El jardín de las camelias blancas Capítulo 22. La libertad
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Capítulo 22. La libertad

La noche descendió lentamente sobre Blackstone Hall envuelta en una serenidad casi irreal.

El viento que había agitado las camelias durante la tarde fue apagándose hasta convertirse en una leve brisa que apenas hacía oscilar las ramas de los viejos tejos.

Desde las ventanas del dormitorio de Jonathan Beaumont la luz de varias lámparas permanecía encendida, proyectando un resplandor cálido sobre la grava húmeda del patio principal.

Ningún carruaje abandonó la propiedad aquella noche.

Richard Ashford ordenó que prepararan habitaciones para todos, convencido de que nadie habría encontrado paz regresando a sus hogares mientras el anciano luchaba todavía contra la enfermedad.

Los criados caminaban con el respeto silencioso propio de las grandes casas cuando la muerte comenzaba a hacerse presente sin haber cruzado aún definitivamente el umbral.

Nadie elevaba la voz. Incluso las puertas parecían cerrarse con mayor suavidad de la habitual, como si la propia casa quisiera proteger el descanso de su dueño.

Margaret no consiguió dormir. Después de varias horas contemplando el techo de la habitación que Charlotte había insistido en cederle, decidió vestirse nuevamente.

Encendió una pequeña lámpara de aceite y abrió con cuidado la puerta para no despertar a las doncellas alojadas en las habitaciones contiguas.

El largo corredor permanecía casi completamente a oscuras.

Solo algunos candelabros distribuidos a intervalos regulares iluminaban tenuemente los paneles de roble y los retratos familiares que parecían observar el paso de las generaciones con la paciencia inmóvil de quienes conocen el verdadero significado del tiempo.

Avanzó despacio hasta la escalera principal. Al llegar al vestíbulo distinguió una figura sentada junto a la chimenea.

Arthur permanecía con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos entrelazadas, contemplando las brasas que todavía conservaban un resplandor rojizo bajo la ceniza.

Escuchó sus pasos. Levantó la cabeza. Sonrió con cansancio.

—Supuse que tampoco dormirías.

Margaret respondió con una leve sonrisa.

—Lo intenté, pero mi cabeza parece empeñada en revivir cada minuto de estos últimos días.

Arthur señaló el sillón situado frente al suyo.

—A mí me ocurre exactamente igual.

Ella tomó asiento. Durante unos minutos permanecieron contemplando el fuego sin necesidad de hablar.

Había entre ambos una tranquilidad desconocida.

Por primera vez en muchos años no existía ninguna decisión pendiente, ninguna mentira sosteniendo el futuro, ninguna obligación impuesta desde el exterior.

Solo dos personas intentando acostumbrarse a una libertad que durante demasiado tiempo les había parecido imposible. Arthur rompió finalmente el silencio.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

Margaret volvió ligeramente la cabeza.

—¿Qué?

Él dejó escapar una breve sonrisa.

—Llevo ocho años imaginando el momento en que podríamos volver a estar así —dijo con una mirada de afecto. —Y nunca imaginé que sentiría tanto miedo.

Margaret frunció suavemente el ceño.

—¿Miedo?

Arthur asintió.

—Sí.

Se quedó unos segundos observando el fuego.

—Mientras creía que todo era imposible, el futuro estaba decidido por otros. No tenía que elegir, solo soportar. Pero ahora...

Levantó lentamente la vista.

—Ahora todo depende de nosotros.

Margaret comprendió perfectamente lo que quería decir. La libertad también exige valentía, porque obliga a asumir la responsabilidad de las propias decisiones sin poder refugiarse en las circunstancias.

—Mi madre decía...

Comentó ella con una sonrisa melancólica.

—Que muchas personas pasan la vida deseando abrir una puerta y, cuando finalmente la encuentran abierta, descubren que salir les produce más vértigo que permanecer encerradas.

Arthur sonrió.

—Era una mujer muy sabia.

—Lo era.

Respondió Margaret.

—Aunque creo que también aprendió algunas cosas demasiado tarde.

Ambos guardaron silencio. Cada uno recordaba, a su manera, a quienes ya no estaban. Poco antes del amanecer, el sonido pausado de unos pasos interrumpió aquella calma.

Era Edward Sinclair. Su expresión mostraba un cansancio evidente, sin embargo, sonreía.

—Ha pasado una noche tranquila —informó. —Incluso ha dormido algunas horas.

Margaret respiró aliviada.

—¿Podemos verlo?

Edward asintió.

—Acaba de despertarse y ha pedido que desayunemos todos juntos.

Arthur y Margaret intercambiaron una mirada sorprendida.

—¿Desayunar?

Edward dejó escapar una leve risa.

—Ha dado instrucciones precisas sobre el menú, dice que lleva demasiado tiempo alimentándose como un enfermo y que hoy piensa hacerlo como un terrateniente inglés.

Aquella observación arrancó una sonrisa sincera a ambos. Jonathan seguía siendo Jonathan, incluso frente a la enfermedad.

El comedor principal de Blackstone Hall había recuperado una actividad que contrastaba con la tensión vivida el día anterior.

La larga mesa de nogal aparecía cubierta por un mantel de lino blanco impecablemente planchado.

Sobre él descansaban piezas de porcelana de Limoges, cubertería de plata heredada de varias generaciones y un centro floral compuesto por camelias blancas y ramas de boj recién cortadas.

El aroma del café, el pan recién horneado y la mermelada de naranja llenaban la estancia con una calidez doméstica que parecía desafiar deliberadamente la fragilidad de la vida.

Jonathan ocupaba la cabecera. Edward había protestado inútilmente.

El anciano insistió en abandonar la cama.

Vestía una bata de lana color burdeos sobre una camisa cuidadosamente abotonada y llevaba una manta cubriendo las piernas para protegerse del frío matinal.

Su aspecto seguía siendo delicado, pero sus ojos brillaban con una energía inesperada.

—Buenos días —saludó con una sonrisa cuando todos ocuparon sus asientos. —Espero que nadie piense tratarme como si ya estuviera muerto.

Charlotte respondió inmediatamente.

—Solo si promete obedecer al doctor.

Jonathan miró a Edward con fingida resignación.

—¿Lo ves?

Ni siquiera mi propia hija confía en mi criterio.

Edward sonrió.

—Eso ocurre cuando el paciente intenta negociar con la enfermedad.

La breve conversación alivió considerablemente el ambiente. Richard observaba a su viejo amigo con una mezcla de alivio y preocupación. Conocía demasiado bien aquellos momentos de aparente mejoría que a veces precedían al desenlace definitivo.

Mientras los criados servían el desayuno, Jonathan fue dirigiendo la conversación hacia asuntos cotidianos.

Preguntó por la cosecha de trigo de Rosewood, por el estado de los establos, por el nuevo maestro de la escuela parroquial e incluso por una vieja disputa entre dos arrendatarios que llevaba meses intentando resolver.

Margaret lo contemplaba con atención. Comprendía perfectamente lo que estaba haciendo. No deseaba que sus últimas conversaciones giraran exclusivamente alrededor de la enfermedad.

Quería despedirse de la vida hablando precisamente de aquello que había dado sentido a su existencia. En un momento determinado levantó la taza de té. Miró alternativamente a todos los presentes.

—He tomado una decisión.

La conversación cesó inmediatamente.

Jonathan sonrió.

—Como podéis imaginar, a mi edad ya no suelo aplazar demasiado las decisiones importantes.

Charlotte bajó lentamente la taza.

—¿Qué ocurre, padre?

El anciano respiró profundamente.

—Voy a ceder la administración de Blackstone Hall.

Richard lo miró con sorpresa.

—¿Ahora?

Jonathan asintió.

—Ahora.

Volvió la cabeza hacia Charlotte.

—Ha llegado el momento de que esta casa deje de pertenecer al pasado.

Charlotte permaneció inmóvil.

—No entiendo...

Jonathan tomó delicadamente la mano de su hija.

—Durante años he preparado esta propiedad para entregársela al hombre con quien te casaras.

Guardó unos segundos de silencio.

—Me equivoqué.

Charlotte sintió cómo el corazón comenzaba a latir con fuerza.

—Blackstone Hall nunca necesitó un heredero. Necesitaba una heredera.

Las lágrimas acudieron inmediatamente a los ojos de la joven. Jonathan continuó con enorme serenidad.

—Has demostrado mucha más capacidad de gobierno que la mayoría de los hombres de nuestro condado. Conoces las cuentas, los cultivos, a los arrendatarios, a cada familia que depende de estas tierras.

Sonrió con inmenso orgullo.

—No existe ninguna razón para que otro administre lo que tú sabes cuidar mejor que nadie.

Richard dejó escapar una sonrisa llena de admiración. Aquel gesto representaba mucho más que una decisión patrimonial. Era la ruptura silenciosa con una tradición centenaria.

Charlotte intentó responder. No pudo. Las lágrimas se lo impidieron. Jonathan apretó suavemente su mano.

—La libertad, hija mía, no consiste únicamente en elegir a quién amar. También consiste en descubrir que eres capaz de dirigir tu propia vida sin necesitar que nadie la dirija por ti.

El silencio que siguió a aquellas palabras estuvo lleno de emoción.

Nadie quiso romperlo, porque todos comprendieron que, mientras el anciano hablaba de Charlotte, en realidad estaba ofreciendo una lección que alcanzaba también a Margaret, a Arthur y a cada uno de los presentes.

La libertad que tanto habían buscado durante años no era únicamente el derecho a recuperar un amor perdido.

Era el valor de construir un futuro sin seguir viviendo prisioneros de las decisiones, los miedos y los errores del pasado.