El jardín de las camelias blancas Capítulo 23. El beso esperado
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Capítulo 23. El beso esperado

Los días que siguieron a la decisión de Jonathan transcurrieron con una serenidad que ninguno de los habitantes de Blackstone Hall se había atrevido a imaginar.

La enfermedad del anciano continuaba avanzando con la inexorable lentitud de aquello que ya no puede detenerse, pero parecía haber desaparecido de su espíritu toda resistencia inútil.

Conservaba todavía algunos momentos de fatiga intensa que obligaban a Edward Sinclair a imponer largos periodos de descanso, aunque, cuando las fuerzas se lo permitían, insistía en salir al jardín o en recibir a los arrendatarios que acudían diariamente a interesarse por su salud.

Margaret observaba con admiración el respeto sincero que inspiraba aquel hombre.

No procedía del temor que imponía su posición social, sino del afecto construido durante décadas de justicia, generosidad y trabajo compartido.

Los campesinos hablaban de él con la familiaridad reservada a quienes nunca olvidan un nombre, una necesidad o una promesa.

Una mañana especialmente luminosa, apenas una semana después de la reunión con los Pembroke, Jonathan pidió que lo ayudaran a trasladarse hasta el pequeño jardín de las camelias plantado por Emily Beaumont muchos años atrás.

El verano comenzaba a anunciarse discretamente en el condado.

Los robles mostraban ya un follaje espeso, los rosales trepadores cubrían casi por completo los muros de piedra y el aire estaba impregnado por el perfume de la lavanda y del jazmín que crecían alrededor de la glorieta.

El anciano permaneció largo rato contemplando las flores sin pronunciar palabra.

Charlotte caminaba despacio junto a la silla de ruedas que Edward había insistido en utilizar para evitar cualquier esfuerzo innecesario.

Arthur y Margaret los seguían unos pasos por detrás, respetando un silencio que parecía formar parte del propio paisaje.

Cuando llegaron al centro del jardín, Jonathan pidió detenerse. Observó las camelias. Sonrió.

—Emily tenía razón.

Murmuró.

Charlotte se inclinó ligeramente.

—¿Sobre qué?

—Sobre casi todo —respondió él con una leve risa. —Pero especialmente sobre estas flores. Pasó lentamente una mano sobre uno de los pétalos. —Nunca luchan contra las estaciones. Florecen cuando deben hacerlo y aceptan marchitarse con la misma elegancia.

Margaret sintió que aquellas palabras resumían la actitud con la que Jonathan afrontaba sus últimos días. No existía resignación. Había aceptación y una profunda gratitud por todo cuanto todavía podía contemplar.

Permanecieron allí cerca de una hora. Hablaron de asuntos sencillos: de las primeras cosechas que comenzaban a despuntar, del antiguo jardinero que había enseñado a Charlotte el nombre de cada planta cuando apenas levantaba un palmo del suelo, de Emily y de Eleanor, de los veranos en que ambas familias compartían meriendas bajo los viejos olmos antes de que la vida complicara aquello que parecía destinado a ser sencillo.

Jonathan escuchaba más de lo que hablaba. En varios momentos cerró los ojos. No para dormir. Simplemente para dejar que las voces queridas llenaran el silencio.

Cuando regresaron lentamente hacia la casa, Edward respiró con alivio al comprobar que el esfuerzo no había agravado su estado.

Aquella misma tarde Richard Ashford pidió a Arthur que lo acompañara hasta la biblioteca.

Era una estancia amplia, revestida por estanterías de nogal que llegaban hasta el techo, con una gran escalera móvil de hierro forjado y altos ventanales orientados hacia los jardines orientales.

El aroma de cuero envejecido, papel antiguo y cera para muebles impregnaba el ambiente con esa solemnidad característica de las bibliotecas familiares construidas a lo largo de generaciones.

Richard permaneció unos segundos contemplando los libros antes de comenzar a hablar.

—Nunca pensé que llegaría este momento.

Arthur aguardó en silencio. Lord Ashford volvió lentamente la cabeza. Había envejecido visiblemente durante aquellos días. No solo por las preocupaciones recientes. También por el peso de una culpa que comenzaba, al fin, a abandonarlo.

—Durante ocho años he intentado convencerme de que actué correctamente.

Se acercó despacio a la ventana.

—Ahora comprendo que el miedo puede disfrazarse de prudencia con una facilidad aterradora.

Arthur no respondió. Sabía que Richard no buscaba una discusión. Necesitaba simplemente pronunciar en voz alta aquello que llevaba demasiado tiempo guardando. El lord continuó.

—He pedido a mi hija que me perdone, pero todavía me faltaba pedírtelo a ti.

Arthur sintió un profundo respeto hacia aquel hombre. Acercándose lentamente respondió:

—No fue usted el único que se equivocó.

Richard negó con suavidad.

—Eso no disminuye mi responsabilidad.

Guardó unos segundos de silencio.

—Fuiste el hijo que cualquier padre habría deseado para su hija y yo fui quien te cerró la puerta de mi casa.

Arthur observó la sinceridad que reflejaba el rostro del lord.

No quedaba en él ni un solo resto del orgullo que tantos años antes había hecho imposible cualquier explicación.

Se acercó. Le tendió la mano. Richard la estrechó con fuerza.

No fue un gesto protocolario, fue la reconciliación definitiva entre dos hombres unidos por un afecto que jamás había desaparecido del todo.

Mientras tanto, Margaret paseaba junto al lago de Blackstone Hall.

La superficie del agua permanecía completamente inmóvil y reflejaba las nubes blancas que avanzaban lentamente sobre el cielo de junio.

Recordó el primer paseo que había dado allí junto a Arthur siendo apenas una muchacha.

Entonces todo parecía extraordinariamente sencillo.

Bastaba una mirada para imaginar un futuro entero.

Después llegaron las decisiones ajenas, los silencios, las despedidas y los años de ausencia.

Sin embargo, al contemplar ahora aquel mismo paisaje comprendió que el tiempo no había destruido lo esencial.

Había eliminado la ingenuidad. Pero había dejado intacta la capacidad de amar.

Escuchó unos pasos sobre la grava. No necesitó volver la cabeza.

Sabía quién era. Arthur caminó hasta situarse a su lado.

Durante algunos minutos contemplaron el lago.

Las golondrinas descendían rozando la superficie antes de remontar nuevamente el vuelo.

El aire estaba lleno del perfume de las madreselvas. Margaret sonrió.

—Parece que el mundo ha decidido continuar.

Arthur respondió con otra sonrisa.

—Siempre lo hace, aunque nosotros tardemos en darnos cuenta.

Ella volvió lentamente la cabeza. Había serenidad en sus ojos y también una alegría nueva. Muy distinta a la ilusión impetuosa de la juventud. Era una felicidad consciente de todo cuanto había costado llegar hasta allí.

—¿Recuerdas lo último que nos dijimos hace ocho años? —preguntó ella.

Arthur tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Bajó la vista.

—Te prometí que nunca dejaría de quererte.

Margaret sintió cómo el corazón se estremecía.

—Y cumpliste esa promesa.

Arthur respiró profundamente.

—Hubo días en los que pensé que habría sido más fácil olvidarte.

Sonrió con cierta melancolía.

—Por desgracia, el corazón nunca consulta nuestros planes.

Margaret dejó escapar una leve risa. Aquella risa clara, luminosa, era exactamente la que Arthur llevaba años recordando.

Él dio un paso hacia ella. No existía ya ninguna barrera entre ambos, ni compromisos, ni promesas equivocadas, ni secretos, solo el respeto nacido del sufrimiento compartido.

—Margaret...

Ella sostuvo su mirada.

—No quiero volver a perder un solo día por culpa del miedo.

La joven sintió que las palabras de Jonathan acudían a su memoria.

"La libertad consiste en tener el valor de vivir la verdad."

Sonrió lentamente.

—Yo tampoco.

Arthur levantó una mano con infinita delicadeza. Rozó apenas una hebra de cabello que el viento había apartado sobre su mejilla. No había prisa. Habían esperado demasiado tiempo para permitir que la impaciencia estropeara aquel instante.

Margaret dio un paso más. La distancia que los separaba desapareció lentamente. Él buscó en sus ojos una última confirmación. No encontró duda alguna. Solo la misma certeza que había vivido silenciosamente en ambos durante ocho largos años.

Entonces la besó. Fue un beso lento. Sereno. Profundo. No tenía la intensidad impetuosa del primer amor adolescente. Poseía algo mucho más difícil de alcanzar. La calma de quienes ya no necesitan prometer eternidades porque han aprendido el verdadero valor de cada instante compartido.

Cuando finalmente se separaron, ninguno habló. Las palabras habrían resultado innecesarias. El viento movía suavemente las ramas de los sauces inclinados sobre el lago.

A lo lejos comenzaron a escucharse las campanas de la iglesia parroquial marcando la hora.

Margaret apoyó lentamente la frente sobre el hombro de Arthur.

Él rodeó sus manos con las suyas. Permanecieron así largo rato, hasta que un muchacho apareció corriendo por el sendero que conducía desde la casa.

Era Thomas, uno de los jóvenes mozos de Blackstone Hall. Llegó jadeando. Al verlos redujo inmediatamente la velocidad. Hizo una respetuosa inclinación. Su voz sonó entrecortada por la carrera.

—Señor Hawthorne... señorita Ashford...

Arthur dio un paso hacia él.

—¿Qué ocurre?

El muchacho levantó lentamente la vista. Sus ojos estaban humedecidos.

—Sir Jonathan...

Hizo un esfuerzo para continuar.

—Sir Jonathan pide que regresen inmediatamente. Dice... Tragó saliva. —Dice que ha llegado el momento de despedirse.