Capítulo 1 Clara
El auricular del teléfono devolvía la voz de Daniel con esa nitidez plana que tienen las llamadas de la meseta cuando caen sobre el granito de Vigo. No gritaba; los editores de Madrid no necesitan gritar porque dominan el arte de modular la condescendencia.
—No es el momento de dejar el proyecto a medias, Clara. El autor cuenta con tu traducción para la campaña de noviembre. Una espantada ahora no te pega nada. Vale que estés cansada, pero esto es una rabieta de patio de colegio.
Clara se detuvo bajo el arco de piedra del portal, justo donde el viento del Atlántico subía por la calle Colón cargado con el olor rancio de los motores del puerto y la humedad limpia de la ría.
Se miró las punteras de los zapatos. Estaban salpicadas de gotas minúsculas, un rastro grisáceo que se secaría dejando cerco.
—No es una rabieta —dijo ella. Su propia voz le sonó extraña, desprovista del esfuerzo habitual por encajar en el hueco que Daniel le reservaba en las mesas de los restaurantes de Chueca—.
He dejado las cajas con las galeradas corregidas en la recepción de la delegación.
El glosario está completo. No os debo ni una sola palabra.
—¿Y lo nuestro? —La pausa de Daniel fue larga, medida, la clase de silencio que él solía emplear en las negociaciones contractuales para que el otro bajase el anticipo—. Seis años, Clara. ¿Me estás diciendo que se acaban en un mensaje de texto mientras entras a un despacho de abogados?
—De notarios —corrigió ella, con la precisión automática de quien se pasa el día buscando la diferencia exacta entre pazo y quinta—.
Y no se acaba ahora. Se acabó en mayo, cuando decidiste que mi nombre en los créditos de la novela de Madalena Vilas-Boas era un detalle prescindible para la contracubierta.
No esperó la réplica. Cortó la comunicación con un toque seco del pulgar y metió el teléfono en el bolsillo del abrigo, donde el aparato continuó vibrando dos, tres, cuatro veces antes de quedar sordo.
El portal olía a mármol viejo y a la cera líquida que el conserje empleaba para abrillantar los buzones de bronce.
Era un edificio de los años cuarenta, con techos demasiado altos que retenían el frío de la mañana como un pozo.
Arriba, en el tercero izquierda, la sala de espera de la notaría de don Donato Castro tenía tres sillas de skai verde y una mesa auxiliar con revistas de finanzas de hacía dos meses.
Pilar estaba sentada en la central, con el abrigo de paño negro abrochado hasta el último botón a pesar de que el radiador de fundición tosía un calor espeso y seco.
Tenía el bolso de piel sintética apoyado sobre el regazo, sujeto con ambas manos por las asas.
Las falanges se le marcaban blancas, rígidas, como los nudos de un sedal viejo.
Clara se sentó a su lado sin decir nada. Pilar no se volvió; mantuvo la vista fija en la pared de enfrente, donde un grabado del mapa de la provincia de Pontevedra mostraba los límites de los municipios con un trazo desvaído por el sol de la ventana.
—Daniel sigue llamando —dijo Clara, buscando el tono neutro que usaba cuando discutían las facturas de la luz de la casa de Vigo.
Pilar movió apenas la barbilla. Un gesto mínimo, áspero.
—Ese rapaz habla demasiado. Siempre ha hablado por encima de tus posibilidades.
—Ya no importa. Le he dicho que no vuelvo a Madrid.
La madre no ofreció consuelo ni reproche.
En las cocinas de la costa de Pontevedra, las rupturas no se sancionaban con palabras; se registraban como se registra una mala campaña de la sardina: con un silencio pesado que se incorporaba al pan de la cena.
Sin embargo, Clara notó el sutil repliegue en los hombros de su madre, el endurecimiento de la línea de la mandíbula.
Pilar sabía algo. Lo sabía desde que la semana anterior llegó el aviso de Lisboa por correo certificado, un sobre de papel grueso, color hueso, que Pilar había dejado sobre la mesa de la cocina como si fuera un bicho vivo.
La puerta del despacho principal se abrió y un oficial calvo, con las mangas de la camisa sujetas por elásticos negros, las invitó a pasar. El despacho olía a tabaco de pipa rancio y al pegamento de barra que usaban para los timbres del Estado.
El notario no era don Donato, sino un sustituto más joven cuyo nombre Clara no retuvo.
Tenía sobre la mesa de escritorio —una imitación barata de caoba con los cantos chapados desconchados— tres folios mecanografiados en un portugués administrativo que carecía de las florituras habituales de los documentos notariales españoles.
Clara leyó el encabezado por encima del hombro del hombre. Sus ojos de traductora aislaron los términos legales antes de que el cerebro procesara el significado completo: herencia yacente, bienes inmuebles, comarca de Sintra.
—La notificación viene del Cartório Notarial de Sintra —explicó el sustituto, ajustándose unas gafas de montura de pasta que le dejaban una marca roja en el puente de la nariz—.
El causante es el ciudadano portugués Joaquim Almeida, fallecido el año pasado, cuyo expediente de sucesión se ha tramitado en Lisboa.
Según el testamento ológrafo visado por las autoridades lusas, usted, doña Clara Mendes, es la única legataria de la finca denominada Quinta dos Loureiros.
Una propiedad rústica y urbana en las estribaciones de la Estrada da Pena.
Clara miró a su madre. Pilar seguía con los ojos fijos en el tintero de cristal del escritorio, inmóvil. En su rostro de sesenta años no había sorpresa, solo esa fijeza terca de quien espera que amaine un temporal que ya ha visto venir desde el cabo.
—¿Joaquim Almeida? —Clara se volvió hacia el papel—. No conozco a ningún Joaquim Almeida. Mi padre se llamaba Mendes. Mi madre es Pilar Mendes. No tenemos familia en Portugal, salvo los primos de mi abuela que se fueron a calzar fincas a Valença en los sesenta.
El notario sonrió con la paciencia burocrática del que ha visto demasiados pleitos de linderos.
—El documento es explícito, señorita. El rastro genealógico ha sido verificado por el gabinete de abogados de Lisboa encargado de la liquidación.
La propiedad está libre de cargas hipotecarias, aunque arrastra una deuda pequeña de contribución rústica que el propio legado cubre con los fondos depositados en el Banco Espírito Santo.
Aquí tiene la traducción certificada que nos han remitido.
Le tendió un folio donde la prosa de Lisboa se había transformado en un castellano acartonado, lleno de "en su virtud" y "asimismo".
Clara dejó el papel sobre la mesa sin leerlo.
Conocía el portugués mejor que el sustituto; se pasaba diez horas al día encajando los adjetivos de Lobo Antunes en el molde seco del castellano peninsular, buscando el peso exacto de una lengua que siempre parece tener más sílabas de las necesarias para decir que alguien tiene hambre o frío.
—¿Mamá? —La voz de Clara bajó un tono, volviéndose más gallega, más descalza—. ¿Quién es este hombre?
Pilar se acomodó el bolso sobre las rodillas. No miró a su hija; miró al notario, como si el funcionario fuera el único testigo legítimo de una claudicación que llevaba treinta años aplazando.
—Un pariente de tu padre —dijo Pilar. Su voz era seca, limpia de toda afectación melodramática—.
Alguien que vivió donde no debía y guardó lo que no era suyo.
No tienes por qué preguntar más. El papel dice que la casa es tuya.
Las casas no se rechazan, Clara. Menos ahora que te has quedado sin el piso de Madrid y sin el novio ese que te corregía las comas.
—Esa casa lleva cerrada desde antes de que yo naciera, si es la que creo —dijo Clara, sintiendo el peso de la omisión en el pecho, un hueco físico donde las preguntas se amontonaban sin orden—.
Tú estuviste en Sintra en el setenta y seis.
Hay una foto tuya en el cajón de la costura, detrás de la iglesia de São Martinho.
Pilar se levantó. El abrigo de paño negro crujió.
—Firma eso de una vez, niña. El señor tiene más cosas que hacer y el coche de línea para Vigo sale a las doce y media. Si te dan una casa en Portugal, vas y la miras. Si no te gusta, la vendes a los de los hoteles, que esos lo compran todo ahora. Pero firma.
El notario ofreció un bolígrafo de plástico azul con el logotipo de una caja de ahorros rescatada.
Clara se quedó sentada, con las piernas cruzadas bajo la falda de pana gris.
En el bolsillo del abrigo, el teléfono volvió a vibrar.
Una sacudida corta, sorda: un mensaje de texto.
No hacía falta abrirlo para saber lo que decía.
Daniel recordándole que el alquiler del piso de Argüelles estaba a su nombre; Daniel advirtiéndole que los diccionarios grandes eran suyos; Daniel tratando de reducirla al tamaño de una nota a pie de página.
Se inclinó sobre el escritorio. La mesa tenía dos cercos redondos y desvaídos en la esquina derecha, el rastro de dos tazas de café baratas que alguien había dejado secar una sobre otra con días de diferencia.
El oficial calvo observaba el segundero del reloj de pared con la regularidad de un péndulo.
Clara extendió la mano hacia el documento. Sus dedos, acostumbrados a la fijeza del teclado, parecieron dudar un instante antes de tocar el papel grueso. Sintió el frío del papel satinado bajo la yema del índice.
El teléfono del bolsillo dio una última vibración larga, un espasmo que pareció recorrerle la costilla.
Firmó. Su caligrafía, habitualmente pequeña y regular, se estiró en el primer trazo del apellido Mendes, la tinta azul temblando levemente en la curva de la M, un rasguño irregular sobre el folio blanco que no se parecía en nada a su firma de los contratos editoriales de Madrid.
Era la firma de alguien que ya no tiene donde volver esa noche.
—Bien —dijo el sustituto, recogiendo los folios con un movimiento seco de baraja—.
Les prepararemos las copias autorizadas.
Tardarán un par de días. Tendrá que viajar a Sintra para la entrega de llaves con el representante de la herencia en Portugal.
Un tal doctor Rebelo, de la Universidade de Coímbra. Él tiene las llaves de la Quinta.
Clara no respondió. Se levantó y siguió a su madre hacia la salida.
En el pasillo, Pilar caminaba tres pasos por delante, con su bolso sintético pegado al cuerpo, rígida y silenciosa como una roca de la costa que ha aprendido a no retener el agua de las olas.
Clara sacó el teléfono para apagarlo del todo.
En la pantalla, las últimas palabras de Daniel se quedaron fijas antes de que el cristal se volviera negro: No vas a durar tres meses sola en Galicia, Clara. Te falta mundo.
Clara metió el aparato en el bolso y se ajustó el cuello del abrigo. El viento de la ría la esperaba abajo, en la calle, áspero y real, subiendo por las cuestas de granito como un animal que no necesita pedir permiso para entrar.