 Clara
El limpiaparabrisas del Fiat Panda de alquiler emitió un chirrido seco contra el cristal, un sonido agudo que se repitió cada cuatro segundos desde que la carretera empezó a subir entre los muros de mampostería.
La niebla de Sintra no era una gasa poética; era una masa de agua tibia y densa que reducía los pinos de la Estrada da Pena a siluetas borrosas y transformaba los faros amarillos del coche en dos conos inútiles que rebotaban contra una pared gris.
En la pantalla del teléfono, encajado en la rejilla del aire acondicionado mediante un soporte de plástico barato, la flecha azul de Google Maps parpadeó dos veces antes de quedar fija en mitad de un vacío verde.
Sin señal. El indicador de cobertura se había vaciado por completo al pasar la segunda iglesia.
Clara soltó el volante con la mano derecha para dar un golpe con el nudillo al aparato, pero la pantalla solo mostró el círculo giratorio de la desconexión.
—Estupendo —dijo en voz alta.
La voz sonó extraña dentro del habitáculo, amortiguada por el olor a desinfectante de pino del coche de alquiler y la humedad que ya empezaba a filtrarse por las gomas de las ventanillas.
Puso segunda, el motor protestó con un quejido asmático en la rampa y mantuvo la vista fija en el arcén izquierdo, buscando la referencia que el oficial de la notaría de Vigo le había anotado en el reverso de una tarjeta de visita: un revuelto cerrado, un transformador de la luz de hormigón y una entrada oculta por la hiedra.
Encontró la Quinta dos Loureiros por descarte, tras pasar de largo un camino de tierra que moría en una verja con el candado oxidado y tener que dar la vuelta en el aparcamiento vacío de un palacio cerrado por la temporada.
La entrada de la propiedad era un estrechamiento del muro de granito, cubierto por una capa de musgo tan gruesa que parecía alfombra.
Los dos batientes de hierro forjado estaban encajados en la tierra, cubiertos por una herrumbre de color naranja encendido que se desprendía en escamas con solo arrastrar el parachoques del coche a unos centímetros.
Clara apagó el motor. El silencio de la serra cayó de golpe, un peso húmedo interrumpido únicamente por el goteo constante del agua de las copas de los árboles sobre el techo de chapa del Fiat.
Al bajar, la suela de sus botas se hundió en una alfombra de hojas de castaño podridas.
El aire del Atlántico llegaba allí cansado, sin la sal de la ría de Vigo, cargado con el olor dulce y pastoso de la tierra que lleva décadas sin ver el sol.
Se acercó a la verja. En el pilar derecho, una placa de latón oscurecido conservaba las letras grabadas a cincel: Quinta dos Loureiros.
La tipografía era de finales del siglo diecinueve, con las serifas exageradas que los burócratas de la época consideraban elegantes.
Justo al lado del portalón, pegado a la piedra, crecía un camelio viejo, con el tronco retorcido como un cabo de amarre abandonado.
Clara se detuvo ante él. Del extremo de una rama baja, casi tocando el suelo cubierto de maleza, colgaba una camelia roja.
Estaba abierta por completo, con los pétalos perfectos, densos, de un carmesí apagado que no había sufrido el mordisco del granizo.
Era 14 de octubre. En Galicia, los camelios de los pazos permanecían verdes y mudos hasta bien entrado enero; aquella floración a destiempo era una extravagancia biológica, probablemente el resultado de algún microclima estúpido provocado por el abrigo de la montaña o una veta de agua subterránea que retenía el calor del verano.
Tocó el borde de un pétalo con el índice; la textura era fría, coriácea, real.
No le dedicó más de diez segundos. Había viajado desde Vigo para tomar posesión de cuatro paredes y un tejado que probablemente se vendrían abajo en el próximo temporal de invierno, no para hacer inventario botánico.
Agarró el pomo de la verja. El hierro le dejó una costra de óxido en la palma de la mano. Tuvo que empujar con todo el peso del cuerpo, apuntalando los talones en el barro, hasta que los goznes cedieron con un gemido metálico que debió oírse hasta en São Pedro.
La casa apareció tras una curva del sendero de carretas, una mole de dos plantas con la fachada cubierta de azulejos blancos que el tiempo había vuelto del color de los dientes viejos.
Las ventanas de la planta baja estaban protegidas por contraventanas de madera gris, cerradas con pestillos de barra; las del piso superior mostraban cristales ahumados por la suciedad acumulada.
En el centro del jardín, un naranjo raquítico crecía entre los restos de un cenador de hierro desmantelado.
La llave que los abogados de Lisboa le habían enviado por correo urgente era un pedazo de hierro de quince centímetros, pesado y romo, que guardaba en el bolsillo del abrigo junto al teléfono muerto.
La cerradura de la puerta principal, de madera de castaño cuarteada por el sol y la humedad, tardó tres intentos en ceder.
El mecanismo giró con un chasquido seco, una resistencia que obligó a Clara a apoyar el hombro contra el larguero hasta que la hoja se abrió hacia dentro.
El olor la recibió antes de que pudiera dar el primer paso.
Era el aroma universal de los lugares abandonados —el papel deshecho por los hongos, el polvo asentado, la cera de abejas que se ha vuelto rancia en las esquinas—, pero debajo de esa primera capa flotaba una dulzura extraña, densa y nítida.
No era el olor a cerrado ordinario; era algo almibarado, sutil, como si alguien hubiera roto un frasco de esencia de tocador en el pasillo media hora antes de su llegada.
El vestíbulo tenía el suelo de azulejos azules y blancos, con un dibujo geométrico que se repetía hasta el arranque de una escalera de madera con el pasamanos gastado por el uso.
En la esquina, junto a una consola con las patas carcomidas por la polilla, descansaba un paragüero hecho con una pata de elefante disecada, la piel grisácea y agrietada, el borde superior rematado por un aro de latón donde aún quedaba una varilla de paraguas rota.
Clara se quedó mirándolo un instante, con las cejas juntas.
Qué espanto. Evitó dejar el bolso cerca del artefacto y avanzó por el pasillo central, guiándose por la luz gris que se filtraba por los montantes de las puertas.
La biblioteca ocupaba el centro de la planta baja.
Era una habitación rectangular, con las paredes cubiertas por estanterías de madera oscura que subían hasta el techo técnico.
El suelo de tarima crujió bajo sus botas con una nota grave, el sonido de las tablas que han cedido bajo el peso de los años.
Clara calculó a ojo unos dos mil libros, tal vez más, alineados en un desorden cronológico que a cualquier traductor le habría provocado un dolor de cabeza inmediato: lomos de piel cuarteada junto a ediciones baratas de los años cincuenta con las cubiertas de papel de fumar.
El aire allí dentro parecía más denso, inmóvil, como si la niebla exterior hubiera encontrado una forma de solidificarse entre los estantes.
En el centro de la estancia había una mesa de roble alargada, lo bastante grande para albergar doce comensales, con la superficie cubierta por una fina película de polvo gris que desdibujaba las vetas de la madera.
Al fondo, bajo el único ventanal grande que daba al jardín trasero, un banco corrido de piedra formaba un hueco donde se acumulaban hojas secas que habían entrado por alguna rendija.
Clara se acercó al ventanal. Las contraventanas interiores estaban encajadas con un pasador de hierro que se había soldado al marco por el óxido de las décadas.
Apoyó las dos manos en la madera, que se sentía fría y ligeramente hinchada por la infiltración, y tiró hacia sí con un movimiento seco del torso.
El pasador saltó con un estallido que resonó en el techo alto de la biblioteca. Las hojas de madera se abrieron de golpe, dejando entrar la luz cenicienta de la tarde de Sintra, una claridad que iluminó de inmediato los lomos dorados de la sección este de la sala.
Detrás de ella se oyó un golpe seco. Un impacto sordo contra la madera del suelo.
Clara no se movió de inmediato. Se quedó con las manos apoyadas en el alféizar de la ventana, mirando el jardín trasero a través de los cristales sucios: el invernadero en ruinas al fondo, la silueta del pozo sellado y la wisteria marchita que colgaba de la pared sur.
No había viento fuera. El Fiat Panda seguía aparcado junto al naranjo, inmóvil.
Se volvió despacio.
Junto a la pata derecha de la mesa de roble, a dos metros de donde ella se encontraba, un libro yacía abierto boca abajo sobre las tablas del suelo.
Había caído de la tercera estantería empezando por abajo, en el paño de pared este.
Clara se acercó y lo recogió por el lomo.
Era un volumen pequeño, encuadernado en tela azul descolorida, con el título grabado en letras de molde que apenas se leían: La Vagabonde. Una edición francesa antigua.
Miró el hueco que había dejado en el estante.
Los volúmenes contiguos estaban tan apretados que costaba imaginar cómo uno de ellos había podido deslizarse hacia fuera sin arrastrar a los demás.
Pasó el índice por la madera del estante; estaba nivelada a simple vista, pero al bajar la vista hacia el suelo, notó la combadura de las vigas centrales.
La tarima formaba una pequeña vaguada justo debajo de la mesa de roble; los extremos de la habitación quedaban casi dos centímetros más altos que el centro.
Dejó el libro sobre la mesa de roble, provocando una pequeña marca limpia en el polvo. Se llevó las manos a los bolsillos del abrigo y miró el techo, donde las molduras de yeso mostraban grietas finas como hilos de pescar.
Soltó una risa corta, un sonido seco que se apagó enseguida entre las paredes forradas de papel viejo.
Los suelos estaban torcidos. Eso era todo.
Una casa vieja construida sobre granito húmedo, con las vigas vencidas por el peso de dos mil volúmenes que nadie había movido desde la época de los trenes de vapor.
No hacía falta buscar más explicaciones.
Se sentó en el borde de la mesa, sacó el teléfono negro del bolsillo y lo dejó junto al volumen francés.
La pantalla seguía oscura, reflejando el techo agrietado y la luz gris que entraba por la ventana abierta.
Estaba sola en Sintra, con una propiedad que no valía nada y un libro francés en el suelo.
Era un comienzo tan bueno como cualquier otro.